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Daniel Marcove: "Tengo una atracción particular por la dramaturgia argentina"

El director que, en la actualidad, tiene cuatro obras en cartel, asegura que nunca quiso dejar la actuación, simplemente no lo llaman
Carlos Pacheco
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11 de noviembre de 2018  

Llegó a la actividad teatral siendo muy joven. Su vocación se despertó de manera muy inesperada y encontró una guía excepcional, Hedy Crilla. A los 19 años, Daniel Marcove, quien por entonces estudiaba filosofía y trabajaba en una fábrica, necesitó encontrar una actividad que le permitiera ocupar parte de un tiempo libre que tenía mientras esperaba a una noviecita. Un compañero le preguntó qué le gustaría hacer y sin saber por qué, él dijo "teatro".

Al día siguiente, le acercaron un recorte del diario Crónica en el que un aviso anunciaba que empezaban las clases para adolescentes en el estudio de Agustín Alezzo. Marcove no sabía de quién se trataba pero decidió ir. Los cursos estaban destinados a jóvenes hasta los 18 años, no fue aceptado. Pero, Crilla, en el mismo estudio, tomaba ingresos para sus nuevos talleres. Rindió el examen y aprobó. Su sorpresa fue mayor cuando la maestra lo relacionó con Alezzo, quien empezaba a dirigir con ella Despertar de primavera, de Frank Wedekin. Meses más tarde, el 26 de septiembre de 1976 (día de su cumpleaños) Marcove debutaba junto a un elenco que integraban, entre otros, Luisa Kuliok, Norberto Díaz, Boris Rubaja, Edgardo Moreira y Camila Perisé.

Cuarenta y dos años después este actor y director que ha trabajado con los puestistas más importantes del país, recreando tanto un repertorio nacional como internacional, afirma que tuvo mucha suerte. "La suerte tiene mala prensa -dice-. Cuando decís, 'tuve suerte' te responden, 'no, tenés talento'. La suerte existe, sino toda la gente talentosa tendría la fortuna de ejercer su pasión, su vocación y lamentablemente no es así".

En los años 90, Daniel Marcove dejó la actuación para transformarse en director. Actualmente tiene cuatro proyectos en cartel y muy diferentes. Coronado de gloria, de Mariano Cossa, es una obra que habla sobre la creación del Himno Nacional Argentino; Moscú, de Mario Diament, es una versión libre de Tres hermanas, de Antón Chéjov, donde el autor coloca en el centro de la escena solo a tres de los personajes de la pieza original, Olga, Maya e Irina; en A la izquierda del roble el dramaturgo Pacho O'Donell se detiene en la personalidad y la creación del escritor uruguayo Mario Benedetti. Por último, La herencia, texto de la autora argentino israelí Laura Bauab expone una dolorosa historia familiar.

-¿Por qué tomaste la decisión de dejar la actuación para dedicarte solo a la dirección?

-Siempre las cosas parecen que son casuales y nunca lo son. Deseo muchísimo volver a actuar. No me llaman para hacerlo. El teatro es el actor y el espectador. En ese latido compartido está el rito teatral. Empecé a dirigir porque me estaba convirtiendo en un actor insoportable. El actor es opinador, es un creador. Estaba actuando en el San Martín y polemizaba con los directores sobre la luz, el vestuario, y sentí que debía sacar el deseo adelante y dirigir. Y justo en ese momento el mismo teatro abrió una convocatoria. Empezaba a hacer coproducciones con salas independientes. La obra que elegí fue Nunca usarás medias de seda, de Cristina Escofet. Fue seleccionada y la hicimos en el teatro De la Campana. Y ahí empecé. Después me llamó Tito Cossa para estrenar uno de sus textos en el San Martín, me convocaron también del Cervantes. No soy alguien que haya ido detrás de los sueños, de los proyectos. Siempre he trabajado en relación con propuestas que me acercaron y curiosamente, como actor, hice muchas obras del teatro universal. Me di grandes gustos como hacer La muerte de un viajante, de Arthur Miller, o Recordando con ira, de John Osborne, pero como director todas mis puestas han sido a partir de autores argentinos.

-¿A qué se debe ese particular interés?

-Tengo una atracción por nuestra dramaturgia. Siento que está en constante y pleno desarrollo. Son los autores los que me acercan materiales. En las primeras páginas tengo que sentir un acuerdo sensible con la pieza y ahí viene el gran milagro del teatro. Porque uno de golpe, cuando está por estrenar, se da cuenta de que de una hoja en blanco hizo aparecer toda esa vida y muerte que armó, en esos ensayos donde a veces la nave va y otras es el Titanic. Un día se estrena, viene la crítica, los compañeros, gusta o no gusta. Viene el público, no viene. Y otro día se termina y todo fue un sueño. Aquello que parecía la vida y la muerte se transformó en un sueño. Esa cosa efímera, inmensa del teatro, a mi me convoca y me atrapa mucho.

-Tu carrera está muy ligada a grandes maestros de la escena nacional contemporánea, ya sean directores o dramaturgos. ¿Eso te marcó un camino?

-No fue buscado. Se fue dando así. Roberto Cossa quiso hacer una obra (Pingüinos) a partir de ensayos con los actores y con un director joven. Y me invitó a hacerlo. Cuando Chacho Dragún llegó a la dirección del Cervantes me propuso reponer Auto de fe entre bambalinas, de Patricia Zangaro, y un día me llamo y me dijo: "Estoy reunido con Goro (Carlos Gorostiza), se cumplen cincuenta años del estreno de El puente y quiere que la dirijas". Gorostiza siempre había dirigido sus obra. Y me eligió a mí. Después dirigí otras piezas de él como Toque de queda, El alma de papá. Monté de Pacho O'Donell El sable, Vincent y los cuervos, Escarabajos. Con Mario Diament iniciamos una muy buena relación y ya llevo dirigiendo tres obras de él (Tierra del fuego, Franz & Liz, Moscú). Además estrené obras de Ricardo Talesnik, Beatriz Mosquera, Carlos Pais, Roberto Perinelli, y también autores nuevos como Andrés Binetti, Patricia Suárez, Mariano Saba, Pablo Albarellos. Tengo un amor particular por el teatro argentino y una enorme confianza en él. Sin descalificar el teatro extranjero. Nuestra dramaturgia tiene una fuerte identidad. El público se relaciona muy fácilmente con sus temas y hace asociaciones sensibles y emotivas. Por otro lado, estoy más grande y hay valores que se me han dimensionado mucho y uno de ellos es la gratitud. Siento una enorme gratitud por aquellos que confiaron en mí, que me tendieron una mano, me abrieron una puerta. Hedy Crilla, Gorostiza, Cossa, O'Donell, Kive Staiff. Es mucha la gente por la que siento mucho reconocimiento porque el camino es muy duro. Y mi ser director lo he armado de todo lo que he mamado de ellos.

La herencia

El Tinglado, Mario Bravo 948

Domingos a las 20.30

Coronado de gloria

La Comedia, Rodríguez Peña 1062

Viernes, a las 20

A la izquierda del roble

C.C.C., Corrientes 1543

Sábados, a las 20

Moscú

El Tinglado, Mario Bravo 948

Sábados, a las 20

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