Mutaciones del antisemitismo

Agustín Romero
Agustín Romero PARA LA NACION
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8 de noviembre de 2018  • 02:25

La noche de los Cristales Rotos (en alemán: Kristallnacht) fue una serie de linchamientos y ataques combinados a negocios, instituciones y casas judías ocurridos en la Alemania nazi durante la noche del 9 y 10 de noviembre de 1938. Los sangrientos hechos perpetrados por las tropas de Hitler junto con la población civil (bajo la pasividad de la Europa libre y la aislada EEUU) concluyeron con el saldo de 91 judíos asesinados, cientos de heridos más los daños materiales.

A lo largo de la historia el odio a los judíos tuvo distintas versiones. La más tradicional, arraigada en la fe cristiana fue reemplazada por la teoría de superioridad racial alemana y a través de ella se justificó destruir las razas inferiores, incluidos, los judíos.

Hoy nos enfrentamos a diversos desafíos. Por un lado, encontramos el antisionismo como una forma encubierta del odio a los judíos a través de la deslegitimación del Estado de Israel. Sin embargo y al mismo tiempo, observamos que Estados Unidos, Italia, Alemania, Francia, Austria, Polonia, Hungría entre otros países son las cabezas del desarrollo y fortalecimiento de un nuevo nacionalismo y neofascismo impregnados sus discursos y propuestas políticas de un fuerte racismo, xenofobia y antisemitismo.

Lo paradójico es que este nuevo fascismo admira a Israel pero odia a los judíos ¿cómo se explica ello? Los nacionalistas europeos están embelesados con el poder y superioridad militar de Israel frente a la abrumadora mayoría de los países vecinos hostiles que lo quieren borrar del mapa. Los nacionalistas toman como ejemplo a Israel por la forma en que enfrenta a sus enemigos (países y grupos terroristas) utilizando para ello mecanismos de defensa sin importar las críticas provenientes de la comunidad internacional, fundamentalmente, las de las Naciones Unidas y la Unión Europea. Son esos mismos países, gobiernos o partidos políticos los que defienden a Israel en los foros multilaterales pero a nivel interno, en su ADN, aflora el odio a los judíos. Por otro lado, la derecha europea desprecia a los inmigrantes musulmanes (que dicen no odiar a los judíos) pero se alía con sus elementos más radicales que aborrecen a Israel cometiendo atentados terroristas antisemitas en Francia, Italia y Alemania. Para complejizar aún más el escenario político, aparece la izquierda radical encubriendo su odio detrás del antisionismo.

¿Qué aprendizaje podemos sacar 80 años después de la noche de los Cristales Rotos? En primer lugar que la humanidad intenta con muchos esfuerzos luchar contra las diversas formas de discriminación, segregación y xenofobia. Sin embargo, sigue existiendo en distintos estratos de la sociedad un profundo odio a los judíos. Ello explica el reforzamiento permanente de las vallas de seguridad que hay en frente a todas las instituciones judías del mundo, incluida, la Argentina. No debemos olvidar la Semana Trágica en 1919 donde se realizó un pogrom en el barrio de Once bajo el silencio del gobierno democrático radical de Irigoyen. El saldo de la masacre fueron 179 judíos asesinados "acusados" de ser comunistas y extranjeros. El antisemitismo podrá revestirse de distintos ropajes, manifestaciones y justificaciones pero en el fondo no cambió su esencia.

En segundo lugar, la pasividad de las potencias de entonces permitió a Hitler entender que tenía vía libre para comenzar lo que luego se denominará la Shoá. Además, en esa época el antisemitismo tradicional también estaba muy activo en el Reino Unido y los EE.UU. En una reciente vista al Museo de la Shoá en Washington pude observar un banco de una plaza que en su respaldo dice "No negros no judíos". Ese asiento era de 1939.

Tercero y relacionado con el punto anterior advertir que líderes en el Reino Unido con potencialidad concreta de ser gobierno en caso de una imprevista pero cercana posibilidad de caída de su primer ministro Theresa May, abrazan teorías negadoras de la Shoá y posiciones abiertamente antisemitas. Algo similar ocurre en las esferas del poder muy cercanas a Trump.

Cuarto, el peligro que corren las democracias. En efecto, los grupos violentos, racistas, homofóbicos y antisemitas odian este sistema de gobierno pero se nutren de él amparados en la libertad de opinión e ideas para promover el odio. En ese mismo sentido, académicos en prestigiosas universidades utilizan el concepto libertad de cátedra e investigación para realizar trabajos que buscar poner en tela de juicio la Shoá y sus consecuencias. O países que buscan ocultar sus vínculos con la masacre judía y aquellos que se han legitimado en las urnas con cargos parlamentarios a través de mensajes llenos de intransigencia.

Finalmente, el odio al inmigrante legal o ilegal en Europa y EE.UU. es solo la superficialidad de un resentimiento latente pero cada vez menos oculto contra el judío considerado por antonomasia el origen de todo mal. El reciente atentado terrorista contra una sinagoga en Pittsburg con 11 personas masacradas es un ejemplo más de ese virus mortal que busca distintos cuerpos donde alojarse para sobrevivir y expandirse.

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