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Cristina Kirchner juega al misterio, pero ya actúa como candidata

Martín Rodríguez Yebra
Se refugia en el silencio mientras se lanza a reconquistar el peronismo y a recuperar viejos aliados; el Gobierno se prepara para otra campaña en la "grieta"
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11 de noviembre de 2018  

Quienes la frecuentan dicen que hace tiempo no la veían tan distendida. Cómoda en el juego del misterio, Cristina Kirchner se siente en un renacer. Transmite órdenes, reparte indulgencias entre dirigentes que osaron abandonarla, disfruta de la confusión que inocula a sus rivales.

"Está en modo jefa", sintetiza un dirigente que la visitó días atrás en el búnker del Instituto Patria. A nadie le confirma si será candidata a presidenta el año que viene. Incluso envía emisarios a poner en duda si competirá. Pero mueve las piezas como alguien que irremediablemente se prepara para la batalla mayor.

Cada día que pasa sin desmoronarse en las encuestas, a pesar de la pila de acusaciones de corrupción en su contra, es otra valla en el camino del peronismo hacia la reinvención. Quedó en evidencia el jueves en la reunión del PJ -esa sigla que ella tanto despreció- en la sede de Matheu 130.

Sentados a una mesa en U, posaban viejos enemigos a los que ella reabrió la puerta. Gente que intentó en vano construir nuevos liderazgos y se resigna a que tal vez no quede opción que volver a entregarse a la única dirigente opositora que retiene un caudal apetecible de intención de voto.

Ahí estaba de regreso Hugo Moyano , que la considera la opción más fiable para sus intereses políticos (y judiciales). Y Felipe Solá , que sueña con que ella finalmente dé un paso al costado y lo unja como favorito. O Daniel Scioli , que lleva meses sin hablar con Cristina, pero resiste en las inmediaciones a la espera de otra oportunidad. Incluso Héctor Daer, uno de los "gordos" que conduce la CGT , quiso estar.

Wado de Pedro, de La Cámpora , representó al cristinismo puro y potenció en algunos la sensación de "casa tomada". El viejo partido del General pegándose la etiqueta de la marca blanca Unidad Ciudadana.

El dominio tácito del PJ le da un arma para incordiar a los peronistas que se proponen, en un mar de dificultades, construir una alternativa de poder. El dilema de todo opositor ahora es a quién unirse para la competencia de 2019. Cristina les ofrece un base sólida de entre 20 y 30 puntos que ninguna encuesta le niega.

El germen de una tercera vía que presentaron Sergio Massa, Juan Schiaretti, Juan Manuel Urtubey y Miguel Pichetto apuró el contraataque kirchnerista.

En lo discursivo, la expresidenta se propuso instalar la idea de unir a la oposición como obligación para frenar al actual gobierno. "La división abre el riesgo de que Macri gane en primera vuelta", dijo esta semana el diputado Axel Kicillof. Al igual que otros kirchneristas, coqueteó con la idea de que quizá Cristina no sea candidata presidencial. Pero el mensaje interpela el ansia de poder peronista: si van separados podrían facilitarle a Macri ser reelegido con 40 puntos (y 10 de diferencia con el segundo), algo nada descabellado según los sondeos actuales.

El razonamiento esconde el verdadero drama de la expresidenta: el rechazo pétreo que genera su figura en una amplia porción del electorado. Incluso las encuestas que la dan arriba -como la de Aresco que la última semana encendió alarmas en el Gobierno- retratan la dificultad inmensa que arrastra para ganar un eventual ballottage contra quien fuera.

Le toca además transitar un año dramático en los tribunales, con un primer juicio -el de la corrupción en la obra pública de Santa Cruz- que empieza en febrero.

"Lo judicial la obsesiona, sobre todo por los hijos. Pero es otro incentivo para pelear. Ahora te duerme con que hay que buscar liderazgos distintos, nuevas generaciones y todo eso. Pero ¿alguien que la conozca un poco puede pensar que va a retirarse así nomás?", dice otro dirigente nacional que retomó contacto con ella este año.

En su lógica, la avalancha de procesamientos y acusaciones solo se puede pelear en el terreno político. En eso coincide con Lula da Silva. El resultado electoral en Brasil le dio otros motivos para seguir: no es fácil trasladar los votos de un líder a otro, como probó el fallido candidato del PT Fernando Haddad.

Siempre en el modo sigiloso que adoptó después del clímax del escándalo de los cuadernos, esta semana se reconcilió con el Movimiento Evita, que en la última campaña había acompañado la candidatura de Florencio Randazzo.

Poco a poco rearma el frente de las organizaciones sociales, un mundo en el que sufre las dificultades propias de quien no tiene recursos para repartir. Le cuesta, por ejemplo, domar como quisiera al papista Juan Grabois, que no para de recordar la estela de presos por corrupción que conforman el legado de la expresidenta.

El papel de Máximo

En paralelo, Cristina ocupa el territorio que considera su bastión: Buenos Aires. Su hijo Máximo se convirtió en el interlocutor directo ante los intendentes del conurbano. "Negocia como un embajador. La candidatura de la madre se da como algo tácito", explicó uno de los caciques peronistas de la primera sección electoral.

En ese territorio golpeado, en el que Cristina mantiene sus mejores índices de apoyo, cada vez son menos los que se reafirman en la independencia. Cuando se trata de cuidar el despacho, el ansia de renovación queda en un segundo plano: a la mayoría de los intendentes, ir colgados de una boleta de Cristina les parece hoy la solución más eficiente.

Distinta es la postura de los gobernadores. Salvo Urtubey (que no puede ir por la reelección y aspira a ser presidente) y Alicia Kirchner (que está atada a su cuñada), todos los demás jefes provinciales del peronismo prefieren adelantar las elecciones en sus distritos. Despegarlas de las presidenciales, les permite ponerse a salvo de la polarización que intuyen entre Cristina y Macri. La consigna es cuidar lo propio y después ver.

Pero saben que el kirchnerismo no será neutral. Juan Manzur ya lo vive en Tucumán, con su exaliado José Alperovich lanzado a arrebatarle el poder en una guerra a todo o nada.

La grieta interna del peronismo pone en aprietos a Pichetto en el Senado, golpeado por la amenaza de una ruptura del bloque que conduce desde hace años.

El juego de Cristina también obtura construcciones alternativas, como la que promueven desde el progresismo Margarita Stolbizer, el socialista Miguel Lifschitz y Ricardo Alfonsín. La pata peronista -vital para que el proyecto despegue- no termina de aparecer.

Massa, Urtubey, Pichetto, Schiaretti, Manzur y también muchos de los que se mantienen preventivamente cerca de Cristina están convencidos de esa tesis tan Durán Barba de que "la demanda ordena la oferta".

Insisten en que hoy la sociedad no demanda volver al pasado (o sea, al kirchnerismo), sino que alguien ejecute el cambio que se decidió en 2015 con más eficiencia que Macri. Creen en que marzo, con el panorama económico más claro, podrá surgir una opción viable.

Cristina disiente, cuentan quienes hablan con ella. Cree que la crisis golpeará tan fuerte que habrá espacio para reivindicar sus políticas. Nadie se atreve hoy a anticipar cuál será el programa que les presentaría a los argentinos si se decide a competir. Si una reforma radical, como promueven Máximo y La Cámpora. O una reformulación del primer nestorismo, como promueve Alberto Fernández, a quien volvió a escuchar como en los años iniciales de su aventura en el poder.

En el Gobierno, la disputa con Cristina Kirchner se vislumbra como un escenario soñado. El libreto que rindió en 2015 y en 2017 podría valer para hacer campaña en la ciénaga de la recesión. Y sin embargo no hay pocas voces que alertan sobre los riesgos que implica lanzarse a ese todo o nada. El primero de ellos hay que darlo por descontado: resignarse a otro año perdido para la inversión, ante el temor de una restauración populista.

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