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Quince días en Birmania: un regalo para toda la vida

Ezequiel María Dondiz tiene 27 años y vive en Palermo. Abogado, aprovecha cada feria judicial para retomar su pasión: los viajes
Ezequiel María Dondiz tiene 27 años y vive en Palermo. Abogado, aprovecha cada feria judicial para retomar su pasión: los viajes
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11 de noviembre de 2018  

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Ezequiel María Dondiz. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos LNturismo@lanacion.com.ar

No disponíamos de mucho tiempo para explorar el sudeste asiático. Malasia y Tailandia habían quedado atrás y, desde Bangkok, era el momento de elegir el próximo avión. Si bien se imponía la conocida vuelta por Camboya, Vietnam y Laos, una rara intuición nos empujaba para el este, para ese lugar fascinante del que todos hablaban. Aun sin trayectos ni guías, de pronto vimos claro el camino: había que visitar Myanmar.

El vuelo de Air Asia aterrizó así en la ciudad de Mandalay y comenzamos, con mi amigo sanjuanino, una gira inolvidable. Gobernada casi siempre por una junta militar socialista -que cambió himno y bandera y, en el 89 rebautizó al país como Myanmar-; hacía poco más de una década que Birmania había abierto las puertas al turismo y eran vísperas de democracia en la tierra de la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi.

Un 3-0, una ampolla y muchas sonrisas en Myanmar
Un 3-0, una ampolla y muchas sonrisas en Myanmar

De mirada que podría parecer fiera, este pueblo lleva en su semblante el peso de la historia. Pero su expresión esconde algo detrás, algo que lleva dentro. Basta un solo ademán para ver emerger de cada rostro una enorme sonrisa.

Era noche de domingo en Mandalay y, en las calles, feria y carnaval. Grandes, chicos, familias enteras. Puro pueblo, pura humildad. La gente festeja, salta, grita, juega, ¡fiesta! No hablan nuestra lengua, pero se acercan, nos quieren saludar. Éste habla un poco de inglés. Él Pedro, yo Ezequiel. ¡Cómo me aprieta la mano!... Sigue hablando pero no me la suelta, no sé qué dice pero no deja de sonreír. Y se acercan los chicos. Un maingalarpar que pronunciamos como minga-lava para escuchar al unísono su respuesta: ¡maingalarpar!. No creen que hablamos su idioma; por cada saludo, esa mirada brava muta, cambia a la alegría.

Todos nos quieren ver, sacarse fotos. Tomen un cigarro local, prueben nuestro té, pueden comer acá. No se vayan, ¡quédense! Pero qué cansancio. Colectivos, aviones y trenes nos habían dejado sin energía. No habían pasado más de veinticuatro horas y Birmania ya nos había recibido con sonrisa sincera y transparente.

Así la recorrimos. Desde la cima de la colina Mandalay conversamos con los monjes y vimos encenderse la ciudad con la caída del sol; en Amarapura caminamos en el cielo naranja por el puente de madera más largo construido jamás y, desde Mingún, hicimos retumbar la campana más grande del mundo. Hasta que, al quinto día, llegó el momento de Bagán, la Ciudad de los Cuatro Mil Templos.

Éramos ya un grupo mixto de ocho personas, cuatro varones y cuatro mujeres de Argentina, Australia y Estados Unidos, que nos fuimos conociendo en el camino. No exagero si consigno que, como Bagán, no hay otra ciudad en el planeta. Templos, templos, templos por doquier. Desde el llano o desde la cima de cualquiera de ellos, contemplamos atardeceres, amaneceres y noches de estrellas sin igual. Desandando el pueblo en bicicleta, muchas veces sin rumbo certero, fue que llegamos al pie de una emblemática pagoda.

Frente al templo, cuatro líneas de cal dibujaban un cuadrado en el suelo; arcos con red a un costado y al otro y, sobre el lateral, locales y visitantes alentaban desde una escalinata que hacía de tribuna. Un señor con micrófono relataba vigorosamente cada movimiento de aquél partido de liga.

En Birmania se respira fútbol.Cuando el partido terminó, supimos que era nuestra oportunidad de compartir esa pasión. Nos dimos a entender rápidamente y, de un momento a otro, la pizarra, en birmano, señalaba que un combinado local se enfrentaba contra Argentina. Descalzos -como ellos- en esa superficie imposible, como en el primer día, volvimos a hablar propios y extraños el mismo idioma. Fue 3-0 para nosotros y un gran abrazo nos reunió luego -a todos- en el círculo central.

Pero el costo del triunfo fue alto. Esa misma tarde dejamos aquel destino mágico y, desde Kalau, comenzamos al octavo día nuestro trekking hacia el Inlay Lake. Serían tres jornadas pernoctando en aldeas, atravesando paisajes de montaña y campos de arroz.

Pero, a cada paso, algo crecía en la planta de mi pie izquierdo. Aunque Pedro, que era médico, intervino como pudo con su aguja desinfectada, el dolor no cesaba y lo que parecía una ampolla fue creciendo en tamaño y oscureciendo en color. Aguanté como pude la segunda noche, hasta que una moto, a gran velocidad, me devolvió a Kalau en el día diez. Los pescadores que reman de a pie y el festival de globos de fuego de Taunggyi quedarían para otro momento. Había llegado la hora estrenar el costoso seguro médico que -a regañadientes- había contratado por insistencia de mi madre (que acertó, como siempre).

Doce horas me separaban del único hospital en condiciones, en Yangón. No olvidaré mi trayecto en el asiento 27 de aquél autobús; atormentándome con Messi, Tévez y Di María, los birmanos hicieron ameno el recorrido mientras mi ampolla crecía más y más y, ya en la antigua capital del sur, un médico extraordinario intervino por segunda vez (esta vez, bisturí) y extirpó la bacteria. Fueron tres días de curaciones, risas y almuerzos con los galenos de la clínica, tan buenos como los viajes al hospital que, diariamente, realizaba en el colectivo de línea de Rangún. No habría tiempo para más. Al regreso de Pedro otro vuelo de Air Asia nos regresaría a Bangkok con el corazón más grande.

Quince días en Birmania, un regalo para toda la vida.

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