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La Copa Libertadores de la vergüenza, la que nadie debería festejar

Christian Leblebidjian
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26 de noviembre de 2018  • 23:59

Siempre los protagonistas encuentran argumentos para pelear. Para pelear por un resultado, sea en la cancha o en los escritorios. No se sabe qué definición tendrá la segunda final entre River y Boca, pero sí que –la que se entregue– será la Copa Libertadores de la vergüenza. Ya durante el transcurso del torneo se vieron hechos irregulares, desde jugadores que no sabían que estaban suspendidos hasta un sistema de VAR que lejos de traer transparencia fomentó las sospechas, pasando por la pérdida de puntos por la inclusión indebida de futbolistas. Pero el último capítulo, lo que debía ser "la final de todos los tiempos" se transformó en "el grotesco de todos los tiempos", en un papelón del que difícilmente se vuelva en 2018. Haya o no campeón, se juegue o no la segunda final, ya nada será igual. Más allá de los colores y las banderas, ¿en serio el campeón va a tener ganas de festejar? Lo vivido el fin de semana fue una tapa negra. No hubo muertos de milagro, falló la prevención y el operativo, ganaron aquellos que tuvieron ganas de generar violencia.

Varias postales del horror: la piedra que casi le saca un ojo a Pablo Pérez, el cinturón de bengalas en el cuerpo de un nene para poder evitar los controles del Monumental, el gas lacrimógeno, las corridas dentro del hall que arrastraron a D’Onofrio mientras el presidente daba una nota para la TV, como se responsabilizaron mutuamente Nación y Cuidad. Son algunas. Pero donde ya queda de manifiesto las mentes enfermas es cuando se le arrojan proyectiles a la ambulancia que llevaba a Pablo Pérez al sanatorio Otamendi. El superclásico ni eso perdonó.

Es cierto que las imágenes que se observaron en todo el mundo no fueron positivas, como tampoco las que dieron Alejandro Dóminguez (presidente de la Conmebol) ni Gianni Infantino (presidente de la FIFA), presionando a los dirigentes de Boca y River para que el partido se jugara a como diera lugar. Pero hasta la frase "el show debe continuar" tiene un límite. Desde un primer momento se sabía que los jugadores de Boca no estaban en condiciones de jugar, pero desde el ente organizador lo único que hicieron fue "reprogramar" los relojes, como si posponer el arranque una o dos horas fuera suficiente maquillaje.

Todo fue penoso. Pero no solo porque quienes puedan recibir el trofeo hayan quedado desautorizados y salpicados por reacciones tardías y más cercanas a los intereses que al sentido común objetivo. Quienes deberían entregar la Copa, aquellos quieren copiar a Europa, también están manchados de hipocresía.

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