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La venganza realista, a casi dos siglos de otro 9D

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Fuente: Archivo
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4 de diciembre de 2018  • 23:59

Cuando todos creen tener la razón, el caos está asegurado. River pretendía que el partido se jugase en el Monumental y con su público, como si nada hubiese ocurrido. Boca buscaba vengarse de la eliminación de 2015 casi con obsesión. Solo les interesaba doctorarse en picardía para mostrarles a los hinchas cómo custodiaban los colores, ese sentimiento innegociable. Hipócritas. Un diario culebrón de miserias. Mentiras, desconfianza y acusaciones. Tendría que haber quedado desierta esta Copa Libertadores , un correctivo abrasivo para dos clubes con conductas miserables. Pero la Conmebol no cuenta con estatura moral para castigar a nadie. Podrían haberse reunido los capitanes, Leonardo Ponzio y Pablo Pérez , y en una conferencia de prensa rebelarse contra el circo que montó la Conmebol cuando descubrió que de las ruinas podía construir un fabuloso negocio.

Porque mientras la Argentina se debatía en sus dislates, la Conmebol le vendió la final de la Libertadores a Europa. Para confirmar sus aires de rapiña en la Copa más bochornosa de su historia. Desde entonces, todos se frotaron las manos: desde las aerolíneas hasta la reventa del otro lado del océano Atlántico. Actores centrales con discursos desconcertantes, como el presidente de la CSF, Alejandro Domínguez, que reprendió a la Argentina por su incapacidad para organizar la revancha -"debe jugarse fuera de territorio argentino porque no pueden cumplir con las condiciones de seguridad"- cuando en realidad, desde la postergación, olfateó que se le abría una oportunidad soñada. Como el mandamás de la FIFA, Gianni Infantino, que mientras celebró que la Libertadores se defina en Madrid, criticó que la Liga de España planifique comercialmente algunos partidos en los Estados Unidos. Las contradicciones atravesaron a todos y los intereses terminaron de desvirtuar la competencia.

Libertadores de América., justo cuando los espejitos de colores, a bordo de los pájaros de acero, están cruzando el océano. La batalla de Ayacucho fue el último gran combate en las guerras de la independencia hispanoamericana, fue el triunfo que rompió las cadenas con la administración española. El mariscal Sucre y la Pampa de Quinua, en Perú, entraron en los manuales de historia. Un año, 1824, y una fecha que hoy explota sarcástica: ocurrió un 9 de diciembre. Cruel paradoja, el mismo día, 194 años después. Aquella capitulación realista, esta rendición sudamericana.

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