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Luz mala: la contaminación lumínica que amenaza nuestras noches

Diego Golombek
Diego Golombek LA NACION
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18 de noviembre de 2018  

Crédito: Enríquez

A lo largo de sus generaciones/ los hombres erigieron la noche. En el principio era ceguera y sueño, nos enseña don Jorge Luis en su "Historia de la noche". Y, como siempre, tiene razón: inventamos la noche, como buenos primates bajados de los árboles y buscando el refugio de la cueva salvadora. Así anduvimos por milenios, caminantes diurnos en busca de la caza y del sol, bien guardados en la oscuridad amenazante.

Pero ya no: las noches no son lo que eran. Destronadas por un tal Edison y entronadas como reinas, ya no del sueño, sino de la diversión, del trabajo, del prime time roba-almohadas. La luz se instaló en nuestras necesarias tinieblas, para bien y para mal: a eso se refiere la llamada contaminación lumínica, un asalto no solo a nuestro descanso, sino a la ecología del planeta. En la naturaleza todo tiene que ver con todo: se trata de redes de comedores y comidos, de dormidores e insomnes, y la noche es una de las señales principales para enredarnos correctamente.

Salgamos por un momento de nosotros. La Tierra gira y con esas vueltas aloja a millones de especies que disfrutan de la luz o de la oscuridad –y raramente de ambas–. ¿Qué puede pasar por la cabeza de un insecto que de pronto se encuentra con brillos enceguecedores cuando solo debería haber noche? Y las plantas, preparadas para el sol durante el día y el descanso nocturno, ¿qué harán frente a estímulos fuera de hora? ¿O las aves que deben migrar guiadas por las estrellas? Hasta se ha visto tortugas marinas que, en lugar de guiarse hacia la luna, se dirigen a lo más brillante de la noche: el faro.

Ni hablar de la pérdida de energía, así como el aumento del efecto invernadero, que representa el exceso de luz nocturna. ¡La Asociación Internacional del Cielo Nocturno ha calculado que un 30% de esta luz es un derroche! Y al menos un tercio de la humanidad no puede disfrutar de la Vía Láctea. No es un fenómeno parejo, como se ve en los muchos atlas de iluminación artificial que pintan países y continentes de acuerdo con su luz de noche. Hong Kong, por ejemplo, es la ciudad más contaminada por la iluminación, hay barrios que son 1200 veces más brillantes que una noche normal. Como suele ocurrir, la demanda se induce: más luz, más usos nocturnos, más tráfico, y a empezar otra vez.

Los humanos no escapamos a esta guerra por la oscuridad. A medida que anochece, nuestro cuerpo se prepara: bajan la temperatura y el metabolismo y, como una canción de cuna, de a poco se viene el sueño. La luz de nuestros barrios, ciudades y rutas es un engaño biológico que sobrepasa a las señales de que se nos viene la noche. Una de esas pistas es la hormona melatonina, la oscuridad que hacia la medianoche recorre nuestras venas, y es exquisitamente sensible a la luz. Milisegundos de luz brillante pueden hacer que los niveles de esta hormona disminuyan de golpe. La Asociación Médica Norteamericana recomienda disminuir la intensidad (y el color, que debería tener menos componente azul) de las luces para evitar efectos sobre la salud, que incluyen no solo al sueño, sino también al estado de ánimo (ya el poeta William Blake se preguntaba qué es el día y la noche para aquel que está sumido en la congoja), la obesidad y hasta la incidencia de ciertos tipos de cáncer.

Necesitamos que Nix, la diosa de la noche, vuelva a envolvernos con su oscuridad. Porque de lo contrario, ya sabemos lo que pasa: lo profetizó el mismísimo Martín Fierro: Y dicen que desde entonces, /cuando es la noche serena /suele verse una luz mala / como de alma que anda en pena.

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