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River campeón de América: un resplandor eterno que ilumina el continente

Andrés Eliceche
Andrés Eliceche LA NACION
Fuente: AP
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9 de diciembre de 2018  • 19:57

¿Cómo se gestiona la felicidad? ¿Y la tristeza? Con toda la exageración y la barbarie de la que es capaz, el fútbol y sus vicios dispusieron este imperecedero domingo 9 de diciembre de 2018 que River y Boca culminaran en Madrid una larguísima escena de patetismo, en la que al principio de todo lo más importante parecía ser este bendito juego: ponerle un nombre y apellido al nuevo campeón de la Copa Libertadores (ex de América). Caminaron juntos, más juntos que nunca, por el limbo escrutador hasta que tuvieron que separarse. Fue cuestión de segundos, los que tardó el colombiano Juan Fernando Quintero en hacer el gol que ya es foto, video y meme, y entonces las puertas se abrieron para siempre. Porque ese fue el el gol que se coló a golpes de emoción, más allá de que la cuenta se haya detenido en tres. Ya no hay mañana en esta historia, por fin. El presente reluciente es de River

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Lo malo del éxtasis es la certeza de que cuando pase, no habrá manera de volver a él. ¿Lo pensará ahora Jonatan Maidana, 7 años, cinco meses y 14 días después de esa tarde en la que se fue a la B? Nada como su figura para explicar la parábola que describió River en esta era, la mejor de toda su riquísima historia: a sus 33 años, es el único sobreviviente de aquel buque hundido en el fango del descenso. Quizás por eso salte no tan desmesuradamente: hasta en este momento su bajo perfil es una marca registrada. River se sabe feliz porque viene de allá, de aquella afrenta a su historia. No puede explicarse este día prescindiendo de aquel. No. Y eso amplifica el placer y el revoloteo de las mariposas en la panza de los pocos miles de hinchas que están en el Bernabéu y los millones lo vivieron a una distancia forzada e imperdonable. Pero ni unos ni otros saben mucho qué hacer, en realidad. Porque administrar felicidad es más difícil que lamerse heridas.

Si en el cielo de ese majestuoso estadio -indigno de una final de América, también- hubieran desfilado todos los próceres de River, entonces ya habría que hacerle a Marcelo Gallardo un lugar al lado de Ángel Labruna, el ícono de 117 años de historia.

Fuente: AP

No hay nadie más venerado en esta hora histórica. Gallardo aglutina a River como nadie. Su influencia trasciende esto del fútbol, la táctica, la estrategia y los goles. Su capacidad como entrenador, probada tantas veces antes, es un disparador hacia otros aires. River todo se encolumna detrás de su pequeña figura, en él creyeron cuando parecía que el camino a la final se cortaba en Porto Alegre. Y a veces, nunca como hoy, resulta difícil establecer en la consecución de un éxito como este cuánto de mérito hay del que dirige y cuánto de los que lo siguen. Porque los jugadores, los hinchas y los dirigentes se alimentan de la fe de Gallardo, y en ese acto generan un mérito propio, que a veces ni advierten. A este lugar los ha traído este hombre, que da un paso hacia adelante y se sienta en primera fila con Labruna. Aunque haya seguido la final desde un palco, abrigado contra los fríos europeos. Hasta en eso el desenlace es ridículo.

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¿River pierde? Solo por algunos minutos. El equipo está construido para transformar la desventura en su propulsión, en un trampolín de rebeldía. ¿River pierde? Se reinventa. Por eso los millonarios y la vendetta se encontraron con perversa complicidad. Con ese sabor dulzón que nunca empalaga al vencedor. Por supuesto que le sobró coraje, porque sin carácter es imposible tomar por asalto el supeclásico y trepar hasta la cima de América. Porque el encanto del duelo eterno es que sabe como nadie de imposibles. Impulsado por la excepcionalidad del momento, River dio la talla. Donde la pasión no llega con el ingenio, llega con la insistencia. Y River siempre creyó en el título, en la cuarta corona continental. Gallardo le enseñó a su equipo a vivir en guardia. Aún con errores y fragilidades, las señas personales de River lo retratan sagaz, desconfiado y, especialmente, ganador. El Bernabéu se apagó después de oficiar de arrendador. En el otro extremo del mundo, muy lejos, un arco iris iluminaba el Monumental: se encendía un resplandor eterno.

El gol de Quintero, el que decidió la final.

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