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Prohibido jugar con fuego

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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30 de noviembre de 2018  

Es difícil soslayar la bomba noticiosa que estalló esta semana cuando un científico chino declaró que había modificado genéticamente, y luego implantado, dos embriones humanos de los que habían nacido gemelas. Aunque, de hecho, todavía no hay certeza de que eso haya ocurrido -He Jiankui (tal el nombre del autor del presunto experimento) no publicó sus trabajos en una revista científica ni los sometió a revisión por pares, sino que hizo conocer su "hazaña" a través de videos en YouTube y de una entrevista con Associated Press-, la historia sintetiza todas las formas de mala praxis.

La técnica que utilizó tiene un nombre largo y complicado, pero es conocida con la sigla Crispr-Cas9, y permite "cortar y pegar genes" con una rapidez y versatilidad sin precedente. Descubierta hace alrededor de un lustro, provocó lo que una de sus descubridoras, Jennifer Doudna, llamó "un tsunami" de experimentos y publicaciones.

Lo singular de este método es que permite modificar el "texto en código" inscripto en el ADN con las instrucciones para fabricar un organismo a la manera de un procesador de texto, como si tomáramos una oración y volviéramos a deletrearla. Tiene dos componentes: una enzima (Cas9) que corta el ADN como una tijera molecular, y una guía de ARN sintético [el ácido nucleico que actúa como mensajero de la información genética para la síntesis de proteínas] que le dice exactamente dónde cortar. En precisión y facilidad, superó todo lo conocido.

Pero la trama de la vida no es tan unívoca y puede haber cortes "fuera de registro". Además, no se conoce con exactitud el impacto de eliminar o modificar genes. Pronto se advirtió que junto con sus posibles aplicaciones para prevenir enfermedades hereditarias o "mejorar" animales de consumo, su uso en embriones o células germinales humanas, que permitiría introducir rasgos transmisibles de generación en generación y que lleguen a alterar la naturaleza misma de nuestra especie, plantea serios dilemas éticos.

Ya en 2015 científicos chinos habían avanzado en este campo, pero se encontraron con el fenómeno conocido como "mosaicismo"; es decir, que algunas células presentaban la modificación genética y otras, no. El año pasado, un equipo liderado por Shoukhrat Mitalipov, director del Centro para Células Embrionarias y Terapia Génica de la Universidad de Oregon, logró por primera vez eliminar en embriones una mutación genética que puede producir muerte súbita, pero también con resultados subóptimos. La diferencia de este estudio es que fue una "prueba de concepto", publicada como corresponde, y que los embriones se descartaron.

Por eso, no hay forma de exagerar la conmoción que generaron los dichos de He, realizados un día antes del comienzo de la Segunda Cumbre Internacional sobre Edición del Genoma Humano, organizada por la Academia de Ciencias de Hong Kong, la Royal Society, la Academia de Ciencias y la Academia de Medicina de los Estados Unidas, que se realizó en Hong Kong para discutir, entre otras cosas, la conveniencia de avanzar con la aplicación de esta tecnología en seres humanos.

En todo el mundo, los científicos manifestaron su desaprobación. Más de cien colegas chinos tildaron su decisión de "locura". Y hasta su universidad hizo saber que no estaba al tanto de sus experimentos, que fueron realizados violando todos los códigos de conducta, y que llamará a un comité internacional de expertos para investigar el incidente. Ayer, la Cumbre de Edición Genética Humana, donde He tuvo oportunidad de defenderse, concluyó con una declaración en la que considera la investigación "profundamente perturbadora" e "irresponsable".

La propia Doudna lo había advertido: "Todavía no sabemos lo suficiente sobre las potencialidades y los límites de la nueva tecnología, especialmente cuando se trata de crear mutaciones heredables". No juguemos con fuego.

Por: Nora Bär

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