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Gombrowicz, o el infierno en el alma

Verónica Chiaravalli
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19 de noviembre de 2018  

Uno de los tantos bellos poemas de Kavafis advierte al peregrino perpetuo que en vano buscará una nueva ciudad donde volver a empezar, primer trazo sobre la tersa hoja en blanco: "Como arruinaste aquí tu vida, en este pequeño rincón, así en toda la tierra la echaste a perder", sentencia el poeta, que conoce la naturaleza del verdadero infierno, el dolor y la melancolía que se adhieren al corazón como una membrana gris y van con nosotros adonde el cuerpo vaya.

Imposible no recordar los versos de Kavafis cuando se lee Incomodar con estilo, el libro en el que Nicolás Hochman rastrea y analiza con sagacidad los pasos de Witold Gombrowicz en la Argentina. Hay un misterio en torno al largo exilio del escritor polaco en estas tierras. O varios (para empezar, ¿fue un exilio?, ¿o fue otra cosa?). Una bruma de contradicciones, baches, datos imprecisos o falsos que se podrían condensar, simplificando brutalmente, en la noción de mentira. Pero las mentiras con las que Gombrowicz vela y desvela a la vez su historia parecen mucho más el fruto de la necesidad de protegerse, de ocultar las propias heridas, que de engañar a otros. En el caso del escritor, la mentira no solo envuelve la fantasía, la voluntad de mostrar cierta imagen deseada, también recubre lo indecible y es causa de sufrimiento: "...estoy impregnado de mentira hasta la médula. [...] este frío menosprecio que llevo en mí es tan fuerte que no lo puedo ocultar en este diario, donde no me gustaría mentir demasiado", cita Hochman a Gombrowicz.

En 1939, venir a Buenos Aires salvó al autor de Ferdydurke de la guerra y, probablemente, de la muerte en Europa. ¿Sabía que se quedaría aquí veinticuatro años? No hay manera de estar seguros. Él ha dicho que no, que vino solo por un par de semanas y el conflicto bélico lo sorprendió y lo dejó varado en estas costas. Eso explicaría la precariedad de las condiciones en las que llegó: poca ropa y, sobre todo, poco dinero. Pero Hochman arriesga una interpretación de cariz emocional: el escritor no ignoraba -o al menos intuía- que se quedaría en la Argentina un tiempo prolongado, y él, que en su patria comenzaba a disfrutar de cierto renombre literario, sumado a su acomodada situación social y económica, viajó al otro lado del mundo, donde era un perfecto desconocido casi sin lazos sociales, "dispuesto a romper con todo y a pasarla mal. Si el precio que tiene que pagar es el desconocimiento literario, el exilio, el cambio de lengua, dormir en pensiones espantosas, no siempre tener para comer y alejarse de las personas que quiere, entonces lo paga. Pero no está del todo dispuesto a admitir que fue su decisión y prefiere culpar al destino por su situación", explica Hochman.

¿Qué pecado sentía que debía expiar mortificándose de esa manera, rompiendo, además, antes siquiera de que terminara de fraguarse, toda red que hubiera podido vincularlo con sus pares latinoamericanos, a fuerza de arrogancia y actitudes irritantes? ¿Una mancha de origen por haber nacido en cuna de oro, fatalidad que él despreciaba? ("Sucedió en esa época, más o menos a la edad de diez años, el descubrimiento de algo abominable: comprendí que nosotros, los 'señores', teníamos entonces una apariencia absolutamente grotesca y absurda, tonta, dolorosamente cómica e, incluso, detestable... ¡Así era! Me importaba muy poco nuestra condición de explotadores del pueblo y cuál era la moralidad; en cambio, me horrorizaba nuestro aspecto de idiotas al lado de la gente sencilla").

¿O acaso una sexualidad censurable para la época, de la que solo podía gozar en la clandestinidad nocturna de un lejano país de América del Sur? En torno a estas preguntas, la razón solo puede tejer hipótesis, parece decirnos el ensayo de Hochman. Acaso solo la poesía -mucho más que el psicoanálisis- alcance a tocar ese núcleo opaco que es el poso de toda alma. Kavafis lo sabía.

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