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El carrusel de emociones de Marcelo Gallardo: cómo vive el día a día rumbo a la final de la Copa Libertadores

El DT de River pasó por todos los estados: rabia, angustia, dolor, desahogo y, ahora, se refleja en la confianza; duerme cinco horas, piensa a toda hora en la final y se refugia en su intimidad
El DT de River pasó por todos los estados: rabia, angustia, dolor, desahogo y, ahora, se refleja en la confianza; duerme cinco horas, piensa a toda hora en la final y se refugia en su intimidad Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk
Ariel Ruya
Juan Patricio Balbi Vignolo
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15 de noviembre de 2018  • 23:59

Sábado 27 de octubre, estadio Monumental, un híbrido 1 a 0 sobre Aldosivi de entrecasa. Los hinchas creen, como en todo el ciclo, pero el golpazo de Gremio de días atrás -un doloroso 1 a 0 en Núñez-, mantiene la herida. Está parado, se sienta, se quita el saco, se enoja, celebra, se arremanga la camisa. Ahí está el conductor. "¡Muñe., Muñeco!", se exclama. Saluda, aplaude, levanta el brazo y agita el puño Marcelo Gallardo , el creador de las causas imposibles. "Que la gente de River crea, porque tiene con qué creer", es el mensaje, que atraviesa el tiempo.

Días más tarde, River alcanza la finalísima con una histórica clasificación en Porto Alegre.

El DT transgredió una norma: estuvo donde no debía. Con un par de frases sueltas, le hirvió la sangre a la Conmebol. Fue suspendido: ni la esquina de la Bombonera pudo visitar. Y no podrá estar en el banco de suplentes del Monumental. El Muñeco vivió en los últimos días un carrusel de emociones. Rabia, angustia, impotencia. Dolor, convencimiento, alegría, desahogo. "Fue horrible, una sensación muy fea que no se la deseo a ningún entrenador del mundo". Y hoy está listo para el zarpazo final. Está en el laberinto de su propia obsesión: juega el partido todos los días. Piensa mucho, duerme poco. Sabe que va a ser el DT hasta. el día del partido. El sábado 24, a las 17, el conductor será Matías Biscay, su principal colaborador. Su mejor amigo.

En los primeros días, volaba de la rabia. Consideraba -el mismo pensamiento que compartía con los dirigentes-, que la sanción era exagerada, que no había ocurrido algo así en tiempos recientes. La bronca se convirtió en impotencia, por no haber podido estar en el vestuario junto con sus jugadores. Con el transcurrir de los días, asimiló la situación. Comprendió que solo le quedaba un frente abierto: el día a día con los jugadores, el día a día de los dibujos sobre el pizarrón y el juego de las estrategias.

Se guardó. Se cobijó en sus íntimos, en sus colaboradores, en la familia. Bajó las revoluciones, se enfocó en soledad en la primera finalísima. El predio de Cardales fue significativo en esa aventura: la conexión entre el conductor y el plantel suele ser más intensa. El desahogo, después del eléctrico 2-2 en la Bombonera, fue un salto a la confianza. "Acá estoy", esa es la imagen que pretendió instalar. Un mensaje de unión, de convencimiento. Lejos del divismo de líderes políticos de otros tiempos.

"Por suerte he tomado estos días con la mayor naturalidad posible, tratando de enfocarme en el partido, no hacer foco en otros lados. Creo que tal vez viví algunos días con cierta incertidumbre por el fallo de la Conmebol. También viví algunos días de angustia por no tener la posibilidad de acompañar a mi equipo desde el lugar que lo hago siempre. Pero después de eso me enfoqué en lo que tenía que hacer: trabajar con la intensidad y la pasión con la que trato de hacerlo siempre", resumió, en su regreso mediático.

Y apuntó a la intimidad, a esas pequeñas cosas de todas las horas. "Los días previos al partido dormí muy bien, ocho horas, algo que no hago en todo el año. Ahora pasé a las cuatro o cinco horas normales. Son situaciones que cada uno las vive de manera muy personal", cuenta.

De la congoja de los días en los que esperaba el martillazo de la Conmebol a la seguridad que exhibe en las últimas horas, el DT convive en un concierto de emociones fuertes. De buen humor, a veces; con toques de soberbia en otros; en silencio por largas horas en la mayoría de los casos, el Muñeco reserva siempre una -o dos- cartas para la finalísima. Nadie, pero nadie -ni siquiera Biscay, en muchos casos-, sabe bien qué táctica va a instrumentar. Por eso, tal vez, Nacho Scocco está casi recuperado, pero no es el reemplazante natural de Rafael Santos Borré. "Si hay algo que no he sido es cómplice de los medios, porque no tengo relación con ninguno de ustedes de amistad, me une solo el respeto profesional. Después... podemos comer un asado, pero no te voy a dar el equipo del sábado", se ríe, por única vez. Suele descargar sus energías sobre las brasas: el asado siempre fue su mejor terapia. Más allá de que años atrás consultó a un especialista y siempre hay, sobre Núñez, la voz de un psicoanalista. "Hice terapia porque era cabrón", contó alguna vez.

No suele caer en gestos emocionales -su trabajo se basa en la planificación, en el recorrido sobre el césped-, pero en los últimos días se inclina sobre el corazón. "Siento que hay una gran comunión entre el equipo y los hinchas; se sienten representados e identificados, eso hace una unión extraordinaria", sostiene. Y se refugia en el secreto de su éxito. El único que lo mantiene con la guardia siempre alta.

"El trabajo. Me da confianza saber que llegamos hasta acá por algo; que los jugadores respondan. Lo que nos ha sostenido es el trabajo, la humildad y el mismo perfil desde 2014".

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