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¿Cambiemos tendrá su G20 o tiene fecha de vencimiento en 2019?

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
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6 de diciembre de 2018  • 23:36

Todo es efímero en la Argentina. Después de las burbujas de la cumbre del G20, para el Gobierno llegó la cruda realidad de la política local y de las internas desatadas en el oficialismo.

El oficialismo nunca deja de sorprender por su capacidad para boicotearse sus buenos momentos. Notable espíritu autodestructivo. Como para preguntarse ¿habrá G20 para Cambiemos? ¿La coalición oficialista, al menos como se la conoce, llegará las elecciones de 2019 y seguirá después? ¿Sera la coalición más exitosa de la historia política argentina, como dice Marcos Peña?

Hay una primera respuesta. Salvo que pase algo hoy imposible de prever o que en la planilla del balance de Macri y Peña haya algunos que aporten más ruido que adhesiones y votos, hasta el fin de 2019 van a estar todos los que hoy integran el oficialismo. Las expectativas de triunfar y de mantenerse en el poder son el mejor aglutinante para cualquier fuerza política y pueden siempre más que las diferencias que llevan a la intemperie. Ni hablar de queda como padre de una derrota.

El caso más emblemático y más estridente de estos días es, como casi siempre, el de Lilita Carrió, que llegó a decir que no le "importa lo que opine el Presidente" y disparó infinitas interpretaciones y elucubraciones sobre cuán lejos o cerca se encuentra esta vez de romper Cambiemos.

Sus íntimos dentro y fuera del Gobierno no dudan: está decida permanecer, está decida a llevar a Macri a su reelección. Se lo dice a todos los que hablan con ella. Carrió argumenta que ella sólo marca las diferencias, sobre todo con lo que entiende que son cuestiones de fondo, que hacen al contrato fundacional de Cambiemos, aunque provoquen sismos.

El problema es que las disonancias de Carrió de estos últimos días exceden el protocolo de Patricia Bullrich para las fuerzas de seguridad o con que se habilite el financiamiento de empresas a las campañas electorales. Todo viene de mucho más lejos, tan lejos que hace más de 2 meses que ella no habla con el Presidente, tan lejos que la charla que tuvo con Marcos Peña no la dejó satisfecha ni la hizo deponer ningún reclamo. Se queja de cosas más profundas que hacen a la praxis tanto como a los principios.

En primer lugar, la falta de consulta sobre algunas decisiones o medidas dispara reacciones inmediatas de su sistema inmunológico. Después, viene el argumento racional: que no la consultan sobre cosas que están en el acta fundacional no escrita o el menos en el espíritu de ese contrato de Cambiemos de la que se considera y la han hecho sentir parte esencial

Entre esos principios violados inscribe, con algunos ejemplos, la lucha por la transparencia sin distinciones entre amigos, adversarios, familiares, adherentes o sponsors.

En ese contexto ella reclamó explícita y públicamente la salida del ministro de Justicia, Germán Garavano, pero Macri se la negó y le reforzó su apoyo. Antes y después, exigió avanzar sobre el ahora ex presidente de la corte Ricardo Lorenzetti. El Presiente apenas le concedió la jugada de sacarle la titularidad del tribunal y, casi inmediatamente después, invitó a Lorenzetti a comer a la quinta de Olivos. Un menú por pasos que indigestó a la diputada cuando se enteró. Pequeñas muestras de una familia disfuncional, como suele denominar Peña a Cambiemos, cada vez que se desata un cortocircuito público. También, una forma de minimizarlos.

Por ahora no le falta razón al jefe de Gabinete, por ahora Cambiemos se contorsiona y erupciona, pero no se rompe. Es que Carrió por primera vez se siente parte de un proyecto de poder, aunque a veces no sea parte de las políticas de gobierno. Ella asume el rol de restauradora de la república violada por las administraciones K y está convencida de que este mandato es la oportunidad; Cambiemos, la herramienta, y el gobierno de Macri, el camino.

Eso es lo que hace que no se vaya, dicen los que la quieren, para quienes ella hace todo con buena intención, para mejorar este gobierno. Macri y Peña dicen que le creen. No restar para reinar.

El roscazo de Monzó

Sin embargo, no fue sólo la disruptiva diputada la que plantó diferencias públicas sin filtro durante esta semana. También Emilio Monzó, apenas reelegido como presidente de la Cámara de Diputados, se dio casi todos los gustos de decir en público mucho de lo que tenía atragantado de estos tres años de gobierno cambiemita, de expresar cuánto se diferencia de la praxis política de Macri y de su alterego Peña.

Infinidad de políticos, empresarios y periodistas han escuchado infinidad de veces a Macri diciendo cuánto lo aburre, le molesta y desprecia "la rosca política". Monzó no sólo la defendió, sino que la reivindicó y hasta la conceptualizó ante sus pares tras lograr su segunda reelección elogiado casi por unanimidad: "Reivindico la rosca política. En base a la rosca se generan las confianzas para sacar un país adelante. Y eso no se hace de manera virtual ni con las redes: se hace de manera personal".

Algunos creyeron ver como destinataria a Carrió y sus tuits, dado el rechazo de la diputada a votarlo. Ese fue sólo un efecto colateral, en todo caso ella figuraba en el rubro "con copia oculta" (CCO) de ese mensaje explícita y deliberadamente explosivo. El Presidente y el jefe de Gabinete sabían a quién les hablaba.

No sorprendió que con sus gestos suscribiera ese discurso el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, el titular del bloque de Pro en Diputados, Nicolás Massot, y la archirrival interna de éste, Silvia Lospennato. O los legisladores radicales, inscriptos desde hace tiempo entre los disconformes sin boza, a los que la parrillada de lujo que compartieron con Peña anteayer sólo satisfizo su aparato digestivo, pero de ninguna manera tranquilizó a su sistema político central.

Los radicales siguen sin tener en calro varias cosas, entre otras si prosperará o no la idea de aliarse con oriundos del.peronismo con chances de ganar en algunas provincias en las que ellos aspiran a liderar las candidaturas. Los sospechosos son para ellos Frigerio y Monzó. Ahora su aliado es Peña. Cosas de la política.

Ninguno de ellos modificará en el futuro lo que piensa, pero seguirán en ese espacio de poder durante todo el año próximo, a pesar de la fatiga de materiales de la que ya dan cuenta y no disimulan. Nadie quiere ser acusado de ser el que rayó la pintura del vehículo electoral de Cambiemos.

Varios de ellos, en cambio, ya avisaron que si se logra la reelección no los cuenten, mucho antes de que nadie pusiera en duda si tendrían un lugar en 2020. Monzó fue el primero. Frigerio quiere incluirse en su equipo.

Cuesta imaginar cómo sería ese segundo gobierno de Cambiemos sin muchos de los que están desde el primer día. Como bien dijo uno de los integrantes de la mesa política macrista los desafíos tal vez no sean menores de los que ya tuvo que enfrentar.

"A diferencia del menemismo y el kirchnerismo, que hicieron todas las reformas estructurales en su primer mandato, a Macri le quedarán muchos grandes cambios por hacer durante el segundo, al que va a llegar con el desgaste de los cuatro primeros años. Además, muy probablemente, deberá gobernar con una minoría agravada en el Congreso, también en contraste con aquellos que tenían mayoría en las dos cámaras", advierte el oficialista.

No parece poco, entonces, saber desde ya que Cambiemos no contará en su eventual segundo turno con dos de sus mejores negociadores políticos, que hicieron posible la aprobación de buena parte de las leyes más necesitadas por el Gobierno.

Nadie puede asegurar tampoco, sino más bien poner en dudas, que Carrió seguirá apuntalando a Macri en 2020. Ni cómo seguirá la alianza por conveniencia más que por convicción con el radicalismo.

De cara a ese futuro, habrá que sumar las diferencias que hoy tiene con Peña esa sociedad indisoluble formada por María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta.

Pero para todo eso falta demasiado. Las certezas de hoy ya son suficientes para decir que Cambiemos 2020 será bastante distinto que el de ahora, aunque una reelección logre mantenerlo con vida.

Por ahora, todos en el Gobierno procuran que las diferencias no alteren la paz que el éxito del G20 le dejó. Hasta ahora la cumbre logró bajar la temperatura que se pronosticaba para diciembre. Nadie esperaba que desde adentro del oficialismo empujaran hacía arriba la línea del termómetro. Al menos, no tan pronto.

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