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Un G-20 débil: ¿y ahora quién podrá defendernos?

Oscar Soria
Oscar Soria PARA LA NACION
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28 de noviembre de 2018  • 22:00

NUEVA YORK.- Los momentos políticos mundiales ponen al presidente Mauricio Macri en una encrucijada en el G-20: o seguir callado ante los poderosos que destruyen el planeta, o ponerse al lado de los que se esfuerzan para evitar un colapso ecológico que puede llevarnos a la extinción de la especie humana.

No la tiene fácil. Con el presidente estadounidense Donald Trump por un lado, y el presidente electo de Brasil Jair Bolsonaro por el otro, muchos de los asesores de Macri le aconsejan que vaya por el camino más fácil y menos conflictivo. Pero la historia nos ha mostrado que esa receta tiene patas cortas.

Macri no deberia mirar en los humores cambiantes de Trump, Bolsonaro o los mercados para decidir lo que hay que decir en la declaración final del G-20. Sus ojos deberían estar en otros vaivenes, más difíciles de controlar: los de la crisis climática, los que ya han mostrado sus devastadores efectos en la mismísima economía argentina con una sequía que culminó en un desplome de 1,5 puntos del Producto Bruto Interno, y un rescate del FMI sin precedentes.

Nuestras tierras, bendecidas con vastos y fértiles campos de cultivo que nos han dado la fama de ser el "granero del mundo", han sido arrasadas con una sequía durísima en 2017 y 2018, que ha debajo a los productores en bancarrota y a toda la nación de rodillas. Tan es así, que el mismo presidente ha rezado por lluvias para que la economía pueda recuperarse.

El "latigazo climático" viene pegando donde más duele. La soja y el maíz han sustentado los cálculos financieros durante décadas: en 2016 las exportaciones de soja representaron más de mil millones de dólares anuales. Todo eso cambió en 2017 y 2018 por la feroz sequía. Las cifras hablan por sí solas: las cosechas de soja colapsaron de 57 millones de toneladas en 2017 a 36 millones en 2018.

La ciencia es clara. Es probable que Sudamérica enfrente eventos climáticos cada vez más erráticos a medida que nuestro planeta sigue experimentando lluvias intensas y largos períodos de sequía. Como deja claro el plan climático presentado a la ONU en 2015, el sector agrícola argentino es especialmente vulnerable, teniendo en cuenta además que la "aceleración" de la desertificación para este siglo es ya casi un hecho.

Como anfitrión de esta reunión, Macri tiene una oportunidad histórica de defender tanto a los grandes como a los pequeños productores, y exigir que el mundo actúe ante la crisis climática. Los campos marchitos y los lechos de ríos secos en el país deben ser suficiente argumento para que Macri aproveche esta oportunidad geopolítica para defender sin titubeos la economía, la seguridad alimentaria y el bienestar de las futuras generaciones del país y toda la región.

El G-20 representa el 80% de las emisiones globales de los gases de efecto invernadero. Pero sus esfuerzos para luchar contra el cambio climático no están a la par con esa contribución. Según el Informe Brown to Green de Climate Transparency, estos países deben duplicar sus contribuciones climáticas para limitar el aumento de la temperatura a 1,5°C. Y el Informe de Brecha de Emisiones de 2018 aumenta las apuestas: aunque todavía es posible mantener el calentamiento global por debajo de 2°C, la factibilidad técnica de cerrar la brecha de 1,5°C está disminuyendo rápidamente, y las naciones deben triplicar los esfuerzos para alcanzar el objetivo de 2°C. Medio grado parece una insignificancia, pero los científicos advierten que esa pequeña diferencia hace toda la diferencia entre una cierta estabilidad política y económica internacional y las serias implicancias para la seguridad global.

Pero todo dice que Macri no está abordando esta urgencia ni tiene en su prioridad seguir llevando al G-20 a una ruta ambiciosa para frenar la crisis climática. Todo lo contrario: está abdicando de esa responsabilidad. El borrador actual del texto del G-20 es, como mínimo, cobarde. No se menciona la cumbre climática de 2018 en Polonia que comienza el día después de que finalice el G-20. No se menciona el informe de ciencia del clima del Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC), publicado en octubre, que advierte explícitamente que tenemos que reducir radicalmente las emisiones para 2030, y que la ventana para evitar una catástrofe climática se está cerrando rápidamente. No se menciona el Plan de Acción de Clima y energía de Hamburgo del G-20 de 2017, acordado por todos los miembros excepto los Estados Unidos, ya con Trump como presidente.

Quizás lo peor de todo: hay un lenguaje que para los diplomáticos puede parecer inteligente, pero para el resto es horroroso, porque ese texto le da licencia a cualquier país a implementar, o no, a cumplir el Acuerdo climático de París del 2015. Las razones de este texto débil, y que parece tener las huellas dactilares de Arabia Saudita y Estados Unidos, son claras.

Es obvio que el proceso multilateral que ha servido al mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial está en crisis. Ahora, nuevos líderes tienen que emerger aquí y ahora.

Trump, el hombre que recientemente dijo que la crisis climática es un cuento chino, se preocupa poco por sus vecinos sudamericanos y mucho menos por la gobernanza mundial. En el vacío dejado por la ausencia de Washington, Arabia Saudita, rica en petróleo, está trabajando arduamente para interrumpir los esfuerzos para enfrentar la crisis climática. Australia, Rusia y Brasil, ricos en recursos, están viendo el juego corto, mientras que los líderes en Europa, históricamente líderes climáticos, enfrentan sus propias crisis domésticas.

Esto significa que la pelota se detiene en Macri, cuyo índice de aprobación se está hundiendo mientras hace cumplir los duros recortes impuestos por el Fondo Monetario Internacional. Su futuro político puede estar escrito en piedra -pocos pueden escapar de la vergüenza de un rescate-, pero en este G-20 Macri tiene la oportunidad de desplegar su liderazgo ambiental y demostrar con hechos lo que ha prometido en su campaña electoral.

La respuesta es incontrastable: en estas horas Macri debería liberar las manos del ministerio de Relaciones Exteriores y permitirles entregar un paquete climático más ambicioso y más fuerte para el G-20. No será simpático, no caerá bien en algunos, pero los ciudadanos del mundo, incluso aquellos que no siempre acuerdan con el, le agradecerán este gesto.

Los líderes mundiales reunidos en Buenos Aires para el G-20 deben respaldar los nuevos hallazgos del informe del IPCC y responder a esos desafíos sin dudarlo. No hacerlo va a socavar la confianza pública y empresarial en la capacidad de los gobiernos para actuar sobre esta urgente amenaza existencial.

La acción climática ya no es solo una bandera ambientalista, la misma economía va en esa dirección: de hecho, en América latina el sector de las energías limpias y renovables creció más de 25 veces más rápido que la tasa global. Por ello y mucho más, la Argentina debe ser responsable en reconocer que la gran mayoría de los países están a favor de una acción climática mucho más fuerte. No hacerlo aislará a la Argentina en el escenario global y perderá credibilidad como socio confiable. Seguir el juego a Trump o Bolsonaro puede ahorrarle un dolor de cabeza a corto plazo a Macri, pero condenará en una agonía a largo plazo a todos los argentinos en las próximas décadas.

Tal vez, Macri debería recordar la letra de "Somos los campeones", aquella canción de Queen, su grupo favorito, la que a él mismo le encanta recitar: "(...) no ha sido un lecho de rosas, ni un crucero de placer, lo considero un desafío (para) la raza humana entera. y no voy a perder". Porque a falta de los campeones de siempre, la historia hoy nos pide nuevos líderes. ¿Se animará Macri? El texto final del G-20 nos dará la respuesta. Por ahora, la pregunta queda abierta: ¿quién podrá defendernos?

Ambientalista y portavoz del movimiento cívico global Avaaz.org. Fue directivo internacional de Greenpeace y World Wildlife Fund (WWF)

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