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Las obsesiones de Macri dentro y fuera de los salones de la cumbre

Martín Rodríguez Yebra
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25 de noviembre de 2018  

Algunos en el Gobierno lo llaman el "efecto Cenicienta". La inminente Cumbre del G-20 expondrá a Mauricio Macri en la vidriera del poder mundial. Y aunque el hechizo se romperá a la hora exacta en que el último de los aviones presidenciales despegue de Aeroparque, a la larga su destino puede quedar marcado por lo que ocurra en esos días.

Macri está como un actor antes del estreno soñado. Por su despacho circulan borradores de una docena de discursos, brindis y agradecimientos que pronunciará entre el jueves y el domingo que viene. Estudia datos económicos y comerciales, repasa informes sobre la relación bilateral con los más de 25 países que asistirán a la cumbre.

Tendrá la ocasión de reunirse a solas con casi todos los líderes, entre ellos los de todas las naciones del G-7 , más Rusia y China, responsables del 75% del PBI mundial. Serán citas en general breves, en un contexto frenético de estrés diplomático. " Hay que ser eficiente: plantear dos o tres temas concretos que necesitemos de un determinado presidente", explica un integrante del equipo que prepara la cumbre.

No es el contexto que soñó Macri cuando consiguió que Buenos Aires sea elegida sede del encuentro anual de los presidentes y jefes de gobierno de las economías que mueven el mundo. Es un anfitrión en crisis, aferrado al auxilio del Fondo Monetario Internacional (FMI), empantanado en la recesión y en vísperas de una carrera electoral incierta. Espera a los grandes líderes ya no para mostrarles un caso de éxito, sino para garantizarse que podrá contar con ellos si vuelve a necesitarlos en el futuro.

Ninguna visita es tan esperada como la de Donald Trump . Siempre impredecible, el presidente de Estados Unidos tuvo con los nervios de punta al Gobierno al demorar la confirmación oficial de que viajará a Buenos Aires. En la Cancillería respiraron aliviados recién cuando Trump aludió en Twitter a su viaje la Argentina (en el mensaje que escribió por el hallazgo del ARA San Juan).

Llegará al país el jueves a última hora y se irá antes de la noche siguiente. Le dará tiempo a Macri para desayunar con él en Olivos y afianzar un vínculo de una confianza llamativa, que incluye periódicos contactos por chat. En el Gobierno admiten que la intervención de Trump resultó vital para que el FMI ampliara el programa de asistencia financiera a la Argentina en octubre, cuando gran parte del directorio se oponía.

"El último acuerdo, al que llegamos después de incumplir lo firmado pocos meses antes, fue excepcional. Si volvemos a tener inconvenientes solo nos queda apelar al teléfono rojo de los grandes líderes", se sincera un dirigente de peso en Cambiemos, a la hora de explicar la relevancia de jugar bien las fichas durante la cumbre.

Macri le dedicará especial atención a Emmanuel Macron , a quien recibirá el jueves en la Casa Rosada y después invitará a un almuerzo privado del que participarán sus respectivas esposas. Tienen una excelente relación personal y sintonizan ideológicamente: a ambos les gusta describirse como "lo nuevo" en la política. Pero Francia fue uno de los países que puso reparos a ampliar los fondos a la Argentina. Es también el que frenó el ansiado acuerdo comercial entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur, una virtual utopía que ahora choca con el impulso proteccionista de Jair Bolsonaro.

Otra jefa de gobierno con la que toca afianzar el vínculo es la alemana Angela Merkel , ahora en el ocaso de su poder, pero aún con peso decisivo en los organismos multilaterales y en Europa.

Para el ambiente diplomático resulta prioritaria la cita con Theresa May. Es una visita de gran relevancia, la segunda de un jefe de gobierno británico después de la Guerra de Malvinas. Está descartado que ella acepte hablar de nada que suene a soberanía, en un momento en que su gobierno pende de un hilo a raíz de las negociaciones para sacar al Reino Unido de la UE. De hecho, el posible acuerdo corre riesgo de fracasar por la oposición que ejerce España sobre la situación del enclave de Gibraltar. Macri espera al menos avanzar en materia de cooperación con las islas (no está claro si llegará a anunciar un nuevo vuelo con escala en Córdoba) y garantizarse que el apoyo financiero de Londres sigue intacto.

A la hora de fijarse metas, el Gobierno espera que el G-20 le permita a Macri mostrar un respaldo monolítico de las potencias al rumbo de apertura al mundo y austeridad fiscal que sintetizan su programa después del derrumbe del peso.

Si la organización resultara exitosa, podrá además aprovechar el protagonismo temporal de dueño de casa para destrabar cuestiones comerciales y dar relevancia a acuerdos estratégicos, como el que ampliará con China (cada vez más interesada en el desarrollo de infraestructuras y energía en América Latina).

Macri tiene que ejercitar un equilibrio delicado. Estados Unidos es el reaseguro financiero de su gestión; China, el inversor más entusiasta. Sin embargo, el duelo comercial que sostienen Trump y Xi Jinping aparece como el gran desafío diplomático de la cumbre. El Gobierno sueña con que Buenos Aires sea sede del inicio de un deshielo. Pero ruega que, al menos, la guerra no empeore al punto de que los daños colaterales dañen todavía más a la Argentina.

Fuentes de la Casa Rosada insisten en que el Presidente monitorea a diario el avance de las gestiones por el documento final que emitirán los presidentes el sábado. Como anfitrión, el éxito de su misión consiste en que haya una declaración unánime. Es toda una aventura cuando en la mesa se sienta Trump, que ya dinamitó la cumbre del año pasado, en Alemania, por su apego al proteccionismo y su escepticismo ante la lucha contra el cambio climático.

Macri podría permitirse fracasar en el papel de mediador entre gigantes. La obsesión acuciante a medida que se acerca la cumbre es que funcione el operativo de seguridad y Buenos Aires no se convierta en un campo de batalla, como ocurrió en Hamburgo el año pasado. El Presidente está más atento a las novedades de la ministra Patricia Bullrich que a las del canciller Jorge Faurie.

Informes de inteligencia que maneja el Ministerio de Seguridad indican que no llegarán al país activistas antiglobalización europeos (al menos no en los números significativos que alguna vez se sospechó). El gran temor es que las marchas organizadas por agrupaciones sociales, sindicales y de derechos humanos locales contra Trump, el G-20, el FMI y el gobierno macrista sean infiltradas por extremistas violentos decididos a "incendiar la ciudad".

Bullrich ya les transmitió a los organizadores que no aceptará encapuchados ni palos. Fue flexible en permitir los campamentos previstos en la Plaza del Congreso desde el miércoles. Y trata de acordar -todavía sin éxito asegurado- reglas de conducta y cierta previsibilidad en el recorrido de la marcha central, prevista para el viernes. No se les dejará llegar al Obelisco y los vallados protegidos por miles de policías harán impensable que haya manifestaciones en el camino de los presidentes.

El miedo real es que puedan ejecutarse ataques en bancos, instituciones públicas y en cualquier blanco que pueda ser identificado como un "símbolo del capitalismo".

Al Gobierno no lo asusta tanto la batalla ideológica, sino que el clima latente de tensión social termine por encontrar una vía anárquica de expresión. Por eso, que el G-20 transcurra en paz es un mandamiento para Macri: la diferencia entre un razonable éxito diplomático y el inicio accidentado del tan temido diciembre de la crisis.

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