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Perdimos, Mauricio

Marcela Mora y Araujo
Marcela Mora y Araujo PARA LA NACION
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30 de noviembre de 2018  • 20:23

He visto una y otra vez a lo largo de más de 25 años cómo en otros países se les agrandan los ojos al oír relatos de ‘operativos’ para lanzar 30.000 globos de colores en el minuto en que los jugadores salen del túnel; las traducciones de los cantos; los rollos de papel higiénico prendidos fuego lanzados por las tribunas; la policía montada y las corridas… una que otra bengala perdida.

El arcoíris de humo y el ritmo de los cantos de guerra latiendo hasta las entrañas mismas del concreto que nos sostiene es la fantasía del River-Boca que el mundo esperaba ver el 24N. La realidad duele porque ni siquiera tuvimos los trapos y la pirotecnia de colores, el frenesí de pertenencia. Sin el vuelo de la pelota, sólo las entrañas del monstruo quedan depuradas.

Lo que 'El Abuelo’ José Barritta describiera como "lo más lindo que hay en el mundo", sin duda una adrenalina sin igual mezcla de terror y emoción, se convirtió en una celebrada faceta de nuestra cultura: turistas accedieron al ‘pack’ del fútbol y periodistas de todos lados -sobre todo donde el fútbol ya no es así- pronunciaron con nostalgia y admiración que esto era digno de ser experimentado. El bocariverismo se convirtió en el número 1 de la lista de los 10 eventos deportivos que hay que ver antes de morir (según la revista Observer Sport Monthly, cuya irresponsabilidad editorial caducó junto con la revista hace ya más de una década).

Y sin embargo esas postales audiovisuales tienen una contracara que el mundo también ha consumido con voracidad: un padre cargando a su hijo muerto en brazos; el infame "te voy a matar, cuervo", de una madre con sed de venganza; la sangre, ese toque de ‘color’ mediático que siempre da valor agregado a la hora de aumentar circulación o buscar clicks.

Mucho se ha hablado esta semana de la vergüenza internacional porque nos vio el mundo pero hay que reconocer cierto morbo en la curiosidad mundial por todo esto: el interés superlativo por "la pasión" y "la locura" hizo que hasta casi pareciera que defraudara el partido de ida -sin incidentes y de buen fútbol.

Titulares como "los argentinos aman al fútbol, quizás demasiado" y "la locura de los hinchas argentinos" han generado un sin fin de testimonios de pluma y boca de la cantidad inusitada de corresponsales extranjeros que viajaron a Buenos Aires para el fixture. Esta ‘vergüenza’ ante los ojos de afuera es acompañada por un discurso interno ‘anti-fútbol’ despotricando contra los ‘inadaptados’ o las ‘bestias’ con algunas voces proclamando que hay que ‘prohibir al fútbol’.

Pero, ¿cuál es el fútbol que hay que prohibir? ¿El profesional, de las ligas élite? ¿El de la FIFA y Conmebol, ambas instituciones presentes el fin de semana pasado en un rol bizarro mezcla de digitadores y testigos impotentes…? Ya hemos visto los esfuerzos del FBI por quebrantar esa concentración de poder, y en estos poco días hemos llegado a que se pelotee la idea de jugar la final en Doha Miami, Medellín o Barcelona casi con naturalidad. Ahora resulta que la Libertadores se define en Madrid.

Ese fútbol no se puede prohibir. Es el que sustenta la industria, que aunque mal administrada sigue siendo industria; la exportación de jugadores es una parte no insignificante de nuestra economía, y dejando de lado el fiasco de este último mundial (más de lo mismo dicho sea de paso) nuestro fútbol es de lo mejor que tenemos. Ante los ojos del mundo.

¿Qué fútbol entonces habría que prohibir? ¿El que juegan los chicos en los miles de potreros a lo largo del país? ¿Las chicas de La Nuestra creciendo a lo largo de una década para ganarse su propia canchita de césped? ¿Los torneos infanto-juveniles, cuyo desarrollo ha sido históricamente una de las pocas áreas mundiales en la que la excelencia nos distingue? ¿Cómo prohibir eso, el área social y educativa de la que más deberíamos enorgullecernos?

Junto con la narrativa de la prohibición, de la represión, y de la eliminación, surge en el discurso público ese dedo señalador que busca rótulos para los culpables. Desde "el único responsable es el que tiró la primera piedra", hasta "hay que eliminar de una vez por todas a los Barrabrava", los aficionados más liberales y progresistas han dejado escapar algún "hay que matarlos a todos" en estos días de tanta tristeza y frustración.

Poco sirve la moderada y racional enseñanza que nos dejan 50 años desde Puerta 12, durante los cuales jueces han contado uno por uno los efectivos policiales por los que se cobra a los clubes vis a vis los que efectivamente desempeñan su labor; durante los cuales sociólogos, antropólogos y abogados han cuantificado que menos del 50% de la violencia y la delincuencia relacionada con el fútbol es la perpetuada por barra bravas -con el alarmante dato de que los casos más serios tienden a involucrar a la policía-.

La falla en el operativo de seguridad el 24N debiera resonar como una alarma tanto o más angustiante.

La telenovela del riverboquismo siguió rodando. Definiciones surrealistas -"confirmado: el partido, si se juega, será tal o cual día en tal o cual lado"- enmascaraban conversaciones privadas entre jefes de estado, presidentes de clubes, y mandatarios de las federaciones. El trabalenguas de boberías dejaría maravillado al propio Lewis Carroll. El vocabulario del conflicto se expande cual líquido en titulares mediáticos, promesas políticas, conversaciones de café, pronunciamientos de taxistas y las ya infaltables filtraciones de Whatsapp. Traición, venganza, amenaza, revancha son los temas y los personajes, desde Macri hasta el 'Caverna' Gody, pasando por D'Onofrio, Angelici, Domínguez, Infantino y Pablo Pérez, con actuación estelar de Gallardo y Tevez, todos referentes de una cultura muy masculina y hermética.

El único personaje femenino y en papel bastante secundario es la joven madre que intentó contrabandear las bengalas: identificada, encontrada, detenida, procesada y condenada en menos de 48 horas. (Esperemos que debido a la intervención de organismos de protección al menor).

La investigación científica de los comportamientos de la multitud se inició a fines del siglo XIX, cuando la ‘elite’ francesa comenzó a preocuparse por la amenaza que presentaban "las masas" a "la civilización". Los modelos teóricos caracterizaban a la multitud de forma reduccionista e irracional. Hoy en día ya sabemos que esto no es así. Desde la academia, las asociaciones cívicas, el activismo de base, los jefes de inteligencia y los oficiales que patrullan las calles, hasta los gobiernos y las más grandes ONG ya sabemos que los comportamientos humanos no son simplemente "bestias", "corruptos", "dementes", o "monstruos" -aunque puede haber una dosis de eso en todos y cada uno de nosotros. Lo sabemos en todo el mundo.

El crimen organizado por un lado y los comportamientos violentos de jóvenes que ni trabajan ni estudian por el otro son el principal desafío de la sociedad en todas partes del mundo. En algunos lugares, como Inglaterra, se ha desplazado esa violencia de los estadios. Y sin embargo el índice de asesinatos entre jóvenes de una u otra patota en ese país alcanzó records históricos este año.

Es absurdo pretender que para que se dispute un partido de fútbol en Buenos Aires es indispensable la tarea de solucionar ambos. Lo que no es absurdo pretender, a esta altura del partido, es un cambio radical en la ventana del discurso.

En el 2011 en Turquía, incidentes de violencia en el fútbol llevaron a que se imponga una sanción muy especifica al club Fenerbahce: el público consistiría sólo de mujeres y niños, que entrarían gratis a los partidos. El mundo enteró observó maravillado. No me parecería una mala primera medida que se impongan una serie de fixtures con ese criterio: sólo mujeres y niños, o solo niños de escuela primaria de zonas carenciadas o remotas. El gasto debería ser asumido por FIFA, Conmebol y AFA como un gesto de respeto hacia la pelota.

En paralelo, como sociedad, todos deberíamos abordar el tema con cierta urgencia. Tenemos todas las herramientas necesarias a disposición; un sinfín de gente capaz, ciudadanos e hinchas comprometidos, organismos experimentados para realizar auditorias, vedar procesos electorales, organizar foros internacionales, investigar temas con seriedad. Desde la policía hasta 'Caverna', todos invitados a la mesa, en la que al menos la mitad de los participantes debieran ser mujeres.

Impera hoy mas que nunca la necesidad de nivelar la cancha y dar voz a los aspectos menos bélicos y más lúdicos, a la belleza de la gambeta por sobre la pulseada por los puntos.

La cooperación ha sido siempre más importante para la supervivencia de cualquier especie que la competencia, y el riverboquismo tiene aquí una plataforma de poder única para sentar ejemplo.

Si logramos que empiece el juego, veremos esa magia que solo la pelota logra: jóvenes volando, desafiando la gravedad, en un escenario de arte venerando a la mas perfecta forma geométrica. Ya lo sabemos: ella no se mancha.

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