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La muerte del superclásico

Pablo Vignone
Pablo Vignone LA NACION
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25 de noviembre de 2018  • 23:59

Que en paz descanse. Lo quisimos, lo disfrutamos, lo extrañaremos. Vivió más de un siglo, apasionó a multitudes, trascendió la geografía pero, para dolor del fútbol mundial, ha pasado a la inmortalidad.

Que el superclásico descanse en paz. Nunca lo olvidaremos.

Con la perspectiva que da el tiempo, los historiadores determinarán oportunamente en qué momento empezó a pudrirse todo. Cuál fue el punto de inflexión. De aquella fábula extraordinaria de Susana Degrossi, la hija del presidente de River que acabó casándose con el arquero de Boca, de aquellos sinceros aplausos de los plateístas de Núñez al conjunto de la Ribera campeón en el Monumental, la rivalidad se trastornó irremediablemente, hasta desembocar en esta imposibilidad fáctica: River y Boca ya no pueden enfrentarse en un campo de juego.

Se pudrió todo. La locura que provoca el miedo a perder y los miles de intereses encontrados que genera lo han vuelto impracticable.

Los que todavía dudan, los que quieren mantenerlo con vida, piensan en aislarlo. Como si fuera un virus contagioso. Por ejemplo, sacarlo adelante en una capital neutral de Latinoamérica, sin público. Los dirigentes de la Conmebol podrían calzarse el barbijo y los guantes y proponer asepsia total. Una solución de compromiso, precisamente porque apuran los compromisos: aguarda el Mundial de Clubes. Sin esa obligación contractual, ya se habrían resignado a lo que es obvio: no se puede programar un superclásico sin salir lastimado en el intento.

El gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, propone hospedarlo, como si contara con el antídoto. Los hinchas de River que ya concurrieron dos veces al Monumental para recibir palos y frustraciones le indican en las redes qué destino darle a su propuesta.

No es posible continuar ignorando la realidad: el superclásico se le escapó de las manos a la Argentina. El país no puede controlarlo: no logra hacerlo jugar. Las pasiones extremas han desbordado cualquier marco racional. Las consecuencias de eso parecen, a esta altura, incalculables.

Tres años atrás, cuando no pudo concretarse el segundo tiempo de aquel choque de cuartos de final de la Libertadores 2015, se arriesgó que la situación había tocado fondo. Basta repasar las crónicas del caso. Pero como en la Argentina siempre se puede estar peor, hemos llegado, casi sin darnos cuenta, a cometer este crimen.

"Es lamentable todo lo que ocurrió. Es un papelón mundial. Quiero identificar a esos diez inadaptados". La cita parece salida de los labios de Rodolfo D'Onofrio, el titular de River, en algún instante del sábado, cuando el affaire de la curva de Lidoro J. Quinteros acabó por ultimar al superclásico; en realidad, las palabras le pertenecen a Daniel Angelici, que las pronunció en la noche del 14 de mayo de 2015, la noche del gas pimienta. D'Onofrio repitió ayer la misma frase...

Que anoten los antropólogos del futuro: esa noche el superclásico entró en terapia intensiva. La interesante versión disputada dos semanas atrás en la Bombonera fue aquella mejoría previa a la muerte que la ciencia médica considera habitual.

El inefable José María Muñoz citó una vez al Superclásico como "Boca-River, River-Boca o como quieran llamarlo", como si, además de las dos primeras versiones, hubiera alguna otra posible. Una lección que retorna, sin farsa. No hay otra posibilidad. No hay manera de resucitar al Superclásico cuando la rivalidad se volvió enfrentamiento

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