Inmigrantes: la caravana de la desesperación

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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8 de noviembre de 2018  • 00:40

Una triste columna de unas siete mil personas, a la que podría denominarse como "la caravana de la desesperación", sigue en su lento tránsito a través de México, con destino final supuesto en los Estados Unidos. Sus integrantes son, casi todos, ciudadanos hondureños que pretenden ingresar al país del norte, para quedarse allí. Contra viento y marea.

Se trata de una columna que apunta a entrar a los EE.UU., pero en tropel. Pensando que de ese modo nadie podrá, en la frontera, impedir físicamente su acceso. Se equivocan, obviamente.

Hoy está claro que los militares norteamericanos les cerrarán el paso. Con una fuerza militar de por lo menos 5200 hombres, que ya ha sido enviada por el presidente Trump al efecto. Esa fuerza se enfrentará, en un par de semanas, con la llegada de la aludida columna.

Y, cuidado, las multitudes reaccionan de un modo distinto al de las personas, individualmente consideradas. Se excitan ante los obstáculos y la emoción se apodera a veces de ellas, más o menos fácilmente.

De allí su propensión a reacciones explosivas, descontroladas y, con frecuencia, repentinas. Lo que entraña peligros serios que deben anticiparse, para así diseñar las eventuales respuestas a los previsibles desbordes emocionales. Esto es, aquellos que, respondiendo a una lógica edificada sobre las reacciones de los demás, pueden hasta derivar en la violencia. Con excitadores y sugestionados, a la vez. En un mismo descontrolado aluvión humano.

El despliegue militar norteamericano es el más alto de la historia reciente en el plano doméstico. En un siglo, al menos. Y coincide con la elección intermedia en los EEUU, en la que se redefinió el control del Congreso. No hay espacio para las equivocaciones sin consecuencias políticas, entonces. Un desastre en la frontera impactará en esta elección y las que vengan en el futuro.

El enorme despliegue militar norteamericano tiene precedentes cercanos. George W. Bush envió en su momento unos 6000 militares a reforzar el control de su frontera sur. A un costo del orden de los 1200 millones de dólares, que podrían ciertamente haber sido mejor utilizados en el desarrollo centro-americano. Y Barack Obama, por su parte, desplegó unos 1200 militares, en ese mismo lugar.

Se acerca, queda visto, un temporal inusual a la frontera sur norteamericana. Puede ser duro. Y no habrá espacio para cometer errores, sin pagar sus costos. Como suele ocurrir. Tratando de imaginar lo que puede suceder, tengo la sensación de que pronto pueden aparecer enormes campamentos "provisorios" de inmigrantes centroamericanos que procuran, desde su interior, el asilo en los EE.UU. con el que sueñan.

La imagen nos recuerda inevitablemente el drama de los palestinos que, desde hace años, viven hacinados en campamentos de refugiados, en lo que conforma un drama que no pareciera poder resolverse en el corto plazo. Ojalá que no sea así.

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