Suscriptor digital

Hasta el mismo día en que te perdí: intenso relato sobre el peso de los recuerdos

Fuente: LA NACION
Jazmín Carbonell
(0)
30 de noviembre de 2018  

Hasta el mismo día en que te perdí / Autoría y dirección: Diego Brienza / Intérpretes: Daniel Aizicovich, Enrique Dumont, Janina Levin, Claudia Mac Auliffe, Inge Martin, Cristian Sabaz, Analía Sánchez, Diego Santos y elenco / Sala: El Portón de Sánchez / Funciones: domingos, a las 20 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: buena

Lo innombrable. ¿Cómo se habla de eso? De aquellos dolores que duelen tanto que ya no entran. ¿Cómo se vive luego de una tragedia? Diego Brienza, autor y director de Hasta el mismo día en que te perdí, se atreve a trabajar sobre estos puntos de una manera absolutamente suya, se apropia de los hechos para hacer de ellos una nueva interpretación. Y eso es notable. Ya es sabido que Brienza no le teme a los temas álgidos y que puede, además, otorgarles un plus de reflexión por el modo de narrar. Ya lo hizo con el abuso infantil, con la red de trata de personas en sus obras pasadas y ahora indaga en el dolor más profundo de una familia emocionalmente quebrada.

Un matrimonio de años pasa sus días con pesar, a medida que avance la acción esto irá develándose, nunca del todo, se necesita un espectador atento y capaz de trabajar con lo simbólico. En este sentido, la propuesta no solo es original sino potente, y sobre todo el modo que elige el director para narrar la historia. Se atreve a cruzar la cuarta pared para enfrentarse a la platea, ya lo había hecho antes y el resultado es bueno, genera una distancia necesaria, interesante, casi brechtiana para poder pensar sin sumergirse de lleno en la emocionalidad. Hombre y mujer, abatidos, son presentados por un narrador que informa, suma detalles, datos que irán completando la historia.

¿De qué está hecho el pasado sino de los recuerdos que, de manera distinta y a veces hasta arbitraria, cada uno elige recordar? Ella tiene memoria selectiva, aclara, recuerda solo aquellos momentos que le dan felicidad. Él, en cambio, tiene una memoria cambiante. Entonces el narrador abre el pasado y relata los orígenes de ambos y de los sucesos que les pesan. Para hacerlo, se suman más personajes que bailan o cantan. Demasiados paréntesis o ramas que se abren, por momentos en lugar de potenciar la trama principal la debilitan y confunden un poco. A veces, menos es más, y esa mujer, sentada cerca del horno, apesadumbrada por eso que no quiere recordar, que no se dice pero se entiende y que la consume es más potente que cualquier cuadro numeroso. La puesta de Brienza es atractiva, la música aporta climas y la metáfora se erige aquí como vital porque renueva conceptos y les quita a los hechos esos lugares comunes tan transitados para verlos desde una óptica singular y sensible.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?