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El gigante de Rosario que tanto esperó este grito: el íntimo festejo de Central y la gran definición

Zampedri, el grito de la ilusión
Zampedri, el grito de la ilusión Fuente: LA NACION - Crédito: Marcelo Aguilar
Ariel Ruya
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6 de diciembre de 2018  • 23:36

Un grito sagrado. Único, irrepetible, inolvidable. Una de esas historias que son para siempre, Rosario Central. Un título que esperó 23 años, casi una vida. El gigante del interior es el campeón de la Copa Argentina. Al fin, Central. Después de tres subcampeonatos, se le dio. Con la angustia, con la adrenalina, con la emoción de los penales. Así se festeja más alto, más fuerte. Mucho mejor. Con Jeremías Ledesma, el arquero, que tapó un penal. Con la efectividad de todos, con las lágrimas de todos, luego de empatar 1 a 1 con Gimnasia y ganar 4-1 en la definición.

Es un triunfo enorme, sobre todo, para Edgardo Bauza. "Vuelvo para ser campeón", dijo, tímidamente, luego del breve y traumático paso por la selección. A los 60 años, cumplió el sueño de pibe: salir campeón como jugador y, ahora, como DT. Resulta el premio a una digna trayectoria, que suma dos Copas Libertadores (con Liga Deportiva Universitaria de Quito en 2008 y con San Lorenzo en 2014), otros lauros y la recompensa mayor que, tal vez, sea el cierre perfecto para una carrera basada en el estudio táctico y la pasión.

Supera el estigma Central de las tres finales perdidas. Excelentes campañas que acabaron en la antesala de la celebración. En 2014, con Miguel Ángel Russo, perdió por 5 a 4 con Huracán en los penales, luego de un 0-0 en los 90 minutos. En 2015 y 2016, con Eduardo Coudet, también llegó al encuentro decisivo. Y cayó de pie, con Boca y River. La historia con el equipo xeneize terminó en bochorno, por la pésima tarea del juez Diego Ceballos en un 2 a 0. Una temporada más tarde, trastabilló en un eléctrico partido, que terminó 4-3. Central nunca bajó los brazos, jamás se quedó en la angustia de lo que pudo haber sido. Es gigante, sobre todo, para escapar de los demonios de las derrotas, de los pesares. De 2010 a 2012 se tomó un tiempo en el ascenso.

Y siguieron los años sin títulos, un dolor inmenso. Un grande que excede el marco de los cinco poderosos. Su última vuelta olímpica había sido en la Conmebol 1995, cuando levantó un 0-4 en el Mineirao, frente a Atlético Mineiro. Arroyito fue una fiesta sin igual detrás de una misión imposible. Logró el mismo resultado y ganó por penales, sostenido por la magia de Vitamina Sánchez, el Negro Palma y Polillita Da Silva. Sobre todo, sostenido por el Viejo, por Angel Zof, el conductor del sentimiento. El mismo que había creado el último título doméstico, el de la temporada 1986/1987.

Es, de algún modo, un homenaje a Don Angel. Al Negro Fontanarrosa, el humorista que trascendió las fronteras de Rosario, como tantas otras glorias de la cancha, de los bares y de los escenarios, que le imprimieron la impronta azul y amarilla. Canalla, centralista, nacida desde la necesidad, cuna de la esperanza.

Tensión, nerviosismo y una fuerza de voluntad arrolladora. Central y Gimnasia crearon una interesante obra de suspenso, con la prepotencia de la defensa, en primera medida y con la astucia del ataque, cuando el escenario les permitiera un resquicio. Gimnasia mostró credenciales más audaces, más pujantes, pero la carta natal de Central exhibió un pragmatismo a toda prueba: una llegada -y media- durante la primera mitad, un gol. Zampedri, el artillero que tomó la posta de Marco Ruben, ausente en buena parte de la temporada.

El Lobo se desesperó a medida que el Canalla se sintió a gusto, cerca de su área y dispuesto para el zarpazo. La Copa Argentina se reencontró en la finalísima con dos versiones humildes, lejos de Boca y River. Lejos de los millones, con la fuerza del corazón, de las entrañas del sentimiento.

Una salida en falso de Gil -no estuvo en plenitud física- le permitió a Gimnasia crear un ideal y veloz contraataque, que terminó con una buena definición de Lorenzo Faravelli, una de las figuras del Lobo.

Hasta que llegaron los penales. El método perfecto del Patón y de Central: pasó en cuatro instancias por esa vía. Llora Central, el gigante que volvió una noche.

Por: Ariel Ruya

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