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Diana Fernández Irusta
Fuente: Reuters - Crédito: Edición fotográfica Dante Cosenza
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7 de diciembre de 2018  

BANGKOK, TAILANDIA.- Apenas dos, tres elementos, y está contado todo. Los mangos en exposición, alineados y a punto, listos para tentar compradores desde esta tienda ubicada en algún rincón de Bangkok. Y el gato plácido, abismado en sí mismo, sumergido en el más tranquilo de los sueños. Gato cuidado, el de la caja de madera, modesto colchón de diarios y collarcito naranja al cuello. Gato mecido por unos cuantos cuidados; habitante confiado de un mundo, el humano, que no es estrictamente el suyo, pero como si lo fuera. Los gatos, a veces, son como el agua: basta que se genere un vacío, para que ellos lo ocupen, cuerpo, patas y lomo hechos uno con el espacio que eventualmente los contenga. Pero algo nos dice que en este caso no hubo ocupación espontánea, sino guiño amoroso: alguien cedió gentilmente el espacio, alguien lo aceptó prontamente. Y todos se supieron en comunidad.

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