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Copa Libertadores: Boca perdió mucho más de lo que la mayoría cree

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
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11 de noviembre de 2018  • 18:13

Boca tenía todo para ganar el primer partido de la final de la Copa Libertadores, pero River se lo empató una vez. Y otra. El 2-2 en la Bombonera puede dejar muchas conclusiones, pero la primera será que los xeneizes desperdiciaron una gran oportunidad, quizá única, para marcar una diferencia crucial para el desquite.

El que vio el partido se dará cuenta de que no tanto desde el juego. Sí desde las circunstancias, las situaciones y el ánimo. Pero no. Boca cayó en su propia telaraña. Y toda aquella ventaja que pudo haber logrado se diluyó de cara a una revancha que, a priori, tiene un favorito: River. Se enoje quien se enoje.

Boca casi nunca estuvo bien parado en general y, en particular, en el medio campo. En el primer tiempo dio la sensación de que en cualquier momento River podía hacerle un gol. Fueron los mejores momentos del arquero que tantas dudas había despertado: Agustín Rossi. Sin él, el conjunto dirigido por Guillermo Barros Schelotto hubiese estado en desventaja en la primera parte. A no dudarlo.

Pero Boca es Boca. Un conjunto con delanteros temibles. Como en las semifinales ante Palmeiras, Wanchope Ábila y Benedetto encarrilaron el partido hacia el costado xeneize. Claro que el tramado colectivo de Marcelo Gallardo -a no dudarlo, aún a la distancia dirigió al equipo- fue mucho más fuerte que cualquier impulso individual. Así nacieron las mejores oportunidades para los millonarios. A partir de ahí y de los huecos que Boca dejó entre el colombiano Wilmar Barrios y una defensa encabezada por Carlos Izquierdoz, partícipe involuntario de los dos tantos millonarios.

River fue un bloque sólido. Siempre funcionó en bloque. A grandes rasgos, solo se valió de una acción individual en la Bombonera. El mano a mano que Armani le tapó a Benedetto pudo haber sido la pelota de la final de la Libertadores. El resto funcionó como a control remoto. Las proyecciones y los relevos. Los cambios. Las reacciones. Como si en cada abrazo que Gallardo les dio a sus jugadores hubiera estado la fórmula para no sentirse superados por el clima ni por el contexto ni, mucho menos, por el rival.

Boca no pudo ser Boca. Cristian Pavón se lesionó temprano. Pablo Pérez pareció estar tan condicionado por la molestia en un pie como por la amarilla. Los defensores dudaron tanto como acertaron. Y Barrios no fue el termómetro de otros tiempos. Pero Boca tiene desequilibrio en la ofensiva y en cualquier momento puede sacar un gol de la galera. El problema es que es demasiado peligroso confiar solo en eso para una final con destino abierto.

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