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El abismo del "otro modelo"

El cambio de política que reclama parte de la oposición no puede pasar por un retorno al populismo y la demagogia
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25 de noviembre de 2018  

Paros, piedras y piquetes. Misas, homilías y sermones. Discursos, arengas y peroratas. La contracumbre, los sindicatos, algunos radicales, algunos obispos, numerosos curas, distintos gobernadores, muchos empresarios, los movimientos sociales y los encapuchados piden, a viva voz o en sottovoce, un cambio de política económica. Que no haya ajuste, sino reactivación; crecimiento en lugar de achicamiento. Al unísono, reclaman el "otro modelo".

Por más que la izquierda sueñe con eliminar la propiedad privada de los medios de producción, la realidad es que en la Argentina hay solo otro modelo alternativo: el populista, aplicado desde 1943 hasta ahora (salvo breves excepciones), como si la Segunda Guerra Mundial aún continuase y la cobarde neutralidad nos atiborrase de lingotes de oro.

Ese "otro modelo", experimentado durante 75 años, nos condujo a donde estamos. Se fundamenta en dos pilares: la renta agropecuaria y el Banco Central. Las retenciones y la emisión. El populismo es pícaro y conoce sus limitaciones: sabe que jamás podrá atraer capitales en forma voluntaria, sin prebendas o negocios garantizados. Es un capitalismo sin capital. Por eso es pura cháchara, pura alquimia, para transmutar discursos y decretos en riqueza, como lo pretendía Hermes Trismegisto.

El "otro modelo" predica la justicia social, sustituyendo al mercado por la concertación entre capital y trabajo, mediada por la gestión del Estado. Los precios deben ser justos y los salarios deben ser dignos. ¿La solución? Que los precios absorban los costos laborales y el peso del Estado, creando una alianza espuria entre empresarios, sindicalistas y políticos. En ese contubernio concertado, en una economía cerrada, los primeros tolerarán con benevolencia las distorsiones laborales, silenciarán los abusos sindicales e ignorarán las cajas negras de las obras sociales. Como contrapartida, podrán controlar las reparticiones que los afectan, retribuyendo la complicidad con bolsas o paquetes, en oficinas o baños.

¿Exportaciones industriales? Imposibles con el "otro modelo" pues entre la carga fiscal y el "costo argentino", los precios quedan siempre descolocados. Salvo que existan subsidios o negocios digitados, como la "embajada paralela" en Venezuela (Claudio Uberti, 2002); las misiones a Angola (Guillermo Moreno, 2012) o aún, como las exportaciones de autos a Cuba (Gelbard, 1974) que nuestra entidad rectora abonó a los fabricantes, guardándose ese "clavo" en su contabilidad, pues Cuba jamás pagó a la Argentina.

En el "otro modelo", el Banco Central reemplaza la ausencia de ahorro con líneas de redescuento, basadas en la emisión, para que el crédito barato obligue a la genuflexión empresaria. A falta de inversiones, se promoverán sectores o regiones mediante ventajas fiscales o la magia del ex-Banade en lugar de colocaciones de acciones o bonos entre inversores voluntarios. Es el campo propicio para la sobrefacturación de equipos importados con dineros públicos y la acumulación de fondos negros en el exterior.

El "otro modelo" hace añicos la moneda entronizando la especulación y la supremacía del dólar, aunque diga condenar la "patria financiera". El protocolo de la alquimia prescribe entonces el control de cambios, rutina cien veces fallida para que las divisas se apliquen a la producción y no a consumos prescindibles. Y de inmediato, caen las cifras de las exportaciones y aumentan las importaciones, reflejando triangulaciones para la fuga de capitales, hija dilecta del populismo nacional.

Sin inversión privada, no habrá empleos de calidad en industrias modernas, conforme lo requiere un mundo competitivo. Para el populismo la eficiencia y la competitividad son mitos neoliberales para desandar conquistas sociales. El antídoto es vivir con lo nuestro, sumando costos a los precios y restando precios a los que bajan costos. Y cuando las empresas despidan y roboticen sus procesos, el empleo público y los planes sociales sabrán disimular la desocupación para sumar votos y disfrazar estadísticas.

Quienes reclaman por reactivación y crecimiento como alternativa al "ajuste" no plantean ninguna alternativa seria. Solo repetir experimentos fracasados para "poner en marcha" el aparato productivo estimulando la demanda interna y exportando "costo agregado" con cargo al erario público.

Pero nada de eso ocurrirá si no hay confianza en la moneda. Los aumentos de salarios y los préstamos subsidiados no pondrán en marcha aparato alguno: solo atizarán la inflación y financiarán la compra de divisas. Ni controles ni prohibiciones podrán impedirlo.

Cambiemos se equivocó al subestimar la herencia recibida con un gradualismo imprudente, financiado con endeudamiento, para no dañar el tejido social. Ese error de cálculo ahora socava la posibilidad de reactivación, ante un horizonte de incertidumbre política reflejado en la tasa de riesgo país. El ajuste fiscal, constreñido por la oposición populista, ha preservado el dispendio provincial y recaído sobre la actividad privada, perjudicando a la producción y el comercio. Pero es ahora el único camino: la salida es recrear confianza entre todos, para beneficio del país y no de un partido político.

El Gobierno se equivocó por exceso y no por defecto. Proponer un cambio de política económica para aumentar los gastos e impulsar el consumo con emisión es echar nafta al fuego. Y si esa propuesta proviene de los mismos que causaron el desastre que se intenta corregir, sería acelerar la marcha de la nación hacia el abismo, como Thelma y Louise, pero con toda la población en el asiento trasero.

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