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Un hombre de teatro

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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29 de noviembre de 2018  

Mi relación con el teatro (salvo con el teatro musical y con la ópera, que es otra historia) resultó siempre bastante lejana. Lo saben todos los que me conocen. Sin embargo, debo reconocer que una de las tareas profesionales de las que más aprendí estuvo unida al teatro.

Fue hace muchos años, en 2003, cuando Roberto Villanueva nos llamó a Daniel Samoilovich y a mí para hacer una traducción de Variaciones Goldberg, la pieza de George Tabori. Estaba en alemán y a mí me tocaba el trabajo grueso, mientras que Daniel, con un talento imbatible para la rima, debía recrear en castellano unas canciones. Como sea, yo me encontraba con Villanueva en un bar de Corrientes y Rodríguez Peña para comentar cada nueva versión de la traducción (hubo varias), y aunque no recuerdo los detalles, no pude desentenderme de esa experiencia.

Villanueva pertenecía a una especie en extinción; en realidad, ya extinguida. En 1956, Roberto Petraglia lo dirigió en Esperando a Godot, en la primera puesta de Samuel Beckett que se realizó en la Argentina, y fue una figura crucial del Centro de Experimentación Audiovisual del Instituto Di Tella. Ni hablar después, en el exilio en España, donde estrenó una pieza de Thomas Bernhard por primera vez en castellano. Pero yo sabía entonces poco y nada de esto, lo que se explica por lo que decía antes: mi distancia con el teatro.

Lo primero que me sorprendió fue su ironía. Variaciones Goldberg tiene un fondo más o menos religioso, y una de las actrices que iban a actuar le había dicho a Villanueva que, para estar al tanto, iba a ponerse a leer la Biblia (raro que no lo hubiera hecho antes). Su respuesta fue terminante: los actores creen que son intelectuales y lo que tienen que hacer es actuar. Era duro, y tal vez por eso casi todos los actores lo querían tanto.

Otra revelación de Variaciones Goldberg fue la primera "pasada" del texto. Estaban los dos protagonistas, Alfredo Alcón y Fabián Vena. Villanueva me pidió que fuera para que estuviera atento a las asperezas del texto leído en voz alta. La sorpresa sobrevino cuando Alcón entendió, cada énfasis, cada pausa, cada entrelínea en la primera lectura que hacía en su vida de esas líneas. Claro, era un hombre inteligente.

Villanueva llegaba a los ensayos con reproducciones de pinturas de El Greco para insinuar su idea de los decorados e incluso para ilustrar a los actores. Fue uno de los hombres más cultos que conocí y sabía de memoria casi toda la poesía del Siglo de Oro español. Sí, el vanguardista del Di Tella citaba versos españoles y pinturas renacentistas. No hay contradicción: los auténticos vanguardistas son los que conocen de veras la tradición, y la diferencia es que ahora los que conocen la tradición posan de vanguardistas. Eso es el vacío artístico.

Variaciones Goldberg no fue mi último encuentro con Villanueva. En 2005, traduje para él La muerte de Danton, la obra maestra de Georg Büchner. Íntimamente, sabía que sería su última pieza como director. Lo fue. Cada observación sobre el texto era acerada, precisa, eficaz y, al mismo tiempo, puramente artística. Poco después del estreno, en el Centro Cultural de la Cooperación, se murió. No fue mi amigo, pero su muerte me dolió, porque supe que un hombre irrepetible ya no estaba acá.

El último recuerdo es feliz. Como a todos nosotros, le gustaba beber, y nunca resignaba un champagne a la tardecita. El último lo tomamos en el Gato Negro, justo a la vuelta de su casa. No me acuerdo de nada, salvo de su risa y la ironía sobre las penurias de un cuerpo envejecido que se estaba yendo de este mundo.

No lo vi nunca más y me enteré de su muerte de la peor manera, por los diarios. No sabría decir con exactitud qué aprendí de él, pero estoy seguro de que si no lo hubiera conocido sería un hombre más pobre del que soy.

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