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Los coletazos a escala mundial del G20

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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6 de diciembre de 2018  • 01:46

La reciente reunión del G20 en la ciudad de Buenos Aires es ya parte de la historia. Quedó atrás. La actuación del presidente Mauricio Macri y de su eficaz equipo de trabajo en representación del país anfitrión, resultó absolutamente impecable. Por sobria, serena, eficiente y, a la vez, sencilla. Por ello, esa reunión contribuyó a afirmar la excelente imagen externa de la que ciertamente goza nuestro presidente, en el mundo entero.

No obstante, el documento final acordado por los miembros del G20 terminó siendo, como era de anticipar, bastante lavado. Escaso en materia de sustancia. Así lo habían anticipado algunos observadores especializados, como el influyente Financial Times en su editorial del 24 de noviembre pasado.

El presidente de Estados Unidos y el de China aprovecharon, sensatamente, la oportunidad de estar al mismo tiempo en Buenos Aires para reunirse cara a cara. Esto ocurrió el 1º de diciembre y tuvo como consecuencia la celebración de una suerte de tregua con la que se intenta postergar la anunciada imposición de nuevos gravámenes arancelarios por parte de los Estados Unidos a las importaciones provenientes de China, lo que hubiera agravado las disputas comerciales en curso.

Estados Unidos anunció concretamente, tras el esperado encuentro bilateral, que demorarán por 90 días su amenaza arancelaria, edificando así un espacio para negociar. Por su parte, China reiteró su compromiso de aumentar sensiblemente las importaciones norteamericanas, especialmente las agrícolas y energéticas, con el propósito de disminuir el fuerte déficit comercial norteamericano. Además convino en dejar sin efecto los derechos de importación a los automóviles norteamericanos, del orden del 40%, que fueron impuestos como respuesta a la decisión china de no comprar soja norteamericana.

A esto último se suma el hecho de que China finalmente aceptó dialogar sobre una serie de cuestiones bien sensibles, respecto de las cuales hasta ahora se había negado a conversar tales como: el respeto a la propiedad intelectual; la apertura real de su mercado doméstico; y las transferencias "forzadas" de tecnología por parte de las empresas extranjeras que se instalan en China. Se construyó entonces la referida tregua, pese a que los dos grandes países empeñados en la guerra comercial continúan aún muy distantes respecto de la posibilidad de alcanzar un acuerdo sustantivo en materia comercial. Las negociaciones entre China y Estados Unidos continuarán entonces en busca de un acuerdo firme que satisfaga a ambas partes.

El documento final que fuera suscripto por los participantes en la reciente reunión del G20 admite, sin demasiado margen para las dudas, que el sistema comercial multilateral "ha fallado en sus objetivos". Por esa razón, señala que "hay espacio para mejorarlo", reformando la actual "Organización Mundial del Comercio".

Sin embargo, no hubo condena directa alguna al proteccionismo y ni siquiera se criticó a quienes hoy lo practican activamente. En rigor, el tema central que hoy divide al mundo quedó, en consecuencia, postergado. Aunque se convino en no adoptar medidas adicionales que profundicen la actual hostilidad comercial.

Parece casi obvio que las conversaciones sobre la posible reforma de la "Organización Mundial del Comercio" no pueden postergarse demasiado. Si ellas no comienzan pronto, la guerra comercial previsiblemente se reactivará, generando los perjuicios adicionales consiguientes, que hasta ahora han sido evitados.

Nuestro país eligió, con razón, estar a favor de la apertura y del multilateralismo, recordando insistentemente -a todos por igual- que el camino es el del diálogo y la cooperación y no el de los enfrentamientos entre las dos primeras potencias del mundo, que repercuten adversamente en todos.

Lo hizo en medio de una actuación notable, en la que pudo mostrar claramente su mejor perfil, aquel capaz de enamorar a terceros con alguna facilidad. El de la sensatez y la seriedad. Por esto, la dimensión exterior de Mauricio Macri, que ya era excelente, se consolidó ante todos quienes, desde el mundo entero, nos visitaron.

Pero el problema argentino no pasa sólo por allí, sino por asegurar la futura marcha coherente de un programa de gobierno que ha merecido el apoyo de muchos de quienes nos visitaron. No es tarea fácil. Y se ha postergado.

Nuestro país sigue jaqueado por un exceso de gasto público y por una amenazante inflación que a todos nos desvela. Con tasas de interés del orden del 70% anual, que son consecuencia natural de ello y que nos perjudican enormemente. A lo que se suma que el salario real apunta a registrar una caída del 11% en tan sólo el último cuatrimestre del año en curso.

Estamos camino a elecciones nacionales en un ambiente recesivo en el que nuestra economía aún se contrae. Es más, la posibilidad de cierta reactivación en el nivel de actividad económica aparece recién en el segundo trimestre del año que viene, razón por la cual muchos suponen que lo que efectivamente suceda en los últimos 100 días previos a la elección presidencial del 2019, podría ser crucial e inclinar la balanza a favor de unos u otros.

Para Mauricio Macri será, creemos, esencial mantener continuidad en el rumbo económico. Pero lo que el presidente necesitará no son sólo endosos desde el exterior, por importantes que ellos sean para poder construir la confianza requerida. Necesitará el apoyo mayoritario de sus propios conciudadanos, aquellos que no deseen volver a un pasado que terminó empantanándolos en el atraso, el aislamiento y la recesión.

Gobernar es, en esencia, saber corregir a tiempo el rumbo trazado, saber aplicar los ajustes que las circunstancias puedan requerir a la estrategia originalmente adoptada, aquella que el mundo parece haber aplaudido, pero que demasiados de nosotros todavía cuestionamos pese a que somos conscientes de que el mayor peligro que corremos es el de volver a tropezar con las piedras del populismo y de los resentimientos, las mismas que en el pasado han logrado torcer nuestros derroteros.

La excelente actuación de nuestro gobierno en el seno del G20 nos ayuda a soñar, pero eso obviamente no nos alcanza. Lo que necesitamos es avanzar con conducta, lo que en definitiva depende siempre de nosotros mismos.

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