Pavlovsky en fuga: el ADN espeso y dramático de un autor único

Crédito: YAGO LOYDI
Leni González
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9 de noviembre de 2018  

Dramaturgia y dirección: Graciela Camino / Intérpretes: Cali Mallo, Bárbara Mastronardi, Gustavo Fernández, Laura Pons Vidal y Lucía Loydi / Música: Diego Demarchi / Espacio: Oeste, Del Barco Centenera 143, timbre A / Funciones: viernes, a las 22 / Duración: 50 minutos / Nuestra opinión: muy buena

"Fugarse es resistir, Cholo", dice Tato Pavlovsky, el que se va y regresa, una y otra vez, con la obsesión profética de revelar al monstruo detrás del muro normal y hasta el gesto amoroso prendido al horror. Desde el título elegido por Graciela Camino, Pavlovsky en fuga revisita Potestad, Paso de dos y Solo brumas pero no para reunir fragmentos homenaje sino para construir un fluir de asociaciones que enlazan coincidencias y desmesuras en un universo intertextual que condensa la mirada vital del actor, dramaturgo y psicoanalista que murió en 2015.

La fuga comienza con el espectador que escapa del ruido de Primera Junta para entrar a Oeste, la sala rescatada hace una década por Graciela Camino y Emilia Bonefetti en el primer piso del histórico Mercado del Progreso. Desde las escaleras y durante la espera en un desván vintage con copas de vino y maníes con cáscara, se escucha la grabación en loop de una entrevista a Pavlovsky hablando de sus obsesiones. Mientras dice que "afectos e ideología no son lo mismo", no más de 30 personas ingresan a una sala galpón revestida con telas blancas, incluido el piso, y envuelta en la música protagónica de Diego Demarchi que combina creaciones propias, intervenciones a Bach y ruidismo, sonoridad que da sostén, junto con las luces, a los tiempos de la actuación. Los "no-espectadores" se ubican a los costados y entre los actores como parte de un espacio en el que todo puede ser observado y todo hace sentido, sin hilos sueltos. El ingreso a esa atmósfera, donde los intérpretes esperan en una penumbra espesa y los sonidos graves envuelven el silencio, completa una experiencia en sí misma, como si se nos revelara un mundo detrás de la superficie: el de Pavlovsky, donde la angustia de vivir es compartida hasta por los seres más crueles.

Excelentes actuaciones para una propuesta compleja, densa por su multitud de capas, que cuestiona la estructura dramática, donde no hay personajes en sentido tradicional sino una exposición de vínculos traumáticos, subyacentes, brutales que conmueven por su desnuda humanidad. Destacable lo de Gustavo Fernández, poniéndose en el icónico lugar del médico apropiador de Potestad y un final con el violín de Demarchi para este abordaje transversal que ilumina los tópicos de un creador imprescindible con una voz potente que vale la pena investigar.

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