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La meta es lograr avances y aliviar tensiones

Susana Malcorra
Susana Malcorra PARA LA NACION
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26 de noviembre de 2018  

Muchos argentinos se preguntan en estos días cuál es el valor que tiene ser anfitriones del G-20. No siempre es fácil conectar las acciones locales con el impacto global.

El G-20 es un foro de consulta y cooperación entre los países industrializados y algunas de las economías emergentes para discutir temas de interés estratégico, así como, en algunas ocasiones, dirimir situaciones críticas con extrema urgencia. Este fue el caso de la crisis de 2008, que tuvo en el G-20 una plataforma de coordinación de las acciones de respuestas que se promovieron conjuntamente.

Los países integrantes equivalen al 85% del producto bruto de la economía global, aunque no tienen la diversidad ni la representatividad de los 193 miembros de las Naciones Unidas. Este es, a menudo, el eje de la crítica de lo que muchos consideran ser "un club de acceso restringido", en el que se toman decisiones sin suficiente inclusión.

Con estos antecedentes, la Argentina preside el G-20 en un momento particular, en el que abundan cuestionamientos al multilateralismo y a todos los sistemas creados después de la Segunda Guerra Mundial y en el que algunos países se alejan de importantes instituciones multilaterales. La Cumbre de Buenos Aires brindará la ocasión de discutir temas esenciales que hacen a nuestro futuro como humanidad. El hecho de que la cumbre se realice en estas circunstancias representa un enorme desafío para la Argentina como país anfitrión, pero también conlleva la posibilidad de intentar avances sobre políticas preocupantes, como por ejemplo el comercio internacional, o, como mínimo, intentar aliviar tensiones.

La elección de los temas de la agenda fue producto de una intensa discusión dentro del Gobierno entre las distintas áreas que participarían del proceso que conlleva el G-20. Era importante hacer propuestas de interés compartido por todos los miembros del grupo y, al mismo tiempo, traer una perspectiva desde el mundo en desarrollo para enriquecer la visión del mundo central.

Estoy convencida de que las prioridades definidas para la agenda son hoy más importantes que nunca. Se han planteado el futuro del trabajo, la infraestructura para el desarrollo y un futuro alimentario sostenible como ejes de discusión, con la transversalidad de la perspectiva de género. De lograrse acuerdos mínimos, se pueden abrir perspectivas de avance con alto impacto.

Todos estos temas son esenciales para los líderes que se reunirán en Buenos Aires en pocos días. Son los temas que ocupan y preocupan a los ciudadanos. Y, lo que es aún más significativo, son las mismas preocupaciones que aquejan a los países que no estarán sentados a la mesa, pero que serán representados a través de sus regiones. Es una agenda inclusiva y constructiva.

En una palabra, la Argentina se ha planteado el desafío de hablar de aquellas cuestiones que hacen al bienestar de hoy y a un mejor futuro de nuestras sociedades, desde un ángulo de confluencia de objetivos y no desde el enfrentamiento estéril. Es una oportunidad para que los líderes muestren su capacidad para enfocar la atención sobre los problemas comunes en busca de soluciones posibles y dejen de lado, aunque sea temporariamente, aquello que los separa y que genera excusas para no resolverlos.

Me doy cuenta de que esto puede sonar naíf en la realidad del mundo en que estamos inmersos, en la que la cacofonía de voces prevalece sobre el diálogo. Sin embargo, Buenos Aires puede ser una de las últimas ocasiones de un encuentro que evite la confrontación. Y, aunque las probabilidades de un resultado exitoso sean muy limitadas, vale la pena el esfuerzo de intentar evitar un salto al vacío colectivo con consecuencias poco previsibles para la economía del mundo.

La autora fue canciller en la primera etapa del gobierno de Macri

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