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La argentina que llevó la randa tucumana a Japón

Alejandra Mizrahi difunde esta técnica de tejido y lo reversionó con saberes orientales en un proyecto que vincula el trabajo artesanal y la inclusión social.
Alejandra Mizrahi difunde esta técnica de tejido y lo reversionó con saberes orientales en un proyecto que vincula el trabajo artesanal y la inclusión social. Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez
Andrea Lázaro
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10 de noviembre de 2018  

La randa, el encaje heredado de las damas españolas que solo las randeras de El Cercado, en la provincia de Tucumán, continúan tejiendo tradicionalmente, llegó a Japón a través de un proyecto que vincula arte e inclusión social. La embajadora de la técnica en la Universidad de las Artes de Tokio fue Alejandra Mizrahi, artista, doctora en Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, docente de Diseño de Indumentaria en la Facultad de Arquitectura en la Universidad Nacional de Tucumán y coautora del libro Randa: tradición y diseño tucumanos en diálogo (2013).

-¿Cómo llegaste a presentar randas en Japón?

-A través del proyecto colectivo , pensado por Katsuhiko Hibino, artista y decano de la Universidad de las Artes de Tokio, como parte de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos 2020. Una iniciativa que se repite alrededor del mundo y promueve el encuentro entre artistas y comunidades en minoría. En Argentina comenzó en septiembre del año último en la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de América del Sur (Bienalsur) con la participación de artistas argentinos, japoneses y peruanos. A mí me tocó trabajar con niños y jóvenes autistas de la fundación Brincar.

-¿Qué tal la experiencia en la Universidad de Artes de Tokio?

-Es una de las más antiguas de Japón y se dedica al estudio de las técnicas artesanales tradicionales. Siempre me interesó su cosmovisión, ya que en Japón los maestros artesanos son tratados como tesoros humanos en vida. Personas de todas las edades viven rodeadas de artesanías, los objetos están pensados para ser usados y para ser incorporados a la vida cotidiana. Además, los japoneses tienen un profundo conocimiento sobre los orígenes e historia de las prácticas artesanales y se sienten muy orgullosos de ellas. Esa inserción en la cotidianeidad asegura su continuidad y vigencia. Es una relación bien diferente a la que tenemos en nuestro país.

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-¿El proyecto tiene puntos en común entre las dos culturas?

-Hibino manifiesta una preferencia por Latinoamérica. Considera que si bien nuestras realidades son diferentes, tenemos muchas cosas en común en relación a la artesanía. En los últimos años, él se abrió a proyectos sociales y de arte relacional, a procesos artísticos que no siempre terminan anclados en un objeto. La inclusión social en uno y otro lugar también tiene características propias. En Japón, por ejemplo, hay cada vez menos niños y la edad promedio crece año tras año. Para atender a los segmentos de la población con problemas físicos o mentales, existen los centros de salud y bienestar. En esas instituciones de salud es donde se desarrolló esta etapa del proyecto de la que también formó parte el artista peruano Henry Caedro.

-¿Cuál fue la dinámica de trabajo?

-Me quedé en una casa de más de 100 años, en Yanaka, un barrio antiguo de Tokio donde viví a la manera tradicional japonesa. Lo primero que hice fue incorporarme a la rutina de las instituciones. No sabía qué forma iban a tomar las actividades, fue como un salto al vacío, pero Hibino me decía que tenía que observar, escuchar y poner el hilo ahí. En los centros de salud, los talleres de arte están dictados por profesionales del área de trabajo social. Tanto la universidad como el Art Council de Tokio (la otra pata de la iniciativa) creen que cuando estos talleres están dictados por artistas se abren otras posibilidades, porque cuando entramos en contacto con personas que piensan de manera diferente, el arte se expande.

-¿Y qué forma tomó?

-Las actividades fueron surgiendo del contexto. Continué trabajando con la randa entendiéndola como una lógica de tejido. Entre randa y macramé, nudos, redes y bordados fuimos encontrando el camino. Las posibilidades aparecieron desde las limitaciones. Para mí fue como pensar desde el cuerpo del otro y me planteó un escenario de negociación continuo entre la tradición y lo nuevo. La idea es traducir la técnica en otras escalas y materialidades sin que deje de ser randa. Con el correr de los días, la actividad fue formando parte de la rutina. Eso me llevó a reflexionar en el tejido como un ejercicio.

-¿Cómo es eso?

-Observando el ir y venir de bordado o los movimientos del cuerpo en el telar, empecé a verlo como un ejercicio físico y mental. Bordar, tejer o coser en su dimensión sanadora y reparadora, más allá del objeto mismo. Nuestro trabajo se convirtió en un acto cotidiano, como la rutina de ejercicios llamada Radio Taiso con la que muchos japoneses comienzan su día (los veía de camino a mi trabajo). Nosotros decíamos que estábamos haciendo Randa Taiso.

-¿La randa se fusionó con técnicas japonesas?

-En uno de los centros había unos telares saori. Y una de las cualidades de esta técnica es que considera al error como parte del tejido. Lo que hicimos fue dejar de lado el formato circular de la randa para adoptar la morfología del saori que es rectangular. También empleamos sus descartes para crear nudos y redes.

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-¿Qué efecto tuvo en vos?

-Hibino dice que los creativos tienen la capacidad de ver cosas en lo cotidiano en las que nadie más repara. Eso le hace muy bien a estos procesos. El efecto en mí fue de apertura, siento que algo se destrabó. Al principio estaba muy sujeta a las premisas tradicionales de la técnica. Esta experiencia me confirmó que se trata de una lógica más que de una forma de tejido específica, y que continuará viva en tanto se piense, se use y se le propongan nuevas formas. Jean Baudrillard, en su libro El sistema de los objetos, se refiere a las cosas que han perdido su mundo (porque cambió el estilo de vida, por ejemplo) para quedar allí testificando algo que ya no existe. Las formas tradicionales se seguirán haciendo, y está muy bien que así sea. Pero para que no se pierdan es necesario incorporar lo nuevo e ir resignificándolas. También me quedó más en claro qué es lo que yo le puedo aportar a El Cercado, en Tucumán: seguir mostrando, difundiendo la randa tradicional y contando la historia de estas mujeres que continúan pasando su saber de madres a hijas.

Un trabajo que sigue. Las randas tucumanas se revalorizan en el proyecto Turn, que continuará desarrollándose en futuras etapas.

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