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Ya sin golpes, quedó el fracaso económico

Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
Sergio Suppo
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9 de diciembre de 2018  

"Ustedes defaultearon la deuda en 2001", le recordó Christine Lagarde a Mauricio Macri durante la reunión del G-20. El Presidente quería saber por qué no bajaba según sus expectativas el riesgo país para repetir, basado en algún dato más allá de los abrazos de sus pares, su nueva frase preferida: "El mundo está con nosotros, nos quiere ayudar".

La jefa del FMI no pudo menos que recordarle a Macri que el pasado también participa de la salida de una nueva crisis argentina. Los presidentes de un mundo inestable acompañan al Gobierno en su intento, sin dejar de recordarle que lo hacen para evitar que la enfermedad crónica de su economía vuelva a ser contagiosa.

Hay razones que abrieron una circunstancia para el salvataje conjunto que intentaron países enfrentados como Estados Unidos y China. Donald Trump necesita a Macri porque quiere aislar todavía más a Venezuela; Xi Jinping busca afianzar el ingreso de China a la región como reaseguro de las materias primas que demandará su economía en expansión.

Pero ahí están los cíclicos antecedentes de derrumbe y recuperación peleando con obstinación con el potencial nunca desarrollado del país. Mañana, cuando se celebren 35 años ininterrumpidos de democracia, el país encontrará que el triunfo esencial consistió en dejar atrás la inestabilidad política de más de 50 años, entre el golpe militar de 1930 y el final de la última dictadura, en la primavera de 1983.

La gran cuenta pendiente que quedó es la combinación de modelo productivo vencido, bajo crecimiento y alta inflación, sin que hasta hoy ninguna de las muy diferentes recetas aplicadas pudiese remediarla. Todas las crisis políticas que surgieron en democracia tuvieron su origen en colapsos económicos y fueron resueltas con los recursos institucionales del propio sistema. Los levantamientos carapintada, más que crisis, expresaron el final del partido militar, un fenómeno que también puede verificarse en las últimas décadas en los demás países de la región.

La fama de incumplidores nos persigue, pero más nos determina la recurrencia al fracaso económico. En los cuadros que comparan la manera discontinua y la demora con las que la Argentina creció en comparación con América del Sur, también puede verse la dolorosa transformación social del país. El continente sigue siendo la región más desigual del mundo, pero esos contrastes brutales se han atenuado en las últimas cuatro décadas. Al contrario, el país agrandó su brecha social y consolidó indicadores de pobreza que países como Chile y Brasil lograron remover por caminos políticos y métodos económicos diferentes según cada caso.

La involución económica y social de la Argentina forma parte de legado más oscuro de quienes gobernaron en estos 35 años. Esa involución había empezado antes, al despuntar los años 70, y la dictadura empeoró todavía más un proceso de deterioro que se afianzó en democracia.

Ahora que en el mundo son furor los candidatos que prometen regresar a un pasado mítico de días felices, vale recordar que el país tiene como desafío quebrar la tendencia de tantos años de fracasos. Trump prometió a la clase media baja regresar al tiempo de sus abuelos; Bolsonaro ganó prometiendo mano dura para reponer la seguridad perdida, como si Brasil la hubiese tenido alguna vez. En Europa crecen los partidos que ganan votos sembrando la añoranza de identidades nacionales afines al racismo.

¿Qué añoranzas tendremos los argentinos para votar el año que viene? Hay momentos en los que no conviene mirar hacia atrás, ni hacia los costados. Este puede ser uno de ellos.

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