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Un artista visual, en palabras

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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6 de diciembre de 2018  

Hace unas semanas, y a propósito de esta misma columna en la que hablaba de un libro del fotógrafo Édouard Levé, el compositor argentino Oscar Strasnoy me hizo una observación de la mayor perspicacia sobre los artistas de un arte no verbal que, sin embargo, deciden escribir. No debería citar un mensaje personal, pero como no tiene nada demasiado personal me siento un poco autorizado a hacerlo. Me decía Strasnoy: "Es sospechoso lo bien que escriben algunos artistas, como Duchamp, como Levé, como Dubuffet, como Dalí, como Kandinsky, como Picasso, como Giacinto Scelsi, como Arnold Schönberg, como Robert Schumann, como Richard Wagner, como Juan Carlos Paz. Me pregunto si no habrá en esos talentos verbales una vocación voluntariamente desviada y justamente de esa negación y de ese conflicto con el ?talento natural', el verdadero nacimiento como artistas". Me acordé de Franz Kafka, que dijo (¿en su diario?) que había atrofiado todas las demás dimensiones de su talento para poder escribir. Días después, confirmé la impresión de Strasnoy cuando leía Oral y escrito (Fundación Proyecto al Sur), el volumen breve, fulminante, en el que el artista Eduardo Stupía recopila sus escritos. El título no podría ser más exacto: juega con la prensa "oral y escrita" y, a la vez, le hace justicia a su inteligencia, que no distingue (como pasaba con su amigo Ricardo Piglia) la palabra en el papel y la palabra en una conferencia o una entrevista.

A diferencia de la mayoría (artistas o no), siempre más pendientes de sí mismos y de su promoción personal que de lo que hacen, Stupía no abandona la, digámoslo así, "escena pública" (está siempre en muchos lugares al mismo tiempo) pero jamás habla de él: se presenta para hablar de otros o, sencillamente, del mundo, lo que comprende por fin el arte. No hay artista sin vanidad, es claro, ni hombre sin vanidad (salvo los santos, que son poquísimos), pero él logró mantener a raya esa vanidad y referirla a terceros, con una extrema generosidad. ¿Cuántas veces, en las 136 páginas, aparece "yo", esa palabra maldita? Muy pocas. Y cuando eso pasa, está subordinado, como cuando Stupía cuenta que descubrió "El Aleph" en las largas guardias que hacía para mostrar departamentos.

Hay aquí escritos sobre artistas. Uno, acaso el más inteligente que se haya escrito sobre Gerhard Richter; otro (mi preferido), la conversación con el artista Tomás Espina cuando visita su taller en Córdoba. "Espina parece un alquimista", nos dice, y tiene razón. Pero el horizonte de Stupía es literario, y eso explica su devoción por Ricardo Piglia y por Héctor Libertella. Nos dice Stupía: "En él [en Libertella] el cuerpo de la literatura, el cuerpo de la escritura y su propio cuerpo son partes dramáticamente imbricadas de una misma entidad, de un mismo, único destino".

Con todo, mi escrito preferido es el que se llama "Paisaje". Allí Stupía ensaya la autobiografía de la mirada de un artista en un conjetural viaje de Buenos Aires a Mar del Plata. Un artista no ve lo mismo que nosotros por una ventanilla (eso no es novedad), pero Stupía logra traducir esa mirada en palabras, y lo hace en tercera persona, tanto es su pudor. La conclusión es la imposibilidad del paisaje para el pintor, justamente en su caso, que abunda en paisajes desplazados, descentrados, imaginarios, como las cárceles de Piranesi. Le cedo la palabra: "Ha perdido el paisaje. Más aún, y una vez más: ya no hay paisaje. Sin embargo, no tiene otra herramienta, otro discurso, otra opción: no sabe hacer otra cosa que salir a buscarlo".

Unos de nuestros artistas mayores es también uno de nuestros escritores mayores, como pasaba con Gerardo Gandini, o con Paul Klee, que escribían tan bien como hacían sus artes principales. Hay ahí toda una lección de humildad para quienes se la creen por una columna de algunos centímetros de papel en un diario, como esta misma. Los maestros nos dan no solamente lecciones técnicas, sino éticas. Gracias.

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