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El desafío en la calle, un componente arraigado en el ADN francés

Desde 1789, Francia mantiene una tradición de movilización colectiva, a veces con actos violentos
Loic Vennin
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5 de diciembre de 2018  

PARÍS.- Salir a las calles para desafiar al poder es una "tradición" muy francesa que no siempre degenera en violencia. Sin embargo, las escenas de caos y enfrentamiento, como las que estallaron en París el fin de semana, son cada vez más frecuentes.

Augustin Terlinden, un belga de 33 años, corría por la avenida Foch, uno de los barrios más elegantes de la capital francesa, cuando se encontró frente a vehículos en llamas y barricadas. "Veo que la tradición revolucionaria sigue siendo muy fuerte en Francia", dijo con una sonrisa, antes de huir despavorido envuelto en una nube de gases lacrimógenos.

Unos 8000 manifestantes en París, más de 10.000 granadas disparadas por la policía, 133 heridos y 412 detenidos... La manifestación de los "chalecos amarillos", aquellos franceses que protestan contra la política social y fiscal del gobierno de Emmanuel Macron, estuvo marcada por una "violencia extrema y sin precedente", reconoció al día siguiente el prefecto de la policía de París, Michel Delpuech.

"París en llamas", alertaba la prensa extranjera, que vio en las escenas de guerrilla urbana una confirmación de que la rebelión hace parte del ADN de Francia, "ese país siempre tentado por la violencia", según escribió el diario suizo Le Temps.

Pero para Michel Pigenet, profesor de Historia de la Universidad de París 1 Panthéon-Sorbonne, esto no es cierto. "Las manifestaciones violentas no son una tradición francesa. Se ven también en Gran Bretaña, Alemania e Italia", afirma este especialista en movimientos sociales. "Pero lo que sí es cierto es que en Francia hay una tradición de movilización colectiva", estrechamente ligada a la historia del país, comenzando con la sangrienta revolución de 1789, en la que rodaron cabezas, explica.

"En Francia, la revolución tranquila no es algo que funcione (...). Hay una idea de que cuando el pueblo manifiesta hay que escucharlo, de lo contrario, la situación puede degenerar", abunda Pigenet.

El historiador recuerda que la Constitución de 1793 había establecido el "derecho a la insurrección, cuando el gobierno no escucha al pueblo". "La idea sigue latente", dice. "Las manifestaciones son parte de la cultura francesa", confirma Olivier Cahn, profesor de la Universidad de Tours. Y la tradición persiste ya que "a menudo ha dado resultados", agrega.

Así, varios gobiernos franceses han retrocedido tras manifestaciones violentas, creando la impresión de que son el único modo de expresión capaz de doblegar el poder.

En mayo de 1968, el salario mínimo aumentó en un tercio tras las manifestaciones en las que murieron varias personas. En 1986, el proyecto Devaquet, considerado por los manifestantes como una selectividad para entrar en la universidad, fue abandonado tras la muerte de un estudiante. En 2006, la introducción del CPE, un contrato de trabajo destinado a facilitar las contrataciones, pero criticado por su precariedad, fue retirado tras violentas manifestaciones.

"Los franceses tienen la impresión de que todos los métodos son buenos: como no escuchan, hay que encontrar otras formas", explica Michel Pigenet.

"Hay un movimiento creciente que defiende métodos más combativos que las marchas clásicas", analiza Erik Neveu, profesor de Ciencias Políticas en Rennes.

Esto explica el apoyo masivo (70% a 80%) de la población a los "chalecos amarillos", pese a la violencia de algunos de sus miembros. "Algunos simpatizan con el 'pobre comerciante' cuyas vitrinas quedaron destrozadas, pero otros piensan que es la única manera con la que se puede conseguir algo", resume Neveu.

Esto podría explicar, añade Neveu, que manifestantes hasta ahora moderados hayan participado en los desmanes. Como esos "chalecos amarillos" padres de familia que actuaron en los disturbios del sábado.

La multiplicación de los desbordes durante manifestaciones, un fenómeno cada vez más común "desde los 2000", se explica también por la "pérdida de fuerza de las estructuras clásicas que normalmente estructuran las manifestaciones", como los sindicatos, concluye Pigenet.

La protesta afecta al fútbol

La Liga de Fútbol de Francia postergó el partido que el líder y campeón defensor, París Saint-Germain, debía jugar el sábado próximo contra el escolta, Montpellier. La decisión obedece a un pedido de la policía de París como consecuencia de las protestas de los "chalecos amarillos", que convocaron a una nueva manifestación para ese día.

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