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De Barracas a Brooklyn, el pintor argentino que admiró Barack Obama

Retrato del artista en acción, por Eugenio Mazzinghi
Retrato del artista en acción, por Eugenio Mazzinghi
Daniel Gigena
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2 de diciembre de 2018  • 17:00

Cuando era presidente de Estados Unidos, Barack Obama posó varias veces con sus obras; en Buenos Aires, Antonio Banderas se mostró interesado en comprar pinturas suyas y lo mismo le ocurrió en Ginebra, con otra personalidad de la cultura: Charles Aznavour . Sin embargo, su nombre no encabeza aún las marquesinas de los museos. Todavía, porque el año próximo Alejandro Avakian hará su primera gran muestra individual en un museo de Buenos Aires.

En 2019, Avakian cumplirá sesenta años. A los 27, después de cursar varias materias de Ciencias Económicas y de Ciencias Biológicas, decidió dejar atrás los claustros universitarios y, gracias al consejo que uno de sus hermanos le dio en un largo viaje en auto a Ushuaia, entrar en el mundo de la pintura. "Como yo era medio rebelde y bohemio, me preguntó por qué no me dedicaba al arte. La primera vez que toqué una tela con el pincel sentí un flechazo", recuerda. Descendiente de inmigrantes armenios en la Argentina, tomó distancia del mandato de convertirse en un graduado universitario, así como también se alejó del taller de confección textil que, como buenos armenios, sus padres habían instalado en Buenos Aires. Invirtió sus ahorros en materiales y en el alquiler de un estudio en San Telmo. Con el tiempo, unas telas sustituirían a otras.

Sin embargo, Osvaldo Attila, su maestro en el taller de La Boca donde se formó, le vaticinó que retrataría a sus abuelos. "Con los años, entendí que había querido decir que en mi obra tocaría cuestiones como las del genocidio armenio y la diáspora", dice Avakian en el inmenso galpón que alquila desde hace más de ocho años. Ahí, en solitario, pinta óleos de gran tamaño y, en una escala más modesta, tintas sobre papel. Aquello que en la juventud había empezado como una tentativa de encontrar sentido a la vida se convirtió en el descubrimiento paulatino de una vocación. En su taller de Barracas, donde antes había una fundición de acero, conserva sus obras, recibe visitas ocasionales y trabaja. Entre telas y bastidores todavía se pueden ver en el lugar, oxidadas, las bateas de la empresa. "Ahora es una fábrica de pinturas", bromea el artista.

En 1999, Avakian se recibió como profesor de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y, años después, como profesor en Artes Visuales egresado de IUNA (hoy Universidad Nacional de las Artes). Es decir que, finalmente, cumplió con el deseo de los padres. Pero nunca dio clases. "La única forma de comunicar que encontré es la pintura", dice. Para eso, agrega, lo más importante fue aprender el lenguaje visual como si fuera una segunda lengua.

Ciento por ciento porteño, conversador y expansivo, fan de Astor Piazzolla y Charly García, Avakian se hizo de abajo en el mercado del arte local e internacional. Sin pertenecer a ningún grupo o escuela ni contar con un representante, sus obras llegaron a coleccionistas de Tokio, Londres, París y Nueva York. El mismo Barack Obama , cuando era presidente de Estados Unidos, posó junto a varias pinturas de Avakian que un empresario le había comprado. Otro admirador estadounidense de su trabajo donará uno de los inmensos óleos atravesados por manchas, trazos y figuras a un aeropuerto norteamericano. Dos galerías porteñas que dirigen integrantes de la comunidad armenia, como Azur (Arenales 867) y White Art Gallery (Arenales 1239), tienen obras del artista.

Vista del taller de Avakian en Barracas
Vista del taller de Avakian en Barracas

Entre Buenos Aires y Nueva York

Desde 2010, por sugerencia de un galerista neoyorquino, Avakian instaló un estudio en Brooklyn. "La energía de Nueva York es única; mientras que Buenos Aires representa los valores familiares con los que crecí, esa ciudad es un torrente de energía desconocida que empieza a aparecer en mis pinturas". Abstractas en su mayoría, emparentadas tanto con el expresionismo como con la pintura gestual o de acción, las telas del pintor en Buenos Aires están esparcidas por el piso, apoyadas contra las paredes y colgadas en lo que fueron las oficinas de una pequeña empresa cerca de la cancha de Huracán. El estudio de Brooklyn aloja un quinto de la cantidad de obras que el artista guarda en Buenos Aires.

Así, las pinturas de Avakian encuentran compradores en los dos hemisferios. Empresarios, jóvenes profesionales y coleccionistas solicitan visitas a uno de los dos talleres. De Brooklyn a Barracas, el pintor viajero concretó muchas veces una compra a bordo de un auto, en largas conversaciones a causa del demorado tránsito porteño o en la no menos lenta circulación en Manhattan. "En varias ciudades conocí de casualidad a personas que se interesaron en mi obra, entre otros, a Antonio Banderas, cuando vino a filmar a Buenos Aires, y a Charles Aznavour, en Ginebra. Con uno de mis principales coleccionistas nos conocimos en las calles de Nueva York", cuenta. Cuando visita Brooklyn, Avakian dibuja en bares y espacios públicos. En Buenos Aires, la semana pasada, pintó obras con comestibles en el restaurante de Darío Gualtieri, situado en la calle Armenia 1378, en el barrio de Palermo, mientras el chef preparaba platos con la impronta visual de Avakian.

Retrato del artista por Eugenio Mazzinghi
Retrato del artista por Eugenio Mazzinghi

"Aunque pinté obras vinculadas con el genocidio armenio, el exilio o el terrorismo de Estado, nunca intenté vender la profundidad como contenido", señala. Desde hace unos años, en parte debido a que sus hijos estudian en escuelas de la comunidad armenia, Avakian volvió a sus orígenes culturales y participa de muestras colectivas junto con otros artistas de origen armenio como Julia Pazos Matiossian, Ester Nazarian, Carlos Kahayan, Torós Gurlekian, y Nadine Youssefian. El grupo se denomina "Gabrink", que significa "vivimos" en idioma armenio. En 2017, Avakian presentó en Colección Fortabat su libro de artista, Avakian, con textos de María de Michelis, Adriana Laurenci y Silvia Madrid. El libro, que reúne un centenar de imágenes de pinturas, tintas y litografías, está dedicado a Anahid y Adolfo, sus padres.

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