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Para crecer, antes hay que cambiar

Daniel Melhem
Daniel Melhem PARA LA NACION
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4 de diciembre de 2018  

A casi tres años de la asunción de la administración de Cambiemos aún no se han podido emprender las reformas de fondo que son vitales para que la Argentina de una buena vez se encamine. La apuesta del presidente Macri basada en que la inversión, en lugar del consumo, sería el nuevo motor del crecimiento que transformaría la estructura productiva de la economía quedó, por el momento, postergada. El resultado concreto ha sido no solo la escasa inversión, sino que, al trasladar sobre la población el costo de los excesos de la anterior administración, también se desplomó el consumo. Ni una ni lo otro.

Pero ¿por qué, habiendo ganado Macri y logrado un notable respaldo de la comunidad internacional, existió tan poca inversión en la economía real, con la enorme expectativa que había? La respuesta es simple: la matriz de un país para atraer inversiones no está dada por una o dos circunstancias puntuales, sino por la combinación de todas sus partes. Comparativamente, hoy somos algo así como un Torino modelo 1975.

Mientras, desde hace décadas, los inversores se enfocan principalmente en nuevas tecnologías, nuevas industrias y en particular en empresas con una clara visión vanguardista, la Argentina sigue discutiendo a diario sobre la banda de los Kirchner y el clan Moyano. Esta es la principal razón por la que los inversores internacionales temen invertir en nuestro país.

Veamos: hablando de "camioneros", pongamos como ejemplo a Tesla, la empresa que fabrica, entre otros productos, automóviles eléctricos. Su valor de capitalización hoy ronda los 51,7 mil millones de dólares, cuando el de Ford Motors es de unos 36,8 mil millones. ¿Cómo una empresa que solo produjo 101.000 vehículos en 2017 puede tener un valor de capitalización 30% mayor que el de una de las principales automotrices globales, con más de 200.000 empleados y que fabrica más de 6,6 millones de unidades por año? La respuesta es simple: la inversión crece a pasos agigantados en países donde el ecosistema en su totalidad camina de la mano de la tecnología y la innovación. En otras palabras, un camión Semi Tesla, hoy en producción, acelera de 0 a 100 km/h en 20 segundos y viene de fábrica con un sistema de piloto automático. En un futuro cercano, se estima que estos camiones ya no necesitarán conductores, mientras que en la Argentina seguimos pendientes de Moyano.

Los inversores inteligentes no solo analizan las empresas en las que quieren invertir, sino también a quienes las gestionan y el entorno en que se desarrollan. El libre movimiento del capital, de bienes y servicios, la atracción de talento, la eficiencia industrial, la calidad de la educación, los bajos costos de logística, el Estado de Derecho, el acceso a bajas tasas de financiamiento de largo plazo y, por último, una baja carga impositiva son los estándares de la matriz que un país necesita si seriamente considera crecer en el largo plazo y competir por las inversiones a nivel global.

Emprendedores y visionarios como Thomas Edison, Andrew Carnegie, Will Keith Kellogg, Steve Jobs o Jeff Bezos no habrían podido avanzar en su visión y mucho menos formar sus empresas si hubiesen nacido en la Argentina. Es por esta misma razón que, en términos relativos, un joven argentino es más pobre hoy de lo que fue su padre y aún mucho más pobre de lo que fue su abuelo.

Décadas de destrucción sistemática malograron la oportunidad que alguna vez tuvo nuestro país de estar entre las diez economías más desarrolladas del mundo. El Presidente y su equipo hacen lo que pueden. Pero estamos en 2018 y es muy difícil poner un Torino en carrera. Más vale tirar la chatarra y comenzar de cero.

Presidente del Consejo Argentino de Inversión

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