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Piedras, mentiras y videos

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
Fuente: Reuters - Crédito: Alberto Raggio
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30 de noviembre de 2018  • 23:59

Soñamos con miles de gritos y lo único que tenemos es silencio. Imaginamos un paisaje repleto de colores y nos quedamos todos en negro. Creímos tener por delante un mundo repleto de sensaciones y lo único que nos invade es el vacío. Esperamos un poco de claridad y nos domina la bronca y la confusión.

En la escena más bochornosa de la historia del fútbol argentino, la final de la Copa Libertadores de América se volvió una pesadilla sin solución. Piedras, mentiras y videos dominaron la rutina de cada jornada y la conclusión tan triste como inmodificable es el fracaso absoluto.

El momento en que el micro de Boca fue apedreado

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Video

Como en una riña de gallos, los presidentes de los clubes lidiaron como dos contendientes cuyo único objetivo no era la justicia, sino la ventaja y terminaron de romper el juguete.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

River lo quería en su cancha y con su gente como si nada hubiera pasado y fuera solo víctima. Su inacción para encontrar a los forajidos que lo perjudicaron también define su postura.

Boca buscó venganza de lo ocurrido en 2015 como único objetivo, despreciando la posibilidad de coronarse lejos de los escritorios.

Piedras, mentiras y videos dominaron la rutina de cada jornada y la conclusión tan triste como inmodificable es el fracaso absoluto.

La inutilidad, negligencia o sospechosa pasividad del Estado en materia de seguridad hizo el resto. No pudieron garantizar la presencia de visitantes pero tampoco controlar a los locales, sacaron al partido de hábitat natural (entre semana y de noche). Ante la debilidad manifiesta de las partes, la Conmebol pensó en el negocio y se quedó con todo. Patético y desolador.

No supimos hacerlo y mucho menos disfrutarlo. Fuimos eso que vio el mundo. En las calles violentos, irracionales y marginales. En los micrófonos altaneros, ventajeros y especuladores. En el análisis perseguidos y paranoicos. Adoradores de nosotros mismos, pusimos sistemáticamente la culpa del otro lado y confirmamos que siempre se puede caer más bajo, descubriendo nuevos sótanos morales y de conducta.

Vivimos en un país en el que violar la ley no tiene costo. La impunidad es la norma y la justicia la excepción. La cadena de desaciertos nos volvió explicadores profesionales de bochornos y ante semejante panorama, encima con la cabeza gacha debimos aceptar que la Conmebol, una entidad condenada antes y sospechada e irregular ahora, levante el dedo acusador y nos ponga en penitencia llevándose bien lejos ese diamante que no supimos cuidar.

Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo

Un fallo acomodaticio y contradictorio como era de esperar, dejó a todos disconformes. Cuando ambas partes sienten que tienen razón, se sienten perjudicados y creen tener fundamentos para confirmarlo, entonces la que falla es la justicia. Si hay jurisprudencia para favorecer a todos, es la ley la que carece de solidez. Nada que no sepamos: la Justicia es ciega pero en la Conmebol siempre espía.

España y el resto del mundo apreciarán el partido que no supimos ni quisimos tener. Ahora ya es demasiado tarde. Aunque duela, solo queda una posibilidad. Hacerse cargo.

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