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De la habitación compartida del hostel al baño con Ricky Martin

Un fin de semana en Miami, entre el glamour de un hotel 5 estrellas y las cuchetas
Un fin de semana en Miami, entre el glamour de un hotel 5 estrellas y las cuchetas Crédito: Shutterstock
Luis Corbacho
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4 de diciembre de 2018  • 17:12

"Susana, ¡te amo!", fue lo primero que me salió cuando vi su cabellera platinada entre las cajas de bombones de una famosa chocolatería de Miami. Era Su Giménez comprando en Bal Harbour: esa icónica imagen que estamos acostumbrados a ver en las revistas desde los 90 se materializaba frente a mí como si estuviéramos en una tapa de la revista ¡Hola!

Susana, acostumbrada a -o harta de- estos episodios, actuó igual que en su programa. "Ay, mi amor, que divino, que precioso, como te quiero". Sí, Susana era Susana hasta cuando estaba de vacaciones tomando el té con chocolates y un argentino cholulo la encaraba para decirle que la ama.

¿Pero qué hacía yo con mi sueldo de periodista merodeando por los pasillos de uno de los malls más caros y lujosos del mundo? Era la semana de Art Basel y no podía estar ausente. Como ese año no me habían invitado a la famosa feria de arte (porque en el mundo artístico hoy estás arriba y mañana te clavan el azul en WhatsApp), enganché un viaje de prensa a Ciudad de México, hice un par de entrevistas y pedí muy caradura a mis sponsors que me volaran vía Miami. Cuando me confirmaron el vuelo, empecé a buscar dos o tres noches de hotel cerca de South Beach y no conseguí nada, pues estaba todo mega repleto gracias a los amantes del arte. Comencé a desesperar y le escribí a todos mis contactos de prensa. "¡Hola! Estoy en Art Basel, avísame cualquier evento que haya y si tenes algún hotelito me puedo sumar y publicamos algo".

¿Podía caer tan bajo? Sí, y más. Ante la falta de respuesta maquillada con un "te aviso" o la absoluta indiferencia de las tildes azules, tenía dos opciones: pagar una fortuna para ocupar uno de los pocos cuartos que quedaban en un hotel de lujo o terminar en un hostel con turistas apiñados. La respuesta los sorprenderá e incluye cuchetas.

Ofuscado, me encerré en la cortinita de la cama con una bolsa de snacks, me tomé algo para dormir y me puse a meditar, hasta que el cargador del celular se me cayó por el borde del colchón, directo a la cara del tipo que dormía abajo. Tuve que bajar y tratar de recuperar el cargador sin despertarlo, pero el ruso empezó a gritar como si le fuera a robar y a mí casi me da un ataque. Nada podía salir peor.

El llamado milagroso

Al día siguiente, una amiga relacionista pública atendió a mis plegarias y me consiguió dos noches en un hotel de mega lujo ubicado justo en frente del shopping donde me encontré a Susana. Recuperé las ganas de vivir y, con ellas, la pasión por bloguear.

Hice un post en Instagram: "St. Regis, ¡allá vamos! Gracias por esta experiencia so Art Basel". Como un intento de influencer psiquiátrico y megalómano, obvié por completo en mis redes la anécdota del hostel y me creí el cuento de haber sido estelarmente invitado a la semana de Art Basel.

Mi sueño de Cenicienta arrancó con un Bentley pasándome a buscar por el hostel. El auto tenía toallitas calientes en el asiento de atrás -como las que te dan en los restaurantes japoneses para lavarte las manos-, caramelos de menta y chocolate, botellitas de Evian y las september issue de Vogue y Monocle para leer durante el trayecto. Cuando llegué al hotel me recibió un mayordomo que me saludó por mi nombre (¿cómo sabía mi nombre si todavía no había hecho el check in?), me subió las valijas al cuarto y dispuso mi ropa en un inmenso vestidor. Empecé a hacerme fotos como el personaje de JLo en Made in Manhattan, en plan housekeeper impostora en busca de su príncipe azul, y bajé a la pileta a seguir blogueando. Mi mayordomo me guió a una pequeña cabaña frente al mar que parecía otro cuarto de hotel pero no era más que el equivalente a un toldo marplatense del primer mundo con cama, tele, baño, aire, mini bar y protectores solares.

A la tarde me crucé al shopping, tuve la escena con Susana y quedé tan arriba que entré a Sacks a comprar alguna cosa de oferta. Tarjeteé unos mocasines de Gucci como si no hubiera mañana y dos camisas de Ralph Lauren que estaban 50% off, redondeando un precio menor a cualquier marca palermitana con ínfulas parisinas. A la noche, en el hotel, prendí Tinder y tuve una cita con uno que pensó que yo era igual de rico que él pues compartíamos hotel de lujo, y me invitó a Makoto, donde estaba Madonna (sí, Madonna ) comiendo con un grupo después de haber dado su mini show benéfico. Quise una foto con la uno mundial para reventar mi Instagram, pero aquella misión implicaba quedar mal con mi cita, evadir a los guardaespaldas y arriesgarme a que Madonna me saque carpiendo. Mi pasión por bloguear no llegó a tanto, aunque sí pude sacarle fotos de lejos a la cantante y hacer un story muy casual tipo "acá comiendo en Makoto apareció Madonna #ArtBasel #MiamiVibes #fan #madge #LaRealOne".

La pavada no terminó ahí, y al día siguiente empezaron a aparecer por WhatsApp los muertos vivos que antes me habían clavado. "Luis, no pude conseguirte hotel porque estamos full full pero esta tarde hacemos la presentación de Art Basel en uno de nuestros emprendimientos inmobiliarios y nos encantaría que asistieras al evento. Los hosts serán Ricky Martin y Eva Longoria". ¿QUÉ? ¡Ricky qué! El corazón me empezó a latir tan fuerte que seguro tenía la presión en 18, pero nada me importaba porque esa tarde iba a conocer a Ricky en persona, Ricky se iba a enamorar de mí, dejaría a su marido de origen libanés y yo pasaría a ser a toda honra "el novio argentino de Ricky Martin".

Emocionado, publiqué un adelanto en redes: "Si hoy se quedaron heladas con Madonna, no saben a quién voy a conocer esta tarde, se mueren". Me fui al spa del hotel para tener la piel impecable en mi encuentro con Ricky, me puse los Gucci y la camisa nueva (que me terminaron costando un 50% más pues en medio del viaje vino la devaluación) y enfilé para el evento en un Uber compartido. Llegué, entré con la actitud de quien pertenece y me tomé una copa de champagne de un solo saque. Envalentonado, di vueltas por el salón hasta que me encontré con un vip del vip, donde Eva y Ricky conversaban animadamente con el magnate que los había contratado. Busqué el cruce de miradas con Ricky como el fan asesino de Versace, pero la distancia hizo imposible que me pueda registrar.

Pedí entrar al vip del vip pero no me dejaron, jugué todas mis cartas de periodista y nada, el vip era solo para invitados especiales del magnate. Ofuscado, me quedé bebiendo en la sala principal hasta que tuve que ir al baño y ahí estaba mi amor imposible, que lavándose las manos y mirándome a través del espejo me saludó en inglés, me dio una palmada en la espalda y salió corriendo para su vip. No hubo foto, no hubo amor, no hubo nada de nada, aunque el recuerdo de Ricky saludándome por compromiso quedará por siempre como el highlight de este cuento de Cenicienta.

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