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La pantalla grande de calidad se muda a la playa

Diego Batlle
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12 de noviembre de 2018  

MAR DEL PLATA.- El primer fin de semana de la 33» edición del Festival de Mar del Plata ha sido de una intensidad infrecuente incluso dentro de la larga historia de esta muestra. Desde la llegada a la ciudad de un mito viviente del cine mundial como el actor francés Jean-Pierre Léaud hasta la participación muy activa del colectivo de actrices en la ceremonia inaugural (portando pañuelos e insignias verdes), que contó con figuras locales como Calu Rivero, Noemí Frenkel, Muriel Santa Ana o la filósofa Esther Díaz, la realizadora francesa Valérie Massadian o la artista trans brasileña Julia Katharine.

La ceremonia inaugural tuvo un momento de tensión cuando un grupo de asistentes abucheó al secretario de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, quien de todas maneras destacó en su discurso aspectos positivos de su gestión y de la del Incaa este año, como el récord de rodajes y la buena respuesta de público a la promoción del Mes del Cine Argentino.

Luego fue el turno de la presentación de la película de apertura, Sueño Florianópolis, con la presencia sobre el escenario de la directora Ana Katz y de los coprotagonistas Gustavo Garzón y Mercedes Morán (quien también había recibido pocos minutos antes un premio a la trayectoria). Se trata de una tragicomedia sobre las desventuras de una típica familia (matrimonio de psicólogos en crisis con dos hijos adolescentes), de esas que inundaron las playas de Brasil en tiempos de cambio favorable (1992 en ese caso). Una mirada agridulce (hilarante e impiadosa a la vez) de ciertas miserias, contradicciones y patetismos de la clase media argentina.

Terror en competencia. La sección oficial comenzó con In Fabric, la nueva exquisitez visual, delirio narrativo y excentricidad dentro del género de horror del británico Peter Strickland. El director de Katalin Varga, Berberian Sound Studio y The Duke of Burgundy combina humor negro, absurdo y sadismo (hay algo de los clásicos del giallo italiano de Dario Argento y Mario Bava) para una estilizada, sofisticada y manipuladora historia ligada al universo de la moda en la que un misterioso vestido rojo con poderes sobrenaturales, una enfermiza relación madre-hijo (Marianne Jean-Baptiste y Jaygann Ayeh) o la misteriosa vendedora de una tienda de ropa (la extraordinaria Fatma Mohamed) resultan piezas claves.

Los extremos de Brasil. En Competencia Internacional se vio Chuva é Cantoria na Aldeia dos Mortos, película de João Salaviza y Renée Nader Messora, premiada en Cannes, sobre las desventuras de Ihjãc, un adolescente indígena (pero ya padre de un bebé) de la comunidad Krahô, que vive en el norte de Brasil en condiciones precarias ante el arrasador avance del "progreso". Hijo de un chamán y consternado por las pesadillas, huye a "la ciudad blanca" y se niega a regresar. Lejos de la estigmatización, la denuncia culpógena y el golpe bajo, los directores optan, en cambio, por un relato bello, honesto y respetuoso que funciona tanto a nivel de registro etnográfico sobre la dinámica de los últimos pueblos originarios que mantienen sus costumbres como en su simple pero emotivo dispositivo ficcional. En la Competencia Latinoamericana, por su parte, se proyectó Bixa Travesty, de Cláudia Priscilla y Kiko Goifman, ganador del Premio Teddy al Mejor Documental en la última Berlinale. Se trata de un retrato descarnado y fascinante de Linn da Quebrada, artista transgénero que se convirtió en referente de la minoría negra y queer de las favelas. Ella canta, baila y rapea en vivo, habla en la radio y prolonga su mirada cuestionadora y provocativa incluso en su cotidianidad en San Pablo. Este registro es tan visceral, tan íntimo (y tan narcisista) que por momentos incomoda y perturba, sobre todo cuando nos acercamos a las contradicciones y a los problemas de salud que la incansable heroína padece.

Miradas femeninas del cine argentino. Una de las más valiosas tendencias de la cosecha 2018 de Mar del Plata es la fuerte representación de mujeres en todas las competencias. Así, en el arranque de las secciones oficiales dedicadas al cine argentino y latinoamericano las cuatro primeras propuestas tuvieron a mujeres como directoras y protagonistas. Desde Rosita, en la que Verónica Chen describe las penurias de una joven madre de tres niños (de tres padres distintos) y la tirante relación con su propio papá, y en la que se lucen Sofía Brito y Marcos Montes, hasta Julia y el zorro, de Inés María Barrionuevo, sobre la tensa convivencia entre Julia (Umbra Colombo) y Emma (Victoria Castelo Arzubialde), su hija de 12 años, tras instalarse en una precaria casona en la zona de Unquillo, pasando por la desgarradora La cama, de Mónica Lairana, sobre la intimidad de un matrimonio (Alejo Mango y Sandra Sandrini) que se está separando después de muchos años juntos, y Las huellas de Tara, de Georgina Barreiro, bello y fascinante documental sobre la dinámica de un pueblo perdido en medio de los Himalayas, en una región como la de Sikkim, que hoy pertenece a la India, pero muy cercana a Bangladesh, Bután, Tibet y Nepal.

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