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River-Boca, intereses de Núñez a Madrid: todo lo que pasó en medio de la final más larga del mundo

.Póquer de dirigentes: Tapia, Angelici, Domínguez y D´Onofrio
.Póquer de dirigentes: Tapia, Angelici, Domínguez y D´Onofrio Fuente: LA NACION - Crédito: Emiliano Lasalvia
Cristian Grosso
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6 de diciembre de 2018  • 23:59

Todo comenzó con un diluvio el 10 de noviembre, pero aquella apenas sería una foto de color en una vergonzosa película de dislates; siguieron piedras, gases, botellazos, informes médicos contrapuestos, renuncias, presiones políticas, internas policiales, descargos, abogados, victimismos, barrabravas... y la mudanza al estadio Santiago Bernabéu. La final más larga del mundo, el superclásico eterno, concluirá 29 días después de aquel 2-2 en la Bombonera, que ya parece de otros tiempos. Desde entonces, nada salió bien.

River-Boca: escritorio, traición y una relación rota

Tras cinco horas de intereses cruzados, con un Monumental repleto, a las 19.22 del 24 de noviembre se suspendió la revancha por la Copa Libertadores. Poco antes de las 15, el ómnibus que trasladaba al plantel xeneize había sido emboscado por hinchas de River en avenida del Libertador y Lidoro Quinteros, dejando heridos a algunos futbolistas por el estallido de un par de vidrios. Una esquina extrañamente desprotegida por las fuerzas de seguridad. Desde entonces, se desató un sinfín de enredos. La Conmebol insistió hasta el borde de la amenaza con jugar de cualquier modo, incluso el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, siempre acompañó el indisimulable deseo de Alejandro Domínguez, mandamás de la CSF, de coronar un campeón en Núñez. La voluntad de River, entendiendo la desventaja deportiva que sufría Boca, descomprimió la atmósfera.

En las entrañas del Monumental sellaron que al día siguiente se resolvería la Copa. Pero esa madrugada del domingo 25, Boca activó su cuerpo de abogados para ganar la Copa en el escritorio. Al día siguiente nadie jugó: Boca no estaba en condiciones de competir en igualdad de condiciones. Y empezó a escribir fojas, mientras Rodolfo D'Onofrio aseguraba que el desquite se jugaría en River y con público. Desde entonces, la relación institucional se tensó como nunca. Cada club hizo sus descargos en Asunción, mientras la Conmebol ya confirmaba que la finalísima se jugaría el 8 o 9 de diciembre, en el extranjero. "Deja de presentar carillas, vení a jugar, me diste tu palabra", azuzaba D'Onofrio a Angelici, en el clímax de tirantez. La palabra de Claudio Tapia, presidente de la AFA, jamás la escucharía nadie.

Aunque Boca siguió reclamado los puntos, insistiendo con las similitudes con el caso 'gas pimienta' de 2015, la Conmebol falló en contra de los xeneizes. River recibió 400 mil dólares de sanción y, el 29 de noviembre se confirmó que también perdería la localía: la final se mudaba al estadio Santiago Bernabéu. No volvieron a cruzarse D'Onofrio y Angelici. Hasta algo se quebró entre Marcelo Gallardo y Guillermo Barros Schelotto, decididos por Núñez a no disculpar una traición.

Las urgencias de Mauricio Macri en pleno G-20

Aunque los organismos de seguridad se esforzaron por maquillar los errores en el operativo policial, rodó un funcionario: renunció Martín Ocampos, secretario de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires. El presidente Mauricio Macri y la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, negaron una interna policial o una zona liberada en la descuidada esquina de Libertador y Quinteros. El Presidente acusó a "parte de la dirigencia que apaña como una conducta razonable tiras piedras". Él recorrió ese mundo desde la conducción de Boca entre 1995 y 2008. Y a días de que la ciudad estuviera sitiada por el G-20, el primer mandatario también cuestionó a la Justicia: "¿Cómo puede ser que esas personas estén libres a las horas? No lo entiendo". Para la fiscal Adriana Bellavigna, que investiga el caso, hay piezas sueltas: "Es posible que haya habido zona liberada, algo pasó".

El momento más urticante para Macri estaba por llegar. La desprestigiada Conmebol le marcó la cancha al Estado argentino: "No están dadas las condiciones para que se juegue en la Argentina", disparó Alejandro Domínguez. En la Casa Rosada se tomó la noticia como una afrenta. A días de que los principales líderes del planeta pisaran Buenos Aires, D'Onofrio, herido por la pérdida de la localía, relató públicamente una alianza con Macri para impedir la mudanza. Macri tomó distancia y ordenó "no intervenir". No volará a Madrid.

Tras el G-20, Macri volvió sobre el superclásico: "Lo que pasó en la confitería de River con las autoridades [la agresión a los dirigentes de la Conmebol y de la FIFA] es más grave que lo que pasó en la calle. Eso denota una degradación", consideró Macri. El problema es más profundo que el lugar donde detonan las agresiones. A 10 días de los piedrazos fue detenido uno de los protagonistas del ataque sobre el ómnibus xeneize: Matías Firpo. Según fuentes de la Policía, integra "La Barra del Oeste", la facción disidente con "Los Borrachos del Tablón". Y mientras tanto, ¿Rafael Di Zeo? La Justicia le permitió viajar a Madrid.

Un mar de críticas detrás del Atlántico

"Ahora se tienen que ocupar ustedes", bromeó Mauricio Macri con Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, en pleno G-20, al día siguiente de que la Conmebol decidiera llevar la final de la Copa Libertadores al estadio Santiago Bernabéu. Sánchez nunca escondió su entusiasmo. Hasta se expresó en su cuenta en Twitter: "España está dispuesta a organizar la final de la Copa Libertadores entre Boca y River. Las FCSE y los servicios implicados, con amplia experiencia en dispositivos de este tipo, trabajan ya en el despliegue necesario para garantizar la seguridad del evento", publicó. La áreas de seguridad españolas se quejaron por el breve lapso para diagramar un operativo que tendrá 5000 efectivos, contra los 3000 que demanda un Real Madrid vs. Barcelona.

"Madrid nos brinda todas las garantías para la organización de este evento en un contexto de circunstancias excepcionales. España es el país que tiene mayor comunidad de población argentina en el mundo, su aeropuerto es el que tiene más conectividad con Latinoamérica en el mundo", argumentó Domínguez y enseguida se desataron críticas desde todos los rincones del mundo.

La mudanza transoceánica despertó múltiples rechazos. "Es la vergüenza más grande que vi", disparó el brasileño Dani Alves. "Nos acaban de quitar el superclásico, será el amistoso más caro de la historia", apuntó Juan Román Riquelme. "River-Boca en el Bernabéu. No podemos ser cómplices.", tuiteó Gabriel Batistuta. "Nos estamos dejando robar el superclásico", atacó Gustavo Alfaro, DT de Huracán. "Señores Angelici y D'Onofrio, no pueden jugar la final en Europa, defiendan la Libertadores de América, es el orgullo del fútbol sudamericano. Al final van a ser los payasos del circo, liderado por la 'Corrupbol' de Domínguez. Sean serios", tuiteó José Luis Chilavert. "Nos sacaron la ilusión de dar la vuelta en el Monumental. Son tres locos atrás de un escritorio que no entienden nada", descargó Carlos Tevez al pisar España. "Se jugará en Madrid, que es también un poquito Sudamérica", intentó suavizar Infantino con su discurso en el G-20. Y a nadie le hizo gracia.

Después del caos, el negocio perfecto de la Conmebol

Una vez que la Conmebol definió desplazar la revancha al extranjero, se abrió la rueda de negociaciones. Ante algunos interlocutores privilegiados, Alejandro Domínguez habló de "un plan maestro", que dejaría al fútbol sudamericano en un mejor lugar. Lejos de la violencia del Monumental, cerca del espectáculo. Ese lugar, se sabría más tarde, era una de las catedrales del fútbol: el Bernabéu.

Apareció Doha, la capital qatarí. Qatar Airways es socia de la Conmebol como aerolínea oficial de sus torneos. "Nosotros no podemos dejar a nuestros socios de lado", suele escucharse en la sede del fútbol sudamericano, a pocos metros del aeropuerto internacional de Asunción. Qatar aportaba todo: petrodólares para el campeón y el subcampeón. Y más petrodólares para financiar los traslados. "Era la oferta ideal en otro contexto. Nos hubiera encantado que la primera Libertadores a final única se hubiera definido en Doha", dijeron en la Conmebol.

¿Y Miami? A la ciudad más importante de la Florida la negó Carlos Cordeiro, presidente de la US Soccer. Era la preferida de los dueños de los derechos de TV: Fox Sports. El antecedente de la Copa América del Centenario, que tuvo un rendimiento comercial excelente en 2016, abonaba la teoría de la ciudad de las mil playas como sede del partido. Y contaba con el Hard Rock estadio con todas las comodidades para el público.

"Doha es complicada para los hinchas argentinos, estamos buscando una solución más cercana", fue la frase que eligieron las fuentes de la CSF para describir por qué Qatar no tendría la final. ¿Medellín? Ofrecida por su propio alcalde, tenía en su favor la fuerte relación entre Domínguez y Ramón Jesurum, presidente de la Federación colombiana. ¿Asunción? Siempre fue el backup, por si alguna de las anteriores se caía.

Un día antes de anunciarlo, Domínguez ya tenía el visto bueno de su amigo Florentino Pérez, presidente de Real Madrid. Y luz verde de la FIFA y la UEFA. El "plan maestro" era una realidad. La Copa Libertadores, sí, de América, se definiría en Europa.

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