Una noche en la guardia

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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9 de noviembre de 2018  

"Hola", me dijo una voz de ultratumba del otro lado del teléfono. La dueña tosía con una sonido oscuro que hacía temer que fuera a despedir un trozo de pulmón y no paraba de sonarse la nariz. "Uy, ¡cómo estás! ¿Qué tenés?", me sobresalté. Me contó que se había "pescado" una gripe o "algo así", que hacía días que se sentía "a la miseria" y que estaba considerando ir al médico.

Le aconsejé que no siguiera esperando. El problema era que, por una desafortunada pirueta del destino, acababa de perder la cobertura de su obra social. Se sentía mal y, lo que es peor, desamparada. "No importa -le sugerí-, vamos a la guardia de un hospital". Después de barajar un par de posibilidades, elegimos el más cercano a su casa.

Llegamos unos minutos antes de las ocho de la noche. Lloviznaba y había bajado mucho la temperatura. Nos alegramos de encontrar la sala de espera de Emergencias prácticamente vacía, a excepción de cuatro o cinco personas sentadas con la vista fija en sus teléfonos celulares. Lo habitual.

Tardó bastante, pero al final apareció un joven vestido con ropa deportiva del otro lado de la ventana enrejada de Admisión. Anotó nombre y documento, y nos indicó que tomáramos asiento.

A la sala daban tres puertas blancas. Muy pronto se abrió una y entró un chico con muletas y bota ortopédica, solo para volver a salir de inmediato. A ese ritmo, calculamos, terminaríamos pronto. Pero la puerta se cerró y ya no se volvió a abrir. Los minutos pasaban y, como no había nadie a quién consultarle, empezamos a inquietarnos. "Bueno, es un hospital público", me apaciguó la engripada, mientras su tos seguía retumbando en el pasillo.

Al lado nuestro, dos hermanas conversaban sobre temas domésticos. Una de ellas se quejaba de que se le había adormecido un brazo y le dolía la cabeza.

De tanto en tanto, los circunstanciales pacientes se levantaban y caminaban hasta la ventanilla en la que, si tenían suerte, aparecía el joven deportista. "¿Pero está el médico o no? -logré preguntarle cuando ya había transcurrido una hora y media sin que la puertita volviera a abrirse. Otros se acercaron para descargar epítetos menos condescendientes-. Sí, hay, lo que pasa es que está desbordado", se atajó.

Un señor de cierta edad, que parecía muy ducho en estas lides, ofrecía su experiencia como prueba de que eso era "lo normal": "Esta mañana vine a las tres y media para pedir turno con el reumatólogo, y a las cinco y media me dijeron que estaba de viaje y que no viene hasta el mes que viene", comentó.

Mientras las horas seguían arrastrándose, llegaban familiares, amigos, agentes policiales que se acercaban a otra de las puertas y dejaban botellas de agua mineral, o ingresaban a lo que suponíamos serían los consultorios. Dieron las diez y las once sin que la dichosa puertita se abriera ni una vez. Una joven que estaba con su familia se fue sin atenderse. Otra señora refunfuñaba ostensiblemente: ya había estado a la mañana (según dijo, por una reacción alérgica que le había producido un gran edema en la cara y el cuerpo) y había optado por retirarse dos horas más tarde, también sin haber logrado que la viera un profesional.

Cuando ya estábamos al borde de la inanición, escuchamos el apellido. Una médica nos hizo pasar a un diminuto cuartito triangular con una camilla, pero sin sillas. Dada la hora y la espera, nos recibió con una cordialidad inesperada. Tras el examen correspondiente, indicó la medicación en un trozo de papel (porque, dijo, carecía de recetario) y, antes de recomendarnos que volviéramos si la situación no mejoraba, suspiró: "¡Toda la guardia llena de 'psiquiátricos' y alcoholizados, algunos esposados y custodiados por policías! No tenemos ni un box libre..."

"Cuídense", nos despidió. Afuera hacía frío, pero por lo menos había dejado de llover.

Por: Nora Bär

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