El pasado: un caso sin resolver

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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8 de noviembre de 2018  

Una de las frases más idiotas que suelen repetir los estúpidos es: "Lo pasado, pisado". Esa frase es como el realismo en la literatura y en el cine (y ya casi todo cine es realista): la prueba de que somos víctimas sacrificiales del presente. Nadie quiere jugarse nada por el futuro en el más allá (queda mal para los realistas) y en cuanto al pasado, bueno, ¿qué fue eso?

Pero, en realidad, el pasado no termina nunca. Acaso fue San Agustín el primero que se dio cuenta del problema insondable que era el tiempo, de todos sus dobleces que los hombres no podremos comprender jamás del todo. A pesar de estas supersticiones optimistas, presente y pasado están firmemente unidos. Un ejemplo canónico (que ya ni debería citarse) es el del ensayo de Borges "Kafka y sus precursores". Vayamos a la conclusión: "El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro". Lo dicho: el pasado no es algo cerrado, "pisado", está plenamente disponible, y lo está mucho más que el futuro, que es la muerte y la otra vida, con leyes muy distintas de las del tiempo, el espacio y la causalidad. Inversamente, el crítico Aby Warburg se dedicó a encontrar las supervivencias de lo antiguo -lo sido, lo pretérito, lo pasado- en el presente. El pasado y el presente se moldean mutuamente.

Es claro que el arte siempre llega antes que la teoría a todo. Es más, el arte se sirve de la teoría, y lo bien que hace. Un ejemplo, Jacques Lacan (le debo este descubrimiento a mi analista Néstor Yellati) acertó con la noción de après-coup, que vendría a ser el modo en el que Lacan tradujo al francés la Nachträglichkeit de Sigmund Freud, es decir, una especie de retroactividad, acaso "posterioridad", palabra freudiana que fue redescubierta (retroactivamente, posteriormente) por Lacan justamente como après-coup.

Para Freud, hay vivencias sin efecto inmediato que adquieren un sentido distinto cuando son organizadas de manera ulterior, incluso el trauma, que puede no resultar trauma. Para empezar, cada vez que volvemos a recordar nuestro pasado, lo reescribimos interiormente. De ahí resultan malentendidos que no son imputables a la percepción, sino a la memoria: cada uno se hace un pasado a su medida, incluso a la medida de su sufrimiento o de su dicha. Sin rodeos: el pasado es una invención privada. Por eso nadie recuerda lo mismo ni de la misma manera. Eso precipita en experiencia y resulta que nadie es igual al otro. Para colmo, en la reinvención del pasado también entra en juego la inteligencia.

Y aquello que vale para la teoría vale también para otras esferas. En Tristán e Isolda, Richard Wagner dio en el blanco: el encuentro de los dos amantes -que ni siquiera sabían que se amaban- abre el claro para el drama. ¿Cómo fue la vida de Tristán y de Isolda antes de saber que se amaban? Como sea, de tragedia no hay nada en todo esto, porque el destino no interviene y son los propios individuos los que deciden salvarse o condenarse, o condenarse salvándose, o salvarse al condenarse. Como sea, el reencuentro modifica el pasado, y ellos descubren que se amaban aun antes de saberlo.

Borges, vuelvo a él, introdujo un trastorno en la historia de la literatura al poner al desnudo una genealogía. Lo que se trastorna es la percepción. El tiempo cura, es cierto; pero también enferma. De esa enfermedad no nos curamos nunca.

El poeta T. S. Eliot no dio tantas vueltas como yo: "Tiempo presente y tiempo pasado/ se hallan quizá presentes en el tiempo futuro/ y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado./ Si todo tiempo es eternamente presente/ todo tiempo es irredimible./ Lo que pudo haber sido es mera abstracción/ quedando como eterna posibilidad/ solamente en el mundo de la especulación./ Lo que pudo haber sido y lo que fue/ apuntan a un solo fin, que está siempre presente". Sí, el arte es menos confiable que la teoría, pero insiste en llegar antes.

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