A Lorca se lo escucha en la piel

Diana Fernández Irusta
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6 de noviembre de 2018  

¡Ay, ay, ay, ay!/ Toma este vals con la boca cerrada./ Este vals, este vals, este vals,/ de sí, de muerte y de coñac/ que moja su cola en el mar". Canta Silvia Pérez Cruz, y su voz se quiebra en el dolor antiguo del flamenco. Los versos de Federico García Lorca, más que escucharse, se sienten en la piel.

A fines de los años 80, Leonard Cohen cantó -en inglés- una adaptación de "Pequeño vals vienés", el mismo poema que ahora escucho desgranarse en la voz increíble de la cantante española. La misma que escuchó, hace unos dos años, el periodista Juan Cruz, cuando escribió en El País: "Es imprescindible tener en cuenta que Lorca es música para aprender de la inteligencia de esa canción, 'Pequeño vals vienés', que Leonard Cohen, a su vez, convirtió en un revuelo de palomas suaves y del que Silvia Pérez Cruz, en español, es decir, en la música de Lorca propiamente dicha, hizo un poema salvaje, casi una herida".

"Y en las ondas oscuras de tu andar/ quiero, amor mío, amor mío, dejar,/ violín y sepulcro, las cintas del vals", desgarran el aire la voz de Silvia Pérez Cruz y la guitarra del sevillano Pájaro. Y qué buen comienzo para un documental.

Porque es con esta canción que da inicio Luna grande. Un tango por García Lorca, película de Juan José Ponce que se proyectará, el 14 de este mes, a las 19, en el auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional. La proyección forma parte de la muestra Federico García Lorca. De Granada a Buenos Aires, que por estos días puede visitarse en las salas Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, y recuerda el pasaje del poeta granadino por el Río de la Plata, entre 1933 y 1934. Por aquel tiempo ya había escrito el "Pequeño vals vienés". También había escrito Bodas de sangre, obra que la compañía de Lola Membrives había presentado en Buenos Aires, con un éxito descomunal. En parte fue por ese suceso -y por el apremio de la actriz, ansiosa por interpretar una Yerma que aún estaba en proceso de escritura- que Lorca terminó recalando por estas orillas. Ese tránsito busca reconstruir Luna grande. Un tango por García Lorca, a través de imágenes de época, textos, documentos y testimonios de actores, actrices, cineastas, investigadores, escritores.

"Qué bien se respira en Buenos Aires", escribía en una carta Lorca, que respiraba bien porque había descubierto una ciudad donde los bares, los teatros y las librerías casi no dormían. Y que escribía desde la habitación que ocupaba en el Hotel Castelar. Una habitación -nos cuenta el documental- pequeña, pero que tenía lo que al granadino realmente le importaba: un balcón sobre la inquieta Avenida de Mayo.

Lorca había visitado Nueva York. Había impulsado, en los primeros años de la República Española, el teatro ambulante La Barraca, experiencia pionera que acercaba teatro clásico a las zonas más olvidadas del país. Había compartido con Dalí y Buñuel las aulas de la Residencia de Estudiantes, uno de los proyectos pedagógicos que mejor traducían las ansias de modernidad, laicismo y vanguardia de las elites republicanas. Ese mismo Lorca, que ya había creado obras con vocación de eternidad, llegó a Buenos Aires y se enamoró de una ciudad que enloquecía por él.

Aquí conocería a Gardel; ambos encontrarían ecos en sus respectivos mundos (del tango al flamenco, del flamenco al tango); incluso harían planes a futuro. Sabemos que nada de eso se concretó. Gardel moriría en 1935, en el célebre accidente de Medellín; Lorca sería asesinado, por homosexual y por "rojo", a poco de iniciada la Guerra Civil Española. Paula Ortiz, directora de La novia (adaptación cinematográfica de Bodas de sangre), dice, hacia el final del documental: "Es el símbolo de una historia que podría haber sido distinta". Quizá sea, también, el símbolo del poder tercamente sanador de la palabra. O de la canción, como tan bien lo supo Cohen. Como lo sabe Silvia Pérez Cruz.

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