Boca-River: una final en la que el fútbol queda para el final

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
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5 de noviembre de 2018  • 23:59

La final nunca vista en la Copa Libertadores está casi encima y, de una vez por todas, parece encarrilada. Confirmadas las fechas y la ausencia de público visitante, tal vez llegó el momento de pensar en todo lo que sucedió desde el momento en el que Boca selló la clasificación y quedó sentenciado el duelo con River. Los primeros momentos fueron de acción y, paradójicamente, de parálisis. Nadie supo bien qué hacer ni cómo ejecutarlo de la mejor manera por el vértigo que provoca lo desconocido.

Fechas. Se buscaron días, pese a que la Conmebol ya los había establecido. Se cambiaron, según los presidentes Daniel Angelici y Rodolfo D'Onofrio, de manera inconsulta en nombre de un mejor espectáculo, quizá con la mirada comercial de venderlo por todo el mundo. De un miércoles, el 7 de noviembre, se pasó a un sábado, el 10, pese que River y Boca querían llevarlo al domingo, entre otros motivos, por respeto a la comunidad judía que, en parte, no podrá ir a la cancha por tratarse de un día de introspección y para pasar en familia.

Sanciones. Quedó en foco el reclamo de Gremio por la actitud de Marcelo Gallardo en Belo Horizonte, donde desoyó la sanción de una fecha de la Conmebol e igual entró en el vestuario y charló con sus colaboradores y los jugadores. La entidad confirmó recién el sábado pasado que los millonarios eran finalistas y que al DT de River le correspondían otros cuatro partidos de castigo. Hasta ahora se sigue hablando del "caso Gallardo". Cómo hará para dirigir remotamente -ya sin ingreso en la Bombonera-, cómo se podrán evitar los contactos y hasta se menciona la posibilidad de usar un bloqueador de señales de teléfonos celulares en la zona del vestuario. Increíble. Casi de James Bond.

Los hinchas. Mauricio Macri pidió que los partidos se jugaran con público visitante. De la noche a la mañana, la solicitud tuvo el mismo efecto que un puñetazo en la nariz para River y Boca. Tanto que muchos se desesperaron. Con el transcurso de las horas, el Presidente escuchó, recapacitó y dejó el tema "en manos" de los clubes, que jamás estuvieron dispuestos a considerar la propuesta. En el medio hubo charlas febriles, marchas y contramarchas. Todo en el momento menos indicado.

Anteanoche, en el programa "Debo decir", por América, casi como un deseo, D'Onofrio pidió que esta final se disfrutara en cada momento, más allá del resultado, por tratarse de un acontecimiento único y de envidiable atracción mundial. Pero, por ahora, no parece ser el caso. De fútbol, ni hablar.

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