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Líderes que pueden mejorar nuestra vida diaria... o empeorarla

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION
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25 de noviembre de 2018  

La imagen, tan dolorosamente argentina, habría sido universal. Furia en las puertas de los bancos, violencia en las calles, indignación con el poder, cientos de miles de desempleados de un día para el otro, fábricas y comercios cerrados, millones de familias sin casa ni sustento ni futuro.

En 2008, esas escenas propias de la Argentina de 2001 estuvieron a pasos muy cortos de convertirse en una película global, con capítulos de Asia a América y Europa. En septiembre de ese año, la quiebra de Lehman Brothers fue el punto de inflexión que transformó lo que había comenzado en 2007 como una crisis de hipotecas en un verdadero crac económico mundial.

El colapso del sistema financiero era inminente. Detrás le seguiría la economía del mundo entero, su desplome podía ser mayor que el de 1929. El miedo al desempleo, a la depresión y no ya la recesión, a la iliquidez se propagaba; el sentido de urgencia era acuciante. Y el G-20 entró en acción, como nunca lo había hecho hasta entonces.

Los líderes de los mismos países que estarán representados el viernes y el sábado próximos en la Argentina se juntaron en noviembre de 2008 para acordar la defensa global contra la crisis. Tan fuerte era la emergencia, tan extendida la amenaza que, en los siguientes dos años, tuvieron otras cuatro cumbres similares.

Esos primeros encuentros tuvieron sus peleas, sus polémicas, sus desconfianzas, pero también ilusionaron al mundo con que sus líderes podían estar a la altura de un desafío muy caliente: ponerse de acuerdo y tomar decisiones capaces de mejorar de forma inmediata y directa la vida diaria de los habitantes de todo el planeta.

Un poco lo hicieron. En definitiva, en esas reuniones, lograron que el drama urgente no se convirtiera en cataclismo. La receta para evitar que la vida cotidiana en Buenos Aires, Londres, Atenas, Pekín o Sydney se transformara en un infierno de improbable supervivencia.

La receta incluyó masivos planes de estímulo para resucitar las moribundas economías nacionales y un salvataje al sistema financiero internacional de más de un billón de dólares, destinado a sanear y transparentar los bancos. Ni unos ni el otro estuvieron exentos de críticas; los cuestionamientos abundaron, fueran por derecha o por izquierda. Sin embargo, permitieron que la recesión no desembocara en una depresión. La economía global se paralizó y redujo, pero no en los niveles ominosos que los gurúes pronosticaban.

Esa recesión tocó a la Argentina en 2009. Fue el peor momento económico del país desde de la debacle de 2001, y el PBI se achicó en alrededor de un 3%. La razón de que los bolsillos argentinos se aligeraran no fue solo el crac global. Contribuyeron también el conflicto del Gobierno con el campo y un fenómeno que hoy rebela, precisamente, que los líderes del mundo pueden ser muy hábiles tanto para mejorar nuestra vida como para empeorarla. Ese fenómeno fue la sequía. En 2009 fue fuerte, lo suficiente como para comerse parte de la economía local. Pero no fue tan aguda como la de 2018 -la peor en 44 años- que ya costó casi un punto del PBI.

Sequías más intensas y más frecuentes, un régimen de lluvias casi por completo dado vuelta, inundaciones inusualmente persistentes dañan el día a día de los productores rurales argentinos y extienden su perjuicio al consumo en las ciudades. Todos son fenómenos cada vez más temidos por los argentinos y por los habitantes de un mundo más y más dominado por el calentamiento global.

Con una capacidad de daño al mundo de hoy y, sobre todo, del futuro mucho mayor y profundo que cualquier recesión, el cambio climático es el tema que domina las cumbres del G-20 de los últimos años. En 2016, lo hizo para bien.

Ese año, en Hangzhou, China, Barack Obama y Xi Jinping -presidentes de los países que, juntos, emiten el 40% de los gases contaminantes del mundo- se comprometieron a ratificar el Acuerdo de París para limitar el alza de la temperatura global. El consenso duró poco. Se rompió un año después en Hamburgo, donde los líderes no lograron convencer a Donald Trump de seguir el ejemplo de Obama; esas divisiones persisten.

La alemana fue la cumbre que dejó en evidencia que el G-20 puede convertirse de un día para el otro en el G-0, un grupo tan capaz de estar atento a los dramas más urgentes y diarios de la gente como de ser sordo a ellos.

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