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Lo mejor de River y Boca es el prestigio de sus barrabravas

Andrés Eliceche
Andrés Eliceche LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Nacho Sanchez
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5 de diciembre de 2018  • 17:09

Una decisión efectista recuperó el martes la discusión en el Congreso sobre un proyecto de ley que se propone penar los delitos que comenten las barras bravas. El cajoneo que había durado dos años dejó de ser tal cuando las piedras volaron sobre el ómnibus de Boca y la indignación atravesó a la sociedad. Hubo que hacer algo, interpretó el Gobierno y también la oposición, mientras todos volvían a poner las páginas sobre la mesa del Palacio Legislativo. Había cámaras, demanda periodística, interés: hagamos como que nos importa, muchachos.

Unos metros más allá de ese espacio deliberativo -en el que tampoco hubo acuerdo dentro del oficialismo para avanzar-, Rafael di Zeo utilizaba anoche sus dotes de líder de la manada para ordenar el asunto. Caminaba como un general por las calles de la Boca, delante del ómnibus que llevaría a los jugadores a Ezeiza. El fervor de los hinchas, las ganas de acercarse a Tevez -que observaba pegado al vidrio-, la despedida. Todo confluyó en ese mar de personas demorando el avance de la delegación hacia el aeropuerto. No se diga más: ahí se plantó Di Zeo, apenas unos metros detrás de Mauro Martín, el co-conductor del programa de la noche: "La 12 te guía", podría haberse llamado. La barra ofició de policía, aunque alguno pueda todavía creer que son antónimos: lo que los agentes no pudieron garantizar lo hizo la dupla de notables, y entonces el bus se perdió en la noche.

Mauro Martín sonríe, al frente, de remera negra y visera blanca. Más atrás, Di Zeo.
Mauro Martín sonríe, al frente, de remera negra y visera blanca. Más atrás, Di Zeo.

Di Zeo y Martín estuvieron en la cancha la última vez que Boca jugó en Europa. Fue unos meses atrás, apenas: el 15 de agosto, cuando el equipo se presentó ante Messi en el Camp Nou de Barcelona. Esa vez, Di Zeo debió pedir permiso para salir del país, que le fue concedido, y así pudo subir por las escaleras de ese mítico estadio. Algo que no puede hacer en la Argentina, por la prohibición judicial que pesa sobre él. Pero eso es una cosa y otra lo que le sucede entre la gente: a Di Zeo los hinchas le piden sacarse una foto como si fuera Benedetto, o Tevez, o Wilmar Barrios. ¿Estará el domingo en el Bernabéu? La justicia acaba de otorgarle el permiso que ya había recibido en agosto, no lo descarten.

Caverna Godoy, jefe de la barra brava de River.
Caverna Godoy, jefe de la barra brava de River.

El que no tiene el mismo problema que el jefe de la barra brava de Boca es quien controla a Los Borrachos del Tablón. Héctor Caverna Godoy no tiene impedimentos legales para salir del país, según pudo constatar LA NACION, a pesar de la imputación que pesa sobre él desde que allanaron su casa y encontraron 300 entradas para la final entre River y Boca y alrededor de 10 millones de pesos. El hombre, cuyo poder es infinitamente mayor que el de Matías Firpo -el único detenido por la agresión que recibió el plantel de Boca el sábado 24-, es un hilo del que todavía no se tiró lo suficiente. ¿Quién explica que haya tenido esa cantidad de entradas? ¿Cuánto tiempo lleva recibiéndolas? ¿Cómo las consiguió? ¿Dónde termina la cadena de complicidades? ¿Cuál es el camino para cortarla?

Quizás Godoy olfatee que mientras las aguas estén momentáneamente agitadas le convenga quedarse quietito. O no: si estuvo en cada viaje de River al exterior en la Copa Libertadores, ¿por qué va a perderse el asalto final? Esa lógica bien puede subirlo a un avión y hacerlo aterrizar en Madrid, epicentro argentino por estos días. Otro motivo para detenerlo podría ser advertir que en España no podrá replicar -él, ni el resto de la barra brava de River ni tampoco Di Zeo y sus amigos- el aceitado mecanismo que aquí le permite manejarse con impunidad. No podrá ninguno de ellos poner trapitos que tarifen las calles aledañas al Bernabéu, ni revender entradas, ni decidir quién ingresa al estadio aunque no tenga su ticket. No habrá ninguna conexión con la policía, ni portación de cara que les abra paso. Tampoco paravalanchas sobre el cual pararse, porque ni eso tienen allá.

Y si así y todo los barrabravas argentinos deciden cruzar el Atlántico, mejor que tengan cuidado: habrá una delegación de policías que harán lo mismo, dispuestos a custodiarlos. Ojo: llevan 100 teléfonos de última generación.

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