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Contraste del fútbol al rugby: el ejemplo de una tribuna compartida a solo 10km del Monumental

Hindú y Alumni compartieron tribuna
Hindú y Alumni compartieron tribuna Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
Alejo Miranda
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26 de noviembre de 2018  • 00:15

Esto ocurrió ayer, una hora antes y a 10 kilómetros del fallido River-Boca, por la final de la Copa Libertadores. Alumni e Hindú definieron el Top 12 de la URBA, el certamen de rugby de Buenos Aires, el más importante del país. Como es costumbre, las dos hinchadas compartieron la tribuna central del CASI. Mitad roja y blanca, mitad celeste y amarilla. Separados nada más que por el sentido común. Bombos, trompetas, banderas, disfraces, caras pintadas. Aliento permanente antes, durante y después del partido. Ni un incidente. Pasión sin extremismos. Fanatismo racional, si este oxímoron es posible.

Lo que debería ser normal en cualquier evento deportivo, lo que se repite año a año en la definición del rugby porteño, lo que ocurre en casi todas partes del mundo, se convierte en excepcional, magnificado por el contraste cada vez más marcado con el fútbol. ¿Se puede comparar? ¿Por qué no? La similitud de los colores, la cercanía entre la Catedral del rugby y el Monumental, son detalles menores. Lo relevante es que ambos fenómenos son productos de una misma sociedad.

No es real, entonces, que lo que pasa en el fútbol es el reflejo de la sociedad argentina. Es el reflejo, en cambio, de una parte de ella. Lo que sucedió en la final de la URBA, lo que sucede cada año en el CASI, le dan validez a esta afirmación.

Por qué tanta diferencia con tan poca distancia y prácticamente en simultáneo, es la pregunta que emerge de inmediato. Una respuesta apresurada discurriría sobre estratos sociales, niveles de educación, "cultura". Nada más errado. Hace mucho que el rugby dejó de ser un deporte reservado a la clase alta. Y nadie puede descartar de que gran parte de la responsabilidad de lo que sucede en el fútbol tenga que ver más con gente de saco y corbata con posgrados en su currículum.

La esencia del juego, clave

Una aproximación más certera, aunque igualmente aventurada, es que el contraste radique en la esencia misma del juego. En el rugby el trabajo en equipo cobra un valor singular, inusual en otros deportes. En el rugby se respeta la decisión del referí; nadie le habla excepto el capitán. El rugby es violento, sí, pero (casi siempre) leal. Hace rato se instaló el TMO (el VAR) y sirvió para que haya más justicia, no más discrecionalidad. Y el partido no termina cuando se cumplen los 80 minutos sino en el tercer tiempo, donde jugadores de ambos equipos comparten una cerveza; esto sucede desde infantiles hasta el rugby profesional.

Ayer en el CASI se escuchó a un padre retar a su hijo por haberle gritado al pateador rival cuando se aprestaba a ejecutar un penal. Al término del partido, los jugadores de Alumni, en medio de la locura por la invasión de su hinchada y el desahogo tras 17 años sin títulos, lo primero que hicieron fue buscar entre la multitud a sus pares de Hindú para saludarlos. Cuando dieron la vuelta olímpica, la parcialidad rival los aplaudió desde la tribuna.

No se trata de ensalzar al rugby por el rugby. No está inmaculado. Muchas veces detrás de supuestos "valores" se esconden intereses que no son tan puros. Ni tampoco se trata de denostar al fútbol por el fútbol. No hay pasión más visceral que ser hincha de un equipo de fútbol, y ese signo, cuando no llega a extremos como los de este fin de semana, es distintivo de la cultura argentina. Lo incorrecto es meter a todos en la misma bolsa.

En épocas en las que el rugby argentino incursiona por los pantanosos terrenos del profesionalismo, lo que pasó con este Boca-River debe servirle de enseñanza. Cada vez con más frecuencia ocurre que el rugby se aleja del juego y de los jugadores y antepone intereses que tienen que ver con el dinero o el poder. Cuántas veces en los últimos años se escucha que los dirigentes actúan no en virtud del rugby sino del beneficio propio (de su club o de su unión). Se quedan en el chiquitaje, como se dice. Cada vez que eso ocurre, el rugby se futboliza, en el mal sentido de la palabra. El objetivo es no dejar que ello ocurra. Caso contrario, se corre el riesgo de tener que poner vallas en medio de la tribuna del CASI.ß

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