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Copa Argentina: Gimnasia y Central, un bálsamo contra la polarización y el hastío

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Un duelo atractivo que se viene: Gimnasia vs. Rosario Central
Un duelo atractivo que se viene: Gimnasia vs. Rosario Central
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1 de diciembre de 2018  • 23:59

Bienvenida sea la Copa Argentina y bienvenida sea esta final entre Rosario Central y Gimnasia y Esgrima La Plata. Bienvenidas ambas cosas por varios y diversos motivos.

La Copa en sí misma porque su sistema de juego favorece la épica y nos devuelve las imágenes del festejo de hinchadas, jugadores y entrenadores que habitualmente no están empapados por el éxito. El encuentro del próximo jueves en Mendoza porque el hecho de que hayan alcanzado el partido decisivo dos equipos que no están entre los considerados grandes del país -más allá del significado que ambos tienen en sus ciudades y la identificación que generan- nos sirve para sanear un poco la conciencia de todos.

La coincidencia temporal entre esta final bien nuestra, bien autóctona de Copa Argentina, entre dos clubes alejados de los flashes; y el hastío que ha llegado a provocar la interminable definición de la Libertadores entre River y Boca, con su cadena de postergaciones, comunicados, disputas, sanciones y el insólito colofón del traslado a Madrid, viene a recordarnos que el fútbol argentino es un todo y que sigue ahí, dispuesto a brindarnos noches de emociones intensas con protagonistas que no suelen estar en la vidriera.

Es cierto, la Copa Argentina no tiene el glamour de la Libertadores. Pero en esta semana, mientras una es la demostración palpable de la degradación paulatina y sistemática que hemos sufrido en tiempos recientes, la otra nos devuelve el espíritu del juego, nos muestra héroes diferentes, nos recuerda esa paridad -aunque sea en la mediocridad- que va desapareciendo de a poco entre los poderosos y los que no lo son.

Los torneos largos exigen regularidad, cierta constancia en el rendimiento y premian el mejor juego. Las competencias cortas, en cambio, se prestan más al oportunismo, a la especulación, a aprovechar cualquier circunstancia.

En este tipo de partidos sin revancha y con definición inmediata por penales entran a jugar factores que, si aparecen en un partido puntual del campeonato local, suelen desaparecer al siguiente. El jugador los afronta con otra conciencia, sabiendo que incluso una acción fortuita puede meterlo en la siguiente ronda. Y hasta el inevitable punto de azar adquiere un peso mayor que en un campeonato largo, donde tiende a compensarse. Si además, como sucede con la Copa Argentina, los equipos grandes le prestan algo menos de atención según el momento del año, siempre existe la posibilidad de abrir la puerta de la sorpresa.

No quiero lesionar ningún ego, cada hincha considera a su equipo el más grande y solo siente pasión por el suyo, pero no creo equivocarme al suponer que en la psicología de los hinchas que no son ni de Boca ni de River sentirá una gratificación extra por el hecho de que esta final la jueguen equipos que ocupan los márgenes de la atención. Con un agregado importante: también es bueno para nuestro fútbol que ambos estén geográficamente ubicados fuera del epicentro porteño.

Que la repercusión mediática caiga permanentemente sobre River y Boca alimenta un resentimiento importante, igual que el espacio limitado que los medios masivos dedican a los clubes de fuera de la Capital y el Gran Buenos Aires. También desde esa mirada hay que valorar el significado de la Copa Argentina.

¿Prudencia o atrevimiento?

En lo puramente futbolístico habrá que ver cómo asimila cada uno el impacto de la palabra "final". Los dos están ante una gran oportunidad de reivindicarse, de hacer historia en clubes que han vivido varias pálidas en los últimos tiempos, los dos tienen el derecho a pensar que es su oportunidad. ¿Aumentará la prudencia por saberse a un pasito del título o el atrevimiento por no tener a ninguno de los poderosos enfrente? En nuestros barrios estamos acostumbrados a sentirnos mejor siendo punto que banca. Nos gusta crearnos escenarios fantasiosos e inventarnos enemigos para multiplicar la actitud desafiante y así competir mejor, y ese factor no tendrá espacio el jueves en Mendoza.

En cambio, estará presente el orgullo de saberse por una vez alumbrados por los focos. Y más aún, de ser una especie de bálsamo saludable. Mientras el mundo habla de River y Boca por un rato todos lo haremos de Gimnasia y Rosario Central.

La Copa Argentina ha logrado salir ilesa del hastío y del absurdo que ha provocado la glamorosa Libertadores. Bienvenida sea.

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