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Hemenegildo Sábat, príncipe del periodismo

Lauro F. Laíño
Lauro F. Laíño PARA LA NACION
Sábat, "un ilusionado servidor del público"
Sábat, "un ilusionado servidor del público"
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4 de diciembre de 2018  • 20:14

Tengo el honor, y si cabe decirlo, el orgullo de honrar a Hermenegildo Sabat en nombre y representación de la Academia Nacional de Periodismo, de la que fue mentor e inspirador durante años y cuya Presidencia desempeñó durante tres períodos consecutivos hasta octubre último.

Junto a la representación que me asiste, quiero expresamente invocar la de mi propio afecto. Un afecto nacido de la frecuentación personal y profesional, hijo de la sensibilidad compartida con que supimos comunicarnos ,y alentado por la sabiduría que lo distinguía a la hora del consejo discreto y sapiente.

Fue Menchi un ilusionado servidor del público, y ese público resultó el noble inspirador de tantas ilustraciones que lo exaltaron a la más alta consideración entre sus colegas, inmune a las dificultades, perseverante siempre, con la sonrisa dispuesta aún contra todo obstáculo. Nunca olvidó el sentido social de las empresas de cultura que los medios constituyen, y el riesgo aventurado y venturoso que le tocaba como orientador de sus seguidores a quienes, como ilusionista del decir sin decir que era, ofrecía el poco frecuente placer de comprender sin esfuerzo.

Su arte, único, era también una lección, una paradójica sorpresa en la reiteración de sus convicciones firmes, siempre igual y siempre distinto, como el sol que nos ilumina y en la sombra dibuja escenarios cambiantes y polimorfos.

Fue Sabat un príncipe del periodismo, el noble que hasta parecía desconfiar del trazo deslumbrante para dar paso a una lacónica elocuencia, virtud que tanto aprecié como síntesis de una erudición universal, reflejo de un espíritu superior.

Eso era Menchi, un espíritu superior que sentía la fortuna y la adversidad como signos complementarios del destino. Un hombre mejor que sí mismo, adalid de la observación sutil, artista relampagueante, maestro que entendía como pocos cuánto aprendía al enseñar.

Fue un caballero con armadura. Armadura que protegía su honda sensibilidad de las asechanzas de este mundo que no es del todo para los hombres de su estirpe.

¿Cuántas veces me habré preguntado de dónde venia esa callada pasión que lo templaba con el corazón a cuestas? ¿Cuántas veces procuré desentrañar aquellos laberintos de su espíritu que lo llevaban a estar donde no estaba y no estar donde estaba?

Quienes compartimos con el querido Menchi horas de lucha y colaboración, de confianza en el valor de la libertad y de clara aspiración a una sociedad mejor y más justa, sabemos que ha dejado una diáfana herencia en la Academia Nacional de Periodismo y un surco profundo en nuestros corazones.

En la hora suprema de este adiós, me toca desconfiar de la traición del verbo. Por eso lo despido con una lágrima que no lloro, diciendo con el ademán, como al acaso, en una siembra consecuente, del valor de una vida que se ha iluminado en la muerte con la feroz melancolía de la última sombra.

Menchi, amigo y compañero, vivis en tu arte

(Discurso del Presidente de la Academia Nacional de Periodismo, Dr. Lauro F. Laíño al rendir homenaje a Hermanegilco Sabat el 4 de diciembte de 2018 en la Biblioteca Nacional)

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