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El fantasma de Cristina Kirchner sobrevuela la cumbre del G20

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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30 de noviembre de 2018  • 01:08

El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne , acaba de reconocer que las preguntas de los inversores sobre la Argentina se han desplazado en los últimos meses desde el programa financiero hacia el riesgo político. Concretamente, a la posibilidad de que Cristina Kirchner retorne al poder el año próximo, una alternativa que complica cualquier gestión oficial para avanzar en acuerdos sobre futuras inversiones extranjeras, como la que en estas horas tiene ocupado a Mauricio Macri , quien naturalmente busca capitalizar su rol de anfitrión de la cumbre del G-20 .

Uno de los sentimientos más nefastos en términos políticos y económicos es la incertidumbre, que, como el miedo, tiende a paralizar. La confirmación de una postulación presidencial de Cristina Kirchner llevaría a muchos potenciales inversores a un "wait and see"; esto es, a demorar cualquier decisión de relevancia hasta tener la certeza de que la expresidenta no volverá a sentarse en el sillón de Rivadavia.

A su vez, esa parálisis podría ser funcional a la profundización de la recesión económica. Una razón para que quienes desde la más dura oposición alientan la estrategia de "cuanto peor, mejor" apoyen fervientemente la candidatura de la exmandataria.

La inquietud política y empresarial aumentó en los últimos días de la mano de encuestas que exhiben un modesto crecimiento electoral de Cristina Kirchner , que contrasta con el mal momento que atraviesa el presidente de la Nación en la opinión pública. Las virtuales certezas de hace un año, según las cuales, Macri se encaminaba irremediablemente a su reelección se han desvanecido hace tiempo.

Hoy la foto muestra una polarización entre el Presidente y su antecesora en el cargo, que sería definida en una segunda vuelta. Claro que nadie puede adivinar la evolución y mucho menos el final de la película. Un año antes de las últimas elecciones presidenciales estadounidenses, muy pocos creían siquiera que Donald Trump pudiera ganar las primarias del Partido Republicano. Jair Bolsonaro era impensable como presidente brasileño hasta pocos meses antes de su éxito electoral. Y seis meses antes de su triunfo en 2003, nadie imaginaba que Néstor Kirchner podría ser elegido presidente de los argentinos.

Un conocido analista de opinión pública, Carlos Fara, plantea que los tres escenarios más probables, de cara al próximo año electoral, serían la reelección de Macri, el retorno al poder de Cristina Kirchner y un triunfo del peronismo no kirchnerista. A su juicio, el escenario de la vuelta de Cristina es el menos probable y el de la ratificación de Macri por otros cuatro años sería el más probable, partiendo siempre del supuesto de que el peronismo se dividirá y de que no aparecería un "outsider" o "tapado".

Las razones por las cuales el citado analista le asigna menos chances a un regreso de Cristina se basan en su nivel de rechazo; en que los cuadernos de las coimas solidifican su techo electoral, en que su regreso es disfuncional para una renovación del peronismo y en que, en los últimos 90 años, salvo Juan Domingo Perón, nadie volvió al gobierno luego de dejarlo.

Es cierto que las últimas encuestas indican que el techo electoral de Macri, medido a partir del porcentaje de ciudadanos que estarían dispuestos a votarlo, es tan bajo como el de Cristina Kirchner, e incluso inferior, según una encuesta de Aresco que comentamos el domingo pasado en LA NACION. Pero la expectativa que reina en el Gobierno es que el nivel de rechazo a la expresidenta esté mucho más consolidado que el del actual jefe del Estado, cuyo grado de apoyo podría variar favorablemente si la economía repunta al acercarnos al inicio del proceso electoral.

Que la recuperación económica empiece más temprano que tarde es la primera esperanza de quienes en el Gobierno apuestan todo a la reelección de Macri. Su segundo deseo sigue guardando relación con las dificultades del justicialismo para alcanzar un acuerdo de unidad y dirimir su candidatura presidencial en las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO). En otras palabras, que esos dirigentes peronistas y kirchneristas, en última instancia, lleguen juntos al aeropuerto, pero una vez allí, no se suban al mismo avión.

Como de costumbre, las alquimias electorales estarán por un tiempo a la orden del día. Junto a la idea de desdoblar las elecciones bonaerenses de las nacionales, de la que días atrás dio cuenta Claudio Jacquelin en LA NACION, con la supuesta intención de desarmarle la estructura territorial de intendentes a Cristina Kirchner, se ha barajado también la alternativa de suprimir las PASO.

El pretexto para abandonar las PASO es que se trata de un mal gasto, del orden de los 6 mil millones de pesos para una elección que, normalmente, no es más que una encuesta anticipada, según la opinión del primo del Presidente e intendente de Vicente López, Jorge Macri .

Si bien el propio jefe del Estado actual se declaró más de una vez en contra de este sistema de selección de candidatos, hoy el macrismo tendría una razón más importante para dejar atrás las PASO: la amenaza de que el kirchnerismo pueda meter a todo el peronismo o a buena parte de él dentro de una misma competencia, de la que emerja con una candidatura presidencial unificada.

Pero lo real es que la supresión de las PASO sólo podría hacerse por una ley del Congreso, en tanto la Constitución nacional le veda al Poder Ejecutivo la facultad de emitir decretos de necesidad y urgencia en materia electoral.

Y hay otra razón para que el oficialismo se abstenga de hablar de estas hipótesis: que la posibilidad de urdir este tipo de maniobras termine sembrando una sensación de debilidad electoral del propio Macri.

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