Nüremberg: alterador monólogo sobre el odio y la xenofobia

Crédito: Del Bianco Estudio
Juan Carlos Fontana
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9 de noviembre de 2018  

Autor: Santiago Sanguinetti / Intérprete: Mateo Chiarino / Vestuario: Nicolás Nanni / Dirección: Pablo Finamore / Sala: El Ópalo, Junín 380 / Funciones: sábados, a las 20 / Duración: 60 minutos / Entrada: a la gorra / Nuestra opinión: muy buena

Un joven de cabeza rapada, un skinhead, yace en un espacio vacío; solo lo acompaña una mochila. En la pared del fondo del escenario se proyecta la imagen de Joseph Goebbels, durante los juicios de Nüremberg. Como música de fondo se escuchan algunos acordes de Tanhäuser, de Richard Wagner, el compositor admirado por Hitler por su antisemitismo.

Nüremberg, del dramaturgo uruguayo Santiago Sanguinetti -del que recientemente se pudo conocer otra obra suya, El gato de Schrödinger-, es una pieza de una contemporaneidad extrema que sacude y despierta los más contradictorios sentimientos en el espectador, a partir de lo que dice y hace su único protagonista, y que le exige a Mateo Chiarino un gran despliegue físico y emocional. Alto, de ojos claros, con borceguíes, ese joven hijo de un padre militar, que cree todavía poder conservar en algún lugar la ingenuidad del niño que fue, integra las filas del llamado Frente Nacional Socialista Obrero y considera a sus camaradas como parte de su familia.

El odio que desprenden sus palabras, las que no admiten ningún eufemismo y la violencia de sus gestos, los que por instantes intenta disimular mediante la práctica de una serie de ejercicios típicos de un soldado, no son otra cosa que la preparación para, más tarde, cometer un crimen. Este sujeto del que luego el espectador se enterará que su madre lo maltrataba y se presume fue víctima de una violación, se convierte en el más temible símbolo de una sociedad atravesada por una intolerancia, que pareciera filtrarse hasta en los más mínimos detalles. El sujeto que Sanguinetti ubica frente al espectador es tan solo el representante de los dogmas y los fanatismos que aún exhibe la historia del mundo. Por eso su presencia, su mirada inquisidora, amenazante en escena, perturba y provoca al espectador con esa emocionalidad violenta que parece escapársele por los poros, a la que un actor como Mateo Chiarino (también excelente director de teatro) tan comprometido con su papel, como exquisito en sus recursos dramáticos, sintetiza tanta admiración como rechazo por la criatura que encarna. Pablo Finamore en la dirección suma rigurosidad a esta polémica pieza de 2009, cuyo autor dice que para escribirla se inspiró en el cuento Deutches Requien, incluido en el libro El Aleph, de Jorge Luis Borges.

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