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Oportunidad, nacionalismo y temor: Cómo China se volvió una máquina de control social

Alumnos leen en voz alta para memorizar textos, práctica con que se inicia un nuevo días de clases
Alumnos leen en voz alta para memorizar textos, práctica con que se inicia un nuevo días de clases Crédito: Gilles Sabrie/NYT
El boom económico del gigante asiático no está favoreciendo, como se auguraba, nuevas demandas de democratización; la competencia escolar es la promesa de una mejor vida
Javier C. Hernández
Amy Qin
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26 de noviembre de 2018  

NUEVA YORK.- En las polvorientas colinas de una de las regiones más pobres de China, Gong Wanping se levanta todos los días a las 5.10 de la mañana para ir a buscar agua al pozo y prepararle el desayuno a su hijo. La mujer le lava los pies y el hijo no aparta ni un instante la mirada de sus libros de inglés y de química. Y si lo hace para espiar el celular de su madre, ella le da un coscorrón.

Para esta mujer de 51 años que nunca terminó la escuela, el futuro de su hijo Li Qiucai, de 17 años, es la única prioridad. Si a Qiucai le va bien en el examen de ingreso a la universidad, y si consigue una vacante en alguna universidad líder, entonces cumplirá su sueño de convertirse en ejecutivo de una empresa tecnológica, y eso cambiaría todo. "Él es nuestra salida de la pobreza", dice la madre.

Para lograr todo eso, Gong y millones de otras mujeres y hombres chinos tienen un acuerdo tácito con el gobernante Partido Comunista de China. El gobierno les promete una buena vida a todos los que se esfuercen, incluidos los hijos de los trabajadores rurales. A cambio, ellos se mantienen al margen de la política, miran al costado cuando ven manifestantes y aceptan los pósteres de propaganda gubernamental que tapizan las calles de la ciudad.

Gong está orgullosa del éxito económico de China y quiere la parte que le toca. Dice que la política no tiene importancia en su vida. "No me importan los políticos y a ellos no les importo yo", dice Gong.

Durante años, muchos analistas occidentales creyeron que el pueblo chino, tras haber sufrido décadas de penurias bajo el gobierno de Mao, toleraría un sistema de partido único a cambio del aumento de sus ingresos y de mayor libertad social, hasta el día en que esa nación próspera empezara a exigir también libertades políticas.

Pero ocurrió todo lo contrario. Los niveles de ingresos se dispararon, pero los líderes de China siguen consolidando su poder. El presidente Xi Jinping podría convertirse en gobernante vitalicio. El pueblo sigue planteándole exigencias al Partido Comunista, pero la presunción de que la prosperidad inevitablemente atizaría las demandas de democratización ahora está en duda.

Queda claro entonces que el acuerdo tácito entre Gong y el Estado es más complejo. Y se entiende, en parte, debido al hecho de que China sigue intentando responder la pregunta que se hizo hace un siglo, antes de la Revolución China de 1949: ¿qué había debilitado tanto a China, frenándola mientras Occidente avanzaba? ¿Y qué necesitaba para pasar a la delantera?

Por entonces, se le echó la culpa a la cultura tradicional, con énfasis en la jerarquía, que desalentaba la iniciativa individual y recompensaba el saber confuciano clásico en detrimento de conocimientos más prácticos, como la matemática y las ciencias. Los comunistas buscaron aplastar esa cultura a través de políticas de inspiración marxista, pero eso terminó en desastre.

A pesar de eso, tanto los líderes como el pueblo chino siguieron buscando respuestas, y el Partido elabora nuevas propuestas que reformulen la cultura tradicional sin rechazarla de plano.

El gobierno ha ofrecido educación como vía de movilidad social, ha liberado las fuerzas de la empresa privada eliminando los estigmas confucianos y marxistas contra la clase comerciante, y ha cultivado una potente marca de nacionalismo que conjuga orgullo y humillación dentro de una narrativa que restaura la grandeza china.

Pero para muchos ciudadanos esos incentivos son solo una parte de la ecuación. Al igual que lo son también los costos de dar la espalda a ese acuerdo tácito. A lo largo de los años, el Partido ha ampliado sus facultades represivas. Para algunas minorías étnicas, el giro del país implicó la devastación de familias enteras y el avasallamiento de prácticas culturales, religiosas y de estilos de vida. Y hay otros a quienes el miedo a la represión les alcanza para quedarse en el molde. Imposible saber cuántos chinos desaprueban el actual sistema. En privado, muchos chinos de clase media expresan su frustración, pero muy pocos se atreven a criticarlo públicamente.

El sueño de una vida mejor

Era 9 agosto y faltaban exactamente 302 días para su examen de ingreso a la universidad. Li Qiucai estaba frenético.

En las aulas de la Escuela Secundaria N° 1 de Huining, en la provincia noroccidental de Gansu, los profesores ya iban aumentando la presión. La escuela es una potencia a la hora de producir estudiantes rurales con las mejores calificaciones, y los docentes intimaron a Qiucai a preservar la reputación de la escuela y a "brillar como el sol". En los pasillos de la institución, había carteles que advertían a los alumnos que tendrían que tolerar un poco de dolor ahora para evitar "una vida de sufrimiento".

Desde que Qiucai empezó a asistir a la escuela, hace dos años, su vida ha sido una nebulosa de trasnoches de estudio, exámenes de prueba y de dominar el arte de comer fideos mientras se resuelven problemas de geometría. Qiucai arranca el día dando vueltas a la pista de atletismo mientras canta "¡El Cielo recompensa a los aplicados!".

Qiucai asiste a clases hasta casi las 10 de la noche, con una breve pausa los domingos, y vive cerca, en un departamento alquilado de 32 dólares mensuales junto a su madre, que cocina y limpia para que él pueda dedicarse full time a sus estudios.

Todos los cañones apuntan al próximo mes de junio, cuando Qiucai será uno de los 9 millones de estudiantes que rendirán un examen que constituye el núcleo de la meritocracia de alto riesgo del sistema chino: los mejores reciben un pasaje directo al sueño chino.

"Solo si me va bien en el examen podré tener una mejor vida", dice Qiucai mientras intenta resolver un problema de física, ya bien entrada la noche.

En China, tal vez nada esté más vinculado con la movilidad social que la educación, y en especial, el examen de ingreso a la universidad, conocido como gaokao. En la Escuela N° 1 de Huining, los graduados que lograron ser admitidos en las mejores universidades chinas regresan cada verano como una prueba viviente de ese sueño, comparten sus experiencias y les ruegan a los estudiantes como Qiucai que se esfuercen todavía más.

Sin embargo, si el gaokao es símbolo de oportunidades, también lo es de control social. Los expertos señalan que es una inteligente táctica de gobierno tomada en préstamo del keju, el sistema de evaluación confuciano usado para seleccionar los funcionarios de gobierno durante más de 1300 años. Ya en la China dinástica, el keju le confería al gobierno un aura de meritocracia, ya que estaba abierto a todos los ciudadanos varones. Pero solo el uno por ciento de los postulantes pasaban el examen.

En la China moderna, sumida en la corrupción, el gaokao es visto, sin embargo, como una prueba bastante justa e incorruptible, lo que implica que quienes no aprueban rara vez culpan al gobierno.

"Le permite al gobierno decir que quien no pasó solo puede culparse a sí mismo, porque no se esforzó lo suficiente -dice Yong Zhao, profesor de ciencias de la educación de la Universidad de Kansas-. Y esa es una poderosa arma de gobierno".

Para el Partido Comunista, el incremento exponencial de graduados secundarios también conlleva una mayor presión para conseguirles trabajo. Y se redoblaron las quejas de quienes aseguran que los alumnos de zonas rurales siguen en inferioridad de condiciones. Los cupos de ingreso en las universidades siguen favoreciendo enormemente a las elites urbanas, y la educación secundaria en las zonas rurales es de inferior calidad.

Así que hay otros que optan por otra forma de salir adelante: postularse para afiliarse al Partido Comunista.

"Esta es mi tierra"

James Ni no tiene necesidad de pertenecer al Partido Comunista. Es un emprendedor privado fabulosamente rico cuya empresa, Mlily, es la marca oficial de colchones y almohadas del club de fútbol inglés Manchester United. El objetivo de Ni es que Mlily se convierta en una marca global.

Ni creció en una pequeña ciudad de la provincia de Jiangsu, y llegó a la adultez durante la antes impensable transformación económica de China. Cuando nació, en 1975, la empresa privada ni siquiera era legal, y cuando el Estado abrió finalmente la puerta a la inversión privada, los obstáculos al emprendedurismo persistieron, y aún persisten.

"Por supuesto que hay un montón de cosas que son injustas -dice Ni-. Las empresas del Estado corren con ventaja. Pero en este entorno de desarrollo y expansión, cualquiera puede encontrar su camino".

Ni estima su fortuna actual en los 400 millones de dólares. Muchos ejecutivos chinos se acomodan con los gobiernos locales para obtener ventajas, pero Ni dice mantenerse a distancia de los funcionarios y prefiere apegarse a su filosofía de que "los negocios sean solo negocios".

Los líderes del partido siempre temieron que la empresa privada evolucionara como fuerza económica independiente, y algunos occidentales predicen que el capitalismo podría ser el caballo de Troya para la democratización de China. Sin embargo, y aunque se resiste a afiliarse al partido, Ni es un patriota feroz, ama a China con todo su corazón, y está convencido de que los líderes del partido, en última instancia, solo quieren lo que es mejor para su país.

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