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El empate dejó la mecha encendida, pero River se lleva las mejores sensaciones del clásico volcánico

Un instante fatal para Boca: en el duelo con Pratto, Izquierdoz cabecea hacia atrás y marcará el 2-2 para River
Un instante fatal para Boca: en el duelo con Pratto, Izquierdoz cabecea hacia atrás y marcará el 2-2 para River Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
Cristian Grosso
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11 de noviembre de 2018  • 23:59

Son los dedos aferrados al alambrado, la mirada perdida en un punto fijo y una sensación incompleta. La Bombonera ya no late. Futboleros al fin y tan adscriptos a los mitos, ni los hinchas de Boca ni los de River podrán añadir una fecha memorable en su santoral. Ese delirio de excitación que en gran medida cumplió el partido de todos los tiempos, aceptó una tregua para volver a encenderse en dos semanas. Entonces sí será decisivo; esta vez desplegaron un duelo impetuoso que se fue decolorando cuando los miedos invitaron a conformarse. Ninguno se atrevió a asestar el gancho definitivo, aunque River abandonó tierra enemiga con la recompensa emocional de nuevamente marcharse de pie. Se mueve cómodo River en las situaciones extremas. Boca no lo intimida.

La aldea global estuvo hipnotizada durante 90 minutos. Como el superclásico percute sobre las emociones con un poder único, River se siente iluminado. Su condición de equipo de autor es fácilmente reconocible. Por momentos el martilleo le puede ganar a la poesía, pero nunca abandona una frenética personalidad colectiva. Puede ser algo más metalúrgico, pero nunca descuida ese fanatismo por una idea que le inyectó Marcelo Gallardo. El técnico puede estar a 100 kilómetros que el equipo responde igual. Jamás traspapela el estilo ni pierde el colmillo. Y eso cotiza como una victoria, detrás del resultado enmascarado en empate. La celebración de Gallardo asomándose a un balcón del Monumental para fundirse con los hinchas y la arenga de Tevez para obligar a sus compañeros a levantar el mentón confirman que no se trató de un empate.

Boca no acumuló más razones que la pólvora de sus centrodelanteros para explicar la ventaja parcial con la que se marchó al entretiempo. Después, se equivocó en todo y se sometió a un rival con otro tejido colectivo. Con juego, plan y personalidad, todo lo que añoraron los xeneizes en esa etapa de desgano y desorientación. Porque solo Agustín Rossi, sí, el sospechado de siempre, sostuvo a Boca. Dos atajadas ante 'Pity' Martínez, y un vuelo providencial frente a un cabezazo de Borré, elevaron al arquero a la dimensión de héroe. Sin olvidar otro cabezazo, desviado de Martínez Quarta, que completaron las claras ocasiones de gol de los millonarios. El River de los cinco defensores igual fue incisivo, porque desde ellos y por los laterales comenzaron a escalonarse opciones de pase a distintas alturas para avanzar sobre Boca.

Pero la lógica del fútbol, cenicienta infiel, se clavó socarrona en el corazón millonario cuando menos se lo imaginaba. River jugaba con comodidad, el circuito fluía por las bandas, Enzo Pérez era una prolija estación de tránsito y Martínez, el dínamo agresivo. Ni necesitaba del guerrero Ponzio para dominar el eje central. En la primera situación elaborada por Boca, 'Wanchope' Ábila quedó frente a la historia y fusiló a Armani. De derecha, tapó el arquero; de nuevo, de zurda, disparó aún con más violencia para quebrar la resistencia de arquero, abajo, sobre su palo. Boca y la ventaja inmerecida. Tan injusta que enseguida el destino lo corrigió. Se reanudó el juego y los locales extendieron sus distracciones, al servicio de un pase filtrado de Martínez para la definición cruzada del inteligente Pratto. River había sido siempre el dueño del clásico.

Agustín Rossi transmitió seguridad y fue clave en el primer tiempo, con atajadas decisivas
Agustín Rossi transmitió seguridad y fue clave en el primer tiempo, con atajadas decisivas Crédito: Mauro Alfieri

Pero Boca vive por el gol. Vive de sus centrodelanteros. 'Wanchope' Ábila y Benedetto lo llevaron a la final y lo sostuvieron, también. La salida de Pavón, lesionado e improductivo porque extravió la memoria hace meses, representó para Boca una buena noticia: entró Benedetto, sagaz y efectivo. Un jugador capaz de solucionar hasta lo inimaginable en un equipo con ruidos estructurales. Se iba la etapa cuando se equivocó River al marcar con licencias un centro demasiado frontal de Villa, que Benedetto le ganó a Borré para peinar al gol. Boca y todos los guiños en su favor. Tres pilares y la suerte como aliada. Las atajadas de Rossi y sus depredadores del área.

Antojadizo y desconcertante, el partido del siglo se propuso estar a la altura de tantos anuncios rimbombantes. Después del entretiempo, la electricidad mantuvo el voltaje. Y cuando Boca parecía encontrar algo de orden donde reposar, ahora fue River el que se tropezó con el gol cuando menos lo forzaba. Izquierdoz rozó hacia atrás un centro sin veneno para sorprender el retroceso de Rossi.

Entonces, por primera vez en una tarde electrizante, llegó la pausa. La media hora final se desinfló, dejó de olear a pólvora. River, directamente, ya no pateó nunca más sobre el arco de Rossi. Apostó por la conveniencia del sopor con su pragmático oficio para desactivar el clásico. Boca siguió cargando con su anarquía colectiva, con su juego indescifrable. Sin rebelde vergüenza para romper el confort que siente River cuando juega con el archirrival. Los xeneizes, otra vez, no supieron espantar esos fantasmas teñidos de rojiblanco.

El alma xeneize demandaba un clásico reivindicatorio. Desahuciada por la seguidilla de puñales en el año, desde aquel marzo cruel con la caída en la Supercopa argentina y un septiembre negro por otra derrota, y en la Bombonera. Sin perder de vista las eliminaciones cara a cara en las Copa Sudamericana 2014 y en la Libertadores 2015. Si las dos últimas derrotas no se volvían un complejo, podían haber sido una enseñanza. Pero decepcionó. Ni Pérez, ni Nandez, ni Villa, ni casi nadie. Apenas Rossi, y la metralla de sus centroatacantes, por cierto, una sociedad de casualidad. Porque Barros Schelotto, que sigue sin ganarle a River en la Bombonera como entrenador, volvió a perder el duelo táctico: él en vivo y Gallardo con un joystick. Sostuvo todo el partido al errático Pérez -no confió ni un rato en Gago-, demoró el ingreso de Tevez como enganche y ni se guardó la opción de contar con el colombiano Cardona entre los suplentes.

Pese a todo, quedaba una bala en la recámara cuando nadie lo sospechaba: la construyó Tevez y le cedió a Benedetto el gol de su vida. Solo Armani y sus superpoderes impidieron que el clásico del siglo se inclinara después del episodio I. El país contuvo la respiración por 90 minutos y al final no hubo explosión, pero una mueca confiada se anidó en Núñez. Es cierto que la saga continuará en dos semanas, pero todos estaban advertidos que ninguno saldría indemne de este superclásico. Y a Boca le llevará algunos días olvidarse de ese sabor amargo que últimamente le queda después de intentar sostenerle la mirada a River.

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