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Un Independiente inexplicable cayó en Lanús y se alejó de la cima

Argentina Superliga
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Lanús

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Independiente

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Rodolfo Chisleanschi
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26 de noviembre de 2018  • 22:26

En estos tiempos de Big Data, en los que se elaboran listas y tablas de todos los temas y colores, a nadie se la ha ocurrido todavía armar una que ordene a los equipos de acuerdo a la dificultad para explicarlos. Si así fuera, no hay dudas que Independiente pelearía los primeros puestos. Porque no hay muchos conjuntos tan impredecibles como el Rojo, tan mutantes de una fecha a la otra, tan capaces de desplegar una amplia gama de virtudes como de desenchufarse durante partidos enteros.

El conjunto que dirige Ariel Holan llegó a La Fortaleza, un escenario que en los últimos años se le ha vuelto muy esquivo, con la chance de recortar la desventaja respecto al puntero Racing y jugó como si no lo supiera o, peor, como si no le interesara.

Frío, apático, distraído e impreciso, Independiente fue la contracara de lo que se le supone. Se desgañitó Nico Domingo en la mitad de la cancha mientras estuvo en el campo, intentando ordenar y despabilar a sus compañeros pero fue inútil. Nada sacudió al Rojo, empeñado en coleccionar despropósitos de principio a fin.

Desconectados Hernández y Gaibor, ausente Silvio Romero, a un mal pase de Sánchez Miño le continuaba un pésimo control de Silva, un pelotazo sin destino en la búsqueda de Gigliotti, un error de Bustos en la marca o un despeje fallido de Figal. Y así se le hizo imposible encontrar ese funcionamiento que tanto se le elogia en los días con viento a favor.

Para colmo de sus males, se encontró con un Lanús que ya no es el mismo que arrancó el semestre a los tumbos. De a poco, sin que le sobre el más mínimo lujo y empezando de atrás hacia adelante, Luis Zubeldía fue reconstruyendo el edificio que se vino abajo en el verano pasado con la marcha de Jorge Almirón y los principales jugadores del conjunto que fue subcampeón de América.

En principio, el Granate se consolidó en defensa. Ya hace falta más que una leve brisa para encontrar grietas en el fondo y lastimar a Ibáñez. García Guerreño y Torsiglieri le otorgan contundencia a la línea final, el retroceso de Di Plácido por derecha suma un quinto hombre a la zaga permitiendo que Carrasco se cierre cuando hace falta, Belmonte corre a todos en el medio, y Quignon aporta sapiencia para cortar por ubicación y buen pie para la salida limpia.

Los problemas, claro, llegan a partir de ahí. Porque no le sobra talento al Lanús actual, mucho más lejos en la calidad que en el tiempo de aquel que rebosaba habilidad y finura con Miguel Almirón y Román Martínez. Entonces depende de algún flash de un Laucha Acosta mucho más intermitente que antes, o de las apariciones de Marcelino Moreno, que anoche por izquierda y aprovechando las dudas de Bustos en la marca fue el más inquietante de los de arriba.

Y además extraña al 9. Sebastián Ribas se cansó de hacer goles en un equipo tan poco ofensivo como Patronato, pero entró con el pie izquierdo a las tierras del Sur. Cada acción suya despierta murmullos en la platea, cada acción de acabado imperfecto agiganta el recuerdo de Pepe Sand.

Aun con todas esas falencias, el Granate se las ingenió para ser más incisivo que su desconocido rival. Hizo revolcar unas cuantas veces a Campaña, empujó, creyó en sí mismo y obligó al Rojo a arriesgar y equivocarse. Fue una cadena de errores impropios de un equipo con aspiraciones la que derivó en el gol de Lodico a los 79, y a nadie le llamó la atención en función de lo que se veía en la cancha.

Por entonces, Holan, al borde de la desesperación, había hecho los tres cambios de una tacada. Durante algunos minutos pareció que su equipo amagaba con una reacción pero fue apenas un espejismo.

Independiente volvió a resbalar en cancha de Lanús y quedó algo más lejos de la lucha grande. Eso sí, en la tabla de los equipos inexplicables es candidato firme para llevarse el título.

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